Opinión Nacional

Manuel Rosales kaputt, se acabó el “festín de Baltasar”

Es comprensible que la esposa de Manuel Rosales convoque a los venezolanos “a no quedarse en casa cambiando el televisor, viendo cómo se derrumba el país»; pero lo que es imperdonable es que haya clamado, llamando a «…perdonar a los que nos hacen daño». O sea, que quienes no estamos de acuerdo con los latrocinios de Manuel vamos a ser perdonados por los actos delictivos que él cometió. ¡Vaya, vaya, vaya…!

Fue conmovedor el momento cuando la señora dijo: “Manuel me ha contestado que él no me pertenece a mí, ni a sus hijos, sino a Venezuela” y que prefería ver a su esposo «en la clandestinidad que llorarlo en el cementerio». En lo primero estamos de acuerdo: 1) Manuel “le ha contestado”, y obviamente se refiere posiblemente a una llamada telefónica internacional, formulada desde las catacumbas de la clandestinidad a que está sometido por este rrrrrrrrégimen en la Brickell Avenue en Miami, Florida; y 2) porque si en verdad le pertenece a Venezuela, debería haberse sometido a los tribunales de justicia, en donde se le juzgará por delitos comunes contra el patrimonio público, razón por la cual ya debería estar encerrado en un lugar similar o parecido a aquella cárcel que se llamaba “Colonias Móviles de El Dorado”, pagando por sus innumerables delitos. Lo de cementerio, todos lo sabemos, es un decir.

Muchos venezolanos optaron por irse a la clandestinidad en otras épocas de la historia nacional; pero las razones fueron muy diferentes. Alberto Carnevalli y Leonardo Ruiz Pineda, entre otros, lo hicieron por motivos estrictamente políticos, morales, éticos y patrióticos. Ninguno de esos elementos ha contado en la decisión de Manuel. No hay razones políticas, porque sus testaferros políticos y económicos en el partido Un Nuevo Tiempo (UNT) actúan con la más absoluta libertad; no hay motivaciones morales ni éticas, porque precisamente además de los delitos cometidos hubo ausencia de estos elementos. ¿Razones patrióticas? La mayor parte del dinero, ¡y que es bastante compadre!, está invertido en Miami y sus alrededores y la razón de su “lucha” no es por liberarnos del yugo imperial, sino todo lo contrario.

Fueron tan auténticos los valores que indujeron a Carnevali y Ruiz Pineda, que sabían que la decisión les costaría la vida, como en efecto sucedió. Pero, me pregunto un poco con ingenuidad, ¿estará pensando Manuel en entregar su noble y sacrificada vida en el Altar de la Patria? ¡No, mil veces no! Manuel huye por “salvar” su miserable pellejo, que no está en juego por cierto, huye para poder disfrutar a discreción de su mal habida fortuna, la que ha “amasado” desde que era un maestro de escuela, también clandestino, porque jamás y a pesar de que han sido buscados “como palito de romero” [*], no se ha descubierto a alguien que proclame a los cuatro vientos: “Yo fui discípulo de Manuel Rosales”.

Esa vida miserable, ruin, indigna de ser vivida por una persona de bien, nos la quieren hacer aparecer como ejemplar. De allí que curas, monseñores, cardenales, concuerdan en que Manuel Rosales «… está asistido por la divinidad de Dios”, que es una advocación blasfema; medios de la misma calaña; y políticos, cuales caimanes del mismo pozo, influyen para que se haga un llamado como este: «Salgan a luchar […] por la libertad de sus pequeños. Con qué cara podrán mirarlos en un futuro, cuando estén oprimidos y los tengan como ovejas, sometidos a una ideologización». ¿Qué tiene que ver la libertad de los “pequeños” venezolanos con las correrías de Manuel Rosales? Precisamente, este proceso político-social que vive Venezuela, ha liberado del analfabetismo a nuestro país, ha desparramado millares de médicos por toda la geografía, se garantiza la educación de los niños y niñas desde la más tierna edad a partir de los “simoncitos”. Una maravilla mundial como lo es el Hospital Cardiológico Infantil, sólo es posible con un gobierno que gobierna para los más “pequeños”.

«Debemos salir a luchar por la libertad”, dice la señora Rosales, en quien se escuda su marido para no dar la cara, en esto también la entendemos. Nada más. Si, es correcta la expresión, pero inoportuna, porque Manuel Rosales aún no está preso, está huyendo, no ha dado explicaciones de su inmensa fortuna, ni de la “regaladora” de joyas y relojes, que joyas también son, ni las transacciones millonarias en dólares de una cuenta para otra, todo en unas interminables celebraciones. Son tan parecidas las actuaciones de Manuel Rosales, que fácilmente son comparables con las de aquel rey llamado Baltasar, que vivía derrochando la fortuna ajena, sin que le importaran los problemas de los gobernados. Pero todo tiene su final, todo se acaba y Manuel Rosales como Baltasar, tuvo su último festín, “una muchedumbre de fariseos entregados al vicio, a la depravación y a las abominaciones” , como dice Luis Britto, y las palabras que en aquel entonces fueron para el rey, ahora son para este Manuel, rey de pacotilla: “Dios ha contado los días de tu Reino…ha sido pesado y hallado escaso…y le ha puesto fin.”

Nota: Muchos creen que esta expresión es un refrán “criollo”, sin embargo se dice que en el siglo XVI, la reina Isabel de Hungría se hacía preparar un elíxir a base de romero, que supuestamente la rejuvenecía. Cuando por algún motivo, cuentan las leyendas de la herbología, no se encontraba la preciada hierba, la reina ordenaba que se le buscase con la máxima diligencia, de allí su origen.

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