Opinión Nacional

Malas lengua, malas mañas

Pareciera haber un empeño nacional en sembrar profanidad. La política se vulgarizó al extremo que la condición de “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” referida constitucionalmente, se resquebrajó. Las instituciones que apuntalaban el funcionamiento de la sociedad, se corrompieron dejándola desasistida en cuanto a la defensa de sus derechos y libertades. El Alto Gobierno se extravió del rumbo que señala la Constitución de la República cuando entre sus principios, exalta la progresividad mediante la cual el Estado exhorta “el goce y el ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos”. Tanto que, la misma normativa dispone que “su respeto y garantía son obligatorios para los órganos del Poder Público”.

Por consiguiente, “la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad”, tal como lo suscribe uno de los preceptos constitucionales, es una obligación sin cuyo cumplimiento Venezuela no podrá salir del atolladero en que la ha sumido el falaz invento de “socialismo del siglo XXI”. Modelo político éste que terminó siendo la antítesis de la democracia bajo la excusa de alcanzar una rotunda soberanía e independencia regional. El país quedó sin bitácora, desguarnecido del sustento que podría permitirle la democratización del sistema político expresada mediante el fortalecimiento de la sociedad civil y del Estado de Derecho, bases fundamentales de una sociedad democrática y participativa. Aunque indiscutiblemente, ello debió requerir de la funcionalidad de una Administración Pública, que según la Carta Suprema, se asienta en principios de honestidad y responsabilidad con el magno propósito de consolidar la ciudadanía. No obstante, la intensidad de problemas que en los últimos tiempos vieron venirse, pisotearon al país de manera estrepitosa.

En medio de esta “revuelta de sargentos” a la que se ha llegado, los poderes públicos obviaron los deberes que establece la Constitución. Todo cuanto califica como responsabilidad de un “buen gobierno” a decir del léxico del Desarrollo Humano, dejó de tener el sentido que su interpretación explaya. El principio político según el cual las funciones legislativa, judicial y ejecutiva del Estado deben estar separadas como poderes independientes, dejó de funcionar. En consecuencia, no existe un sistema de controles y equilibrios que delimite las facultades del gobierno y proteja los derechos individuales, lo que alienta que jueces sometidos coadyuven a montar las tramoyas que el régimen necesita para sobrevivir. Asimismo, sucede con legisladores serviles.

De hecho, las instancias judiciales sólo responden a causas elaboradas y decididas por orden del régimen. Y del Parlamente, ni hablar. Hay quienes dicen que se transformó en una alcantarilla por donde corren vilezas, corrupciones y maledicencias. Perdió todo el asentimiento que en un momento pudo acompañarle. No hay discusiones alineadas con los problemas cardinales del país. Todo conduce a difamaciones, injurias y descalificaciones. No se plantean proyectos, aunque sí amenazas. Quien se atreva a proponer ideas que beneficien determinada comunidad o sector, puede esperar un apaleo a la salida del Hemiciclo. Desde su escaños, se encubren chanchullos, se arman enredos, se preparan mentiras, confabulaciones y demás piezas propias del mejor contubernio. Pero más aún, cuando hablan en nombre de la revolución fungiendo ser adversarios de la “corrupción”, quedan mal parados. Lucen estirpe de maulas intelectuales, trasnochados ideológicos. Queda al descubierto su pensamiento abyecto, intenciones perversas, posturas groseras recursos éstos con lo que destrozan moral y políticamente a quienes disientan de su “revolución”.

El miedo de verse casi sepultos en el camposanto de la política, ha alentado un comportamiento miserable, casi al borde de la demencia. O sea, un bufo acto de circo donde los payasos equivocaron el libreto apelando a un sarcasmo abaratado para salir del paso sin darse cuenta de que caían en un hueco sin fondo. El desespero ha provocado que su actitud revele lo que realmente son: politiqueros de malas lenguas y malas mañas.

VENTANA DE PAPEL

¿GOBIERNO DE CALLE O CÁLLATE GOBIERNO?

El abuso del régimen, no tiene parangón. Indistintamente de las veces diarias que ordena una cadena nacional de radio y televisión, la intención es profusamente populista. En el fondo de la decisión, lo único que alberga su contenido es mero resentimiento pues de esa forma anima molestias en quienes, de alguna manera, manifiestan su enojo. Pero además, son inoportunas al momento de cercenar grillas o guías de programación de medios de comunicación audiovisuales tanto como por tronchar la producción de programas que están al aire. Asimismo, por lo que significa dejar inconclusos segmentos de publicidad por los que subsisten estas empresas. Con imposiciones así, el régimen pretende hacer ver que hay un trabajo de por medio que lo legitima. Sin embargo, el esfuerzo que hace al mentir mediática y políticamente hablando como acostumbra, no lleva a ningún lado. Por el contrario, termina acentuando el rechazo dado el aburrimiento que provoca dichas cadenas pues sólo sirven para exaltar un populismo aberrante. Por supuesto, con el concurso de una Ley Resorte mediante la cual se evidencia el talante neo-dictatorial que envuelve todo esto. Algunas cadenas son utilizadas para acentuar la desigualdad y la exclusión como recursos de coacción propios de sistemas autoritarios. De ahí que muchas veces sirven de escenario a razones groseramente políticas. Más, si el país vive un momento electoral. Otras cadenas son aprovechadas para mostrar el precario avance de obras que sufren del rezago propio de un gobierno de “utilería”. Cuando no, son aprovechadas para infundir injurias o amenazas contra actores políticos de la oposición democrática. Sólo en países que exhiben tal grado de ridiculez, la petulancia suele ser criterio de gobierno. En el fragor de tan arbitrarias condiciones, se emplean los medios para constreñir derechos y libertades económicas y sociales. Por tanto, con el cuento torcido de “gobierno de calle”, el régimen pretende “tapar el sol con un dedo (pero del pié)”. Antes que hablar de “gobierno de calle”, mejor será exclamar a los cuatro vientos “cállate gobierno”.

¿AUSENCIA DE LIDERAZGO?

¿Por dónde van los tiros? Es la pregunta que muchos se hacen toda vez que las realidades comienzan a oscurecerse en demasía. La salida de calificados periodistas del único medio televisivo a través del cual el venezolano podía informarse veraz y oportunamente sobre las jugadas solapadas del régimen, Globovisión, ha representado un problema de marca mayor. Y es así, por cuanto lo que está en el tapete es el peligro que corren derechos y libertades fundamentales ante las amenazas de un régimen caracterizado por decisiones atiborradas de resentimiento y mordacidad. O sea, la composición perfecta para inducir cualquier tipo de protesta. No es de dudar que esta situación refleja un problema de liderazgo. Habida cuenta que todo liderazgo requiere de canales de comunicación que motiven respuestas. Y en el país, las condiciones que ahora se viven hablan de una peligrosa crisis social-política-económica. Algunos han dicho que la situación actual está configurada por un gobierno ineficiente, un liderazgo opositor manipulador y un pueblo callado lo cual es, indiscutiblemente, una nefasta combinación. El régimen ha logrado callar voces disidentes. Ha insistido para que no haya opinión alguna. Que el país se reduzca a su mínima expresión bloqueando libertades de prensa, de expresión, de información, de opinión y de comunicación. Incluso, los afectos al régimen se quedaron sin formas de llegar a noticias objetivas. Pareciera que los venezolanos respiran aires de infortunio, desesperanza, contratiempo e infelicidad. Y un país, sin válvula de escape, sólo le queda explotar. De ahí que es necesaria la protesta pues así consigue canalizar soluciones de inminente cometido. ¿O fue que al chavismo lo traicionó Maduro y a la oposición Capriles? Sin líderes no hay salida de ninguna especie. Lo único que se gana es anarquía y en su máxima expresión. Pareciera que los tiros van por donde transitan graves desaciertos a la hora de elaborar y tomar decisiones que encarrilen al país de cara a reivindicar la democratización del sistema político ante la coyuntura electoral próxima. ¿O es que en el fondo hay una ausencia de liderazgo?

“Una palabra libre hace pueblos libres” AJMonagas

 

 

 

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