Opinión Nacional

Luces y sombras de un pontificado

Nunca sabremos si olvidamos lo suficiente. El pasado sábado 2 de Abril a la noche, ante tantos y tan bellos ojos mojados de emoción por la muerte de Juan Pablo II uno luchaba por olvidar muchas cosas. Uno trataba de arrinconar en la memoria la comunión a Videla y Pinochet, la reprensión pública y suspensión “a divinis” de Ernesto Cardenal; olvidar el olvido vaticano del sacrificio del obispo Romero, las puertas cerradas a Samuel Ruiz, obispo de Chipas…
Para sumarse a ese tributo mundial era preciso pasar por alto los “tiempos recios” con que hubiera calificado Teresa de Ávila la involución de la Iglesia bajo su mandato, la infidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II, la desactivación de la línea renovadora surgida entonces. Era preciso no calentar en la memoria ese “invierno eclesial” (K. Rahner), saltar ese parón de más de dos décadas en la historia de la cristiandad.

La vida es constante ejercicio de olvidos, por eso era necesario relegar en la mente el bloqueo papal de las reformas imprescindibles, el afán de hacer entrar en el redil del catolicismo romano a toda disidencia, de ahogar toda voz o iniciativa no afín con la ortodoxia, proveniente ya de las universidades, ya de las órdenes religiosas, ya de otros continentes…

Para sumarse a esa conmoción y vigilia planetaria había que desacordarse de las finanzas oscuras de Marzinkus, del silencioso golpe de estado del Opus, de su promoción en detrimento de la Compañía de Jesús, cuya cúpula fue decapitada y sus filas purgadas; desacordarse de la entrega a esta “prelatura personal” de los cargos claves en el Vaticano…
Larga lista de necesarios olvidos se amontonaban en ese sábado de luto planetario: la persecución de los teólogos sudamericanos de la liberación, la prohibición de la enseñanza a Hans Kung por precisar la infabilidad papal, el apartamiento de tantos teólogos, la censura a tantas publicaciones, la desaprobación de tantos movimientos de base…
Había que olvidar también ese peculiar “ecumenismo” mediático de Juan Pablo II, que a la hora de la verdad obligaba a pasar por el aro vaticano a los otros credos, ese pretendido diálogo que se quebraba con la proclamación de que la verdad de Jesucristo sólo reside en la Iglesia católica.

Por otra parte, logré brotar en mí gratitud por quien, pese a todo, levantó esos cantos y oraciones planetarios, por quien unió en el dolor y en la esperanza de la vida eterna a tantos corazones de tantas culturas y naciones diferentes.

Acallada, si quiera por un instante, la sombra, restaba toda la luz. El carisma de Juan Pablo II, su fuerza mística, entrega incondicional, servicio sostenido en toda su vida, voluntad firme, espiritualidad irradiante, maestría comunicadora… consiguieron hacer musitar en mí reconocimiento. No en vano el Papa cuyo cuerpo nos ha dejado, ha sabido concitar en torno a su persona el fervor y favor de tantos pueblos y mandatarios. Líder espiritual que ha desbordado las fronteras de la cristiandad, ha sido la voz en favor de la paz, la libertad y la justicia social respetada por los todos poderosos de la tierra.

Siempre estamos, por lo tanto, a tiempo de arrojar una mirada generosa sobre el pontificado del obispo polaco. Mas una cosa es aparcar por un momento la memoria ante un deceso y otra borrar los anales de un pasado que alcanza el propio presente.

El silencio garantiza la perpetuación del ayer, el prepotencia de la férrea curia romana, la continuidad de la corriente conservadora mayoritaria en el seno de un colegio cardenalicio depurado al máximo…
No somos quienes para juzgar a una persona, se nos escapan las causas profundas que motivaron tantas actitudes y decisiones polémicas, pero sí para observar un legado, para arrojar mirada sobre el controvertido pontificado.

¿Hasta dónde alcanza la luz y la sombra de Juan Pablo II? ¿Hasta dónde no dramatizó un papel de gran conservadurismo moral en unos tiempos sin freno alguno? No somos tampoco quienes para evaluarlo. El Papa Wojtyla era de una personalidad poliédrica y enigmática donde las haya, y además polaco, hijo de su tiempo, con toda la carga cultural de resistencia al progreso que ello implica.

Contenemos el aliento ante la fumata blanca que saldrá de los tejados vaticanos. No podemos esperar cambios repentinos en tan magna institución, pero sí graduales y en consonancia con los tiempos. Es el momento de pedir al próximo sucesor de Pedro la mayor democracia del cuerpo eclesial, mayor humildad en lo que a su “infalibilidad” se refiere, mayor participación de la comunidad católica en las directrices y elecciones, mayor voluntad de encuentro con las grandes religiones del planeta y los movimientos espirituales emergentes. Aunque a veces flaquee la fe, siempre nos quedará la esperanza.

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias ®

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