Opinión Nacional

Mal entender

Tengo un amigo autodenominado progre que acuchilla mi columna en este diario aunque afirma no leer jamás Correo del Caroní. Mi amigo progre odia el mercado, pero ha escrito libros y usted puede comprarlos en cualquier librería de este país. La otra vez, el amigo progre que prefiere un colectivismo porque sí a una economía menos dependiente de partidos y burócratas, olía a Santos, de Cartier, y se mostraba muy a gusto en el climatizado espacio de su Ford, cosa burguesa por antonomasia.

Lo peor es que mi amigo progre cree ser un progre. Ser progre, claro, a su juicio implica hablar bien de Fidel Castro, escupir la bandera de los gringos y gritar con ardor que la revolución bolivariana es la revolución bolivariana así como su progresía es su progresía. Mi amigo progre espanta la mala conciencia cada vez que pisa el freno de la Explorer en el semáforo donde habitan los waraos, para extenderles una mano progre a la que no le importa desprenderse del dinero que, total, es solaz para oligarcas y único alimento de capitalistas.

Mi buen amigo progre me mira con desdén. Y a veces incluso con lástima. Lo que escribo, afirma, no es más que “prosa occidental”, cuestión que me deja perplejo, o sea en el sitio, por lo traída de los pelos. Como si él fuera taiwanés. Dice mi amigo que la miseria y los más necesitados son la médula y el por qué de un gobierno que se debe a ellos, y cuando termina la frase remata con un rictus en la cara que supongo es tan progre como sus ideas. Entonces coge fuerza y empieza a hablar de las misiones, colmo de los colmos, a lo que interpongo de inmediato la nada progresista barricada de un partido de fútbol. Y así.

Mi amigo progre se siente feliz. Si por él fuera, la pompa de jabón en la que vive envolvería a la Tierra, asunto que hubiera terminado por hacernos más alegres, menos miserables, más sensibles y hasta más inteligentes. Una de las razones de su felicidad es que hoy en día aquí, lo que se dice en Venezuela, la gente sufre menos. Al pedirle las razones, empieza otra vez la misma historia, pero lo detengo en seco: justo cuando se dispone a hablar de las misiones grito goooool, y asunto resuelto. La vinotinto, por lo visto, sirve como tema progre en el abanico de las conversaciones políticamente correctas para un progre.

Las neuronas progres de mi amigo hacen sus sinapsis de manera sorprendente. La realidad que a cualquiera se le quiebra en el pescuezo finalmente pasa como anillo al dedo en su cerebro. Nada. Corrupción, inflación, manirrotismo o demagogia tuvieron fecha de nacimiento en aquel mundo contaminado que dieron en llamar Cuarta República, lo que ameritó a estas alturas fecha de caducidad, variable pero fecha al fin, sin que temblara ningún pulso: 2021, 2030 ó 31, qué más da.

Pero ya digo, mi amigo progre es un hombre feliz, bendito sea. Y bien intencionado, además. Se detiene en los semáforos para lanzar unas monedas, se entusiasma ante discursos del rollizo líder, jura que esta tarde o a más tardar mañana será la invasión yanqui, cuyo fin llegará pronto por mecanismos asimétricos. Cree religiosamente en la ruta de la empanada, del chocolate y del casabe. Yo no entiendo a mi progre amigo, la verdad. Sobre todo porque es más inteligente que progre, pero así es el mundo. Un progre de verdad es otra cosa, por supuesto. Sigo sin entender nada.

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