Opinión Nacional

Manidos manejos

El régimen, para usar un trillado asunto, corre el riesgo de indigestarse con tanto trapo rojo

La «mano derecha» de cualquier escribidor, el manido DRAE, nos da como segunda acepción del adjetivo que hoy nos ocupa («manido») la de «algo podrido, o a punto de podrirse», a pesar de que era el significado que, al rompe, todos le damos al término: lo trillado, lo ya muy usado hasta el punto de que no es capaz de sorprender a nadie, lo que realmente se ajusta al uso que aquí le daremos.

Pues bien, ante algo podrido, que delante de todo el mundo le estalló en las narices al régimen que padecemos, éste acudió, como ha venido siendo su fastidioso estilo desde que escogió la ruta que hoy nos cansa, al manido trapo rojo. En el caso que nos ocupa a dos trapos. El primero, el vergonzoso discurso de autoalabanzas que a todo Pdvsa dirigió el reforzado Ramírez; y el segundo, a nuevos escándalos que, por misericordia, desvíen la atención de la gente hacia otras tropelías. Por eso el auto de detención a los Zuloaga.

Veamos con atención este cansón operativo. Y tratemos de hacerlo deteniéndonos en algunas preguntas. La primera: ¿por qué, a un régimen que tiene tan absoluto desdén por trámites y procedimientos, le sucede algo como esto? Si tiene eso que eufemísticamente muchos venezolanos llaman «voluntad política», es decir, la capacidad de actuar con premura por la vía expedita, y abundancia de dólares y de cómplices para imponerse, ¿por qué las cosas salieron mal?

La respuesta parece imponerse: ¡precisamente por eso mismo! Cuando hay «libertad» para actuar sin cortapisas y, lo que es peor, sin miedo a peligrosas consecuencias, parecería natural que los funcionarios tengan todos los incentivos para «saltarse» cuidados y esmeros. El ¡dale clavo!, se convierte en la orden del día, y las cadenas de justificaciones para cubrir cualquier estropicio en lo «normal»; tanto como para sospechar que el «modus operandi» seguía un patrón: los reales primero y la distribución adecuada de alimentos y medicinas pa’ después. El resultado inexorable: la cuidadosa «preparación» del desastre y su estallido previsible a cada rato.

El ya conocido -y vomitivo- discurso justificador de Ramírez muestra, de modo claro y contundente, que no sólo no hay la más remota intención de suplicar perdón, sino que lo que hay es una altisonante celebración de «lo bien que lo estamos haciendo». La conclusión se impone, entonces: lo vamos a seguir haciendo tal como hasta hoy. ¿Están Chávez y la gente de Aporrea de acuerdo con esta celebración? Y si lo están, ¿se han paseado por las obvias conclusiones a las que arribará la gente cuando calibren la magnitud del sonoro espaldarazo que, de Chávez, recibió el culpable mayor?

La otra pregunta que impone la circunstancia no puede ser otra que la de por qué ahora y no antes es que estalla todo el escándalo. Las fechas del desastre no coinciden para nada con el momento en que revientan. Una hipótesis, la que parece más fuerte, es que los vencidos de la guerra entre las mafias socialistas decidieron pasar factura. Deben haber sido cuantiosas las pérdidas para que el cobro por las mismas sea tan extendido. ¡Si hasta no hay pueblo que se respete que no denuncie la hediondez a la que da cobijo!

Hay como un gozoso placer en sacar la basura al aire, en dejar desnuda la «indignación moral» del discurso de Chávez sobre la maldad de oligarcas y burgueses. Se quiere imponerle por lo menos un vergonzoso silencio, sin terminar de captar que es tal la soberbia del régimen que no sería esa la conclusión a la que llegaría. No, ha sido otra. Ha sido la desfachatez y la desvergüenza del «sí, lo hicimos y qué».

Y la conclusión a la que llegará el pueblo ¿es la misma que atrapa a Chávez? Aquí podría funcionar de modo perverso una peligrosa ilusión: se puede crearle al pueblo una ilusión óptica. Es en ese afán que parecerían orientarse los esfuerzos del aparato propagandístico del régimen. Ese será el camino que transitará, una vez más, sin darse cuenta de que el tiempo ha pasado.

El que ese tránsito pueda lucir perversamente respaldado por algunas encuestas le hará un daño irreparable. El régimen, para usar un trillado asunto, corre el riesgo de indigestarse con tanto trapo rojo. Y esa es una indigestión que, además de empacho, parece producir ceguera y sordera. ¡Si hasta Aporrea lo grita desesperada!

A quienes estamos fuera de ese velorio, a quienes el carácter terminal de la pesadilla sólo puede anunciar la grave tarea de la reconstrucción, una conclusión se impone: continuar con más ahínco la tarea pedagógica que el momento nos impone.

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