Opinión Nacional

Los venezolanos y la dictadura

Cuando Hugo Chávez estuvo detenido en el cuartel San Carlos después de su ignominiosa rendición del 2 de febrero, le obsequié los 3 tomos de mi libro ‘Pérez Jiménez y su tiempo’ , al igual que sendos ejemplares a Arias Cárdenas y demás héroes de la ‘Revolución’. Aquella rendición me había parecido una cobardía inaudita, pues todo estaba ya ganado. De todos modos, el ‘por ahora’ me hizo pensar que habría alguna esperanza de terminar en alguna forma con el régimen adeco-copeyano. No intenté ni antes ni después entrar en contacto con ese revolucionario de pacotilla cuya incapacidad administrativa todavía no se había puesto en evidencia.

Uno de sus conmilitones de entonces me dijo que el hoy Presidente de la República había leído mis libros y comentado con gran interés. Sin embargo, no se puede afirmar que fuera de allí de donde extrajo su expresión de que a los venezolanos les gusta la dictadura. Yo no he dicho eso, sino más bien algo que puede interpretarse como lo contrario. A mis compatriotas no les gusta la dictadura ejercida por otro, a menos que ellos mismos puedan participar en ella, ejerciendo alguna forma de autoridad o de ganar prebendas. En cuanto al pueblo propiamente dicho, prefiere el bochinche y la anarquía de un cambio de régimen, pues en él espera obtener un beneficio inmediato. Su descontento frente a un dictador no empieza a aflorar sino cuando éste no les ha satisfecho sus aspiraciones incorporándolo en alguna forma al usufructo del poder. Al poco tiempo decae su entusiasmo porque empieza a experimentar la arbitrariedad de los funcionarios públicos o autoridades subalternas con las que tienen que enfrentarse en su trajín diario. Los de mi generación deben recordar con qué entusiasmo se acogió la caída de los adecos en 1948 y cómo se festejaba al nuevo régimen, primero en su época de oro bajo la jefatura de Delgado Chalbaud y cuando después de llorar inconsolablemente su vil asesinato, esperó de la dictadura perezjimenista un bienestar que sólo le alcanzó en parte. Al iniciarse la etapa de orden que todo régimen autoritario trae consigo, cesa la anarquía, la oportunidad de saqueo y la permisividad para infringir las leyes y alterar el orden público. Entonces es preciso volver a tener que trabajar para ganar un salario y eso al pueblo ya no entusiasma tanto.

Lo que sí he afirmado y sostengo es que nunca, a todo lo largo de nuestra historia, el pueblo propiamente dicho se ha insurreccionado y luchado decidida y valientemente contra una dictadura, ni siquiera secundando la actitud de algunas individualidades que pagaron con su vida o cárcel tal desmesura. Repasemos la historia y veremos que cuando alguno de nuestros dictadores vernáculos ha sido derrocado, o huido ignominiosamente, como lo hizo Pérez Jiménez, fue cuando otro caudillo se sublevó contra él, generalmente traicionando la confianza en él depositada por el hegemón de turno. En algunas ocasiones, como el 19 de Abril de 1810 o el 23 de Enero de 1958, el pueblo se reunía en una plaza pública protestando por algo.

Envalentonados al calor de la multitud, formaban un alboroto popular entre gritos y guachafita que asustaba al mandatario. Entonces, éste, de buena voluntad y talante, como Emparan, o ahíto de riqueza, como Pérez Jiménez, prefería huir diciendo que si ya no lo querían, ellos tampoco querían mando. Usualmente se acostumbra decir que se prefiere no derramar la sangre de sus compatriotas, como si el uso de armas en una revolución fuera para exhibirlas como adorno en una panoplia.

De resto, soportamos pacíficamente cualquier dictadura, esperando que algún líder o caudillo militar se subleve. Entonces nos sumamos al carro del triunfador después de saquear la casa y biblioteca del gobernante caído, viéndole partir al exilio, si bien que nunca a la muerte, si no con alegría, sí con indiferencia. Nos incorporamos a la ‘Revolución’ con el mismo entusiasmo como lo han hecho Luis Miquilena, Luis Vallenilla o Reinaldo Cervini al régimen de Hugo Chávez. ¿Hubo algún intento popular de derrocar a Juan Vicente Gómez, Cipriano Castro o Pérez Jiménez? Acaso de los intelectuales venezolanos se puede esperar otra cosa cuando el régimen es realmente represivo y no esta dictablanda actual de la que todos nos aprovechamos ahora valientemente? La crema de la intelectualidad, como la exaltó Agustín Lara, secunda al dictador cuando éste la protege. No se necesita ser un emperador Augusto para que los Ovidios, Virgilios y Horacios venezolanos canten loas al dictador. ¿Quién más preclaro que Rómulo Gallegos, Laureano Vallenilla Lanz, Pedro Emilio Coll o Gil Fortoul, se requiere para ejemplarizar la adhesión fervorosa al gobierno de Juan Vicente Gómez? ¿O todos aquellos que con Vallenilla Lanz hijo a la cabeza expresaron su adhesión a Pérez Jiménez?

Así pues, no es que nos guste la dictadura, sino que no tenemos el coraje de luchar contra ella.

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