Opinión Nacional

Los plutocratas

 Hace años un joven ministro mexicano comentaba en privado que el problema de los países de América Latina es que por razones geopolíticas (la vecindad con los Estados Unidos) deben ser capitalistas, pero como no existen capitalistas es necesario inventarlos. Esta simple observación puede servir de guía para tratar de comprender el caso venezolano durante el último siglo y su posible evolución en los años que vienen.

El General Gómez intentó crear capitalistas mediante el otorgamiento de concesiones petroleras a sus familiares y amigos. Los gobiernos que lo sucedieron promovieron la formación de un capitalismo nacional a través del impulso y la protección a la industria nacional. En una primera etapa, los capitales nacionales dependieron para desarrollarse de los capitalistas extranjeros. Bien fuera como socios comerciales o industriales. Pero luego pudieron alcanzar cierta autonomía a raíz de la caída de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez y la implantación de políticas de sustitución de importaciones y de apoyo crediticio que permitieron el desarrollo de un capitalismo nacional menos dependiente del internacional.

Los años dorados de crecimiento económico nacional, que abarcan aproximadamente desde 1945 hasta 1980, permitieron creer que se había logrado crear capitalistas criollos capaces de conferirle dinamismo a la economía nacional y de incursionar en nuevos sectores que pudieran mantener e incrementar la posición de la que entonces era la economía más pujante de América Latina. La Venezuela de entonces era un área de promisión que atraía la inmigración de los países de la región y no podía limitarse a la caricatura que la pintaba solamente como la Venezuela saudita, de indudable consumo exagerado.

La nueva clase capitalista se mantuvo ajena a la lucha política, aunque trataba de influir en el manejo del gobierno por medio de personalidades y  agrupaciones que decían representar la clase media. Pero nunca pretendió constituir una fuerza u organización política propia que fuera representante de sus intereses. Por la simple razón de que le iba muy bien con la prosperidad reinante y  le bastaba con penetrar e influir en los partidos existentes para continuar disfrutando de ella, no obstante la suspensión de las garantías económicas y las declaraciones estridentes de algunos exaltados.

Cuando el Viernes Negro de 1983 decretó el fin de los años de las vacas gordas, los capitalistas nacionales se sumieron en la incertidumbre y pretendieron culpar a los políticos de la debilidad de sus negocios. Pasada la perplejidad, acusaron a todo el sistema político de provocar los problemas económicos y en 1989, envalentados por el auge del neoliberalismo, se propusieron y lograron separar al segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez de su partido político para que salvara al capitalismo criollo, mediante la apertura de la economía nacional al capitalismo internacional.

Lo lograron. Pero simultáneamente consiguieron que la globalización acabara con ellos. Tanto porque no les quedó más remedio que entregar sus empresas a los capitales internacionales como por el hecho de que la codicia los llevó a una competencia despiadada que desembocó en la crisis financiera de 1994. Ahí, con algunas dignas excepciones, se arruinó o se fugó el capitalismo nacional. Lo que permitió que cuatro años más tarde llegara al poder un tránsfuga  con el objetivo explícito de acabar con los políticos.

La llegada de Chávez al poder fue propiciada y bienvenida por la clase capitalista. Imaginaban que iba a terminar con la vieja clase política y que iban a poder manejar al bisoño aspirante a presidente. Sólo hay que recordar los apoyos directos e indirectos que le dieron. Pero olvidaron que venían debilitados desde la crisis financiera y que al propiciar el militarismo estaban desenterrando viejos demonios.

Ahora, cuando queda claro que no lo controlaron, los capitalistas –esto es, los plutócratas que desprecian la política- pretenden que una vez que salgamos  Chávez se avance hacia una suerte de neoliberalismo sin freno en el cual no quepan los políticos. Pero quieren hacerlo basados en el trabajo de quienes vienen luchando cívicamente para ganar las elecciones. Sin comprometerse.

Por ello cuando dicen que hay que restaurar la democracia agregan: “pero sin volver al pasado”. Con ello quieren decir que se prescinda de los políticos y de los partidos políticos. No reparan en que volver al pasado es prácticamente imposible tanto por el tiempo que ha mandado Chávez como por  el daño que ha hecho. Pero no quieren competencia. Ni de los viejos políticos, que por razones de su avanzada edad difícilmente volverían, ni de los nuevos que creen encarnar novedosos sueños colectivos. Pero siguen renuentes a participar directamente en la lucha política. Se limitan a criticar a quienes lo hacen e insisten en la necesidad de un gobierno de gerentes, convencidos de que un país se puede manejar con capataces asalariados.

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