Opinión Nacional

¿Marx, demócrata?

Es una de las supercherías favoritas del buen izquierdista.

«Marx y Engels eran demócratas—cree a pie juntillas y lo repite— y
quienes hicieron tiránico al socialismo de siglo XX (me refiero al
que fracasó estruendosamente en 1989, luego de causar decenas de
millones de bajas a la especie humana) fueron Lenin y Stalin.»
En la Venezuela actual, esa superchería del Marx demócrata cuyo legado
fue pervertido por Lenin y Stalin, es sacada a pasear con frecuencia
por intelectuales que se oponen a Chávez » desde la izquierda.»
Algunos de ellos no hace mucho se descosían orgásmicamente cuando
Fidel Castro aparecía por Caracas invitado por CAP. En su mayoría se
trata de gente tan inactual como inactual es la izquierda que está
«con el proceso».

Al menos sus lecturas, si las han hecho, no reultaron de provecho.

La distinción que quiere hacerse es falsa, aunque no se haga de mala
fe: no es cierto que los jalabolas y comensales de Chávez sean
estalinistas y los opositores » de izquierda» son demócratas. Ambas
cepas están peleadas con loas valores de la democracia liberal y para
mucha gente dar el brazo a torcer sobre este punto y a estas alturas
de su vida es demasiado.

Me parece relevante señalar la predisposición militarista y
antidemocrática de la izquierda latinoamericana en su conjunto. En mi
opinión, hacerse llamar » izquierda democrática» carece de sentido si
no se comienza por denunciar a Karl Marx y su sistemático desdén por
los usos de la democracia liberal anglosajona.

Y no me vengan con que el valor de Marx está en su abordaje
«científico» de las «leyes» de la Historia y que no debe ser juzgado
por su actuación en política. Decir que sus hipótesis predictivas no
podían adivinar a Stalin en 1867 es olvidar que, ya en 1848, su
pensamiento traía implícita la idea de que el
estado de derecho es una añagaza burguesa. «Superestructura», le dicen.

Marx no fue en modo alguno un profeta que se contentase con lanzar un
«quien viviere lo verá»: Marx actuó en política, no hizo en vida sino
actuar en política. Apostó e hizo todo lo posible por asistir
personalmente al derrumbe capitalista. Y en su actuación, desde 1848
hasta el tortuoso episodio de la I Internacional Socialista, él y
Engels fueron epítome del sectarismo y de la intolerancia, tanto para
con los anarquistas, por la izquierda, como contra los
socialdemócratas por la derecha.

Sir Isaiah Berlin atribuye la aversión que sentían Marx y Engels por
toda forma de lucha política que contemplase la convivencia
parlamentaria, por ejemplo, o un papel gradualista del incipiente
sindicalismo británico de su tiempo, a la convicción de que el
capitalismo estaba por entrar en su crisis final. En consecuencia,
puesto que el derrumbe estaba a la vuelta de la esquina, todo
aquello—el parlamentarismo, la lucha sindical por reinvidiaciones que
Marx y Engels juzgaban irrisorias, etc— no haría más que prolongar la
agonía del sistema capitalista, contribuyendo a perpetuarlo. La
fulminación se extendía no sólo contra todo programa político que no
tuviese por meta «la dictadura del proletariado», sino a quienes
propugnasen tales programas. La descalificación moral es una de las
más bellas tradiciones que legó Marx a sus seguidores.

Para advertir cuán consistentemente antidemocrático e intolerante era
el señor Marx basta con echar un vistazo a su relación con un
contemporáneo suyo, fundador de uno de los partidos políticos de
izquierda más exitosos y perdurables que pueda imaginarse: el partido
socialdemócrata alemán.

Ferdinand Lasalle, un novelesco y trágico personaje que murió en un
duelo (subproducto su intensa vida galante), fue objeto predilecto
del amor-odio de Marx. Pero prevalecía el odio por sobre la
admiración.

La correspondencia con Engels a propósito del exitoso líder se resiste
a cualquier otra interpretación: el consabido antisemitismo de Marx
se ceba una y otra vez en Lasalle y, en especial, en su logro más
señalado: construir un gran partido de obreros y pequeñoburgueses que
logró imponerle a un autócrata como Bismarck la necesidad de convivir
en un sistema democrático parlamentario. Hablamos de un partido que
sobrevivió al nazismo y dio al mundo algo más que Willy Brandt: el
estado de bienestar, valga este lo que pueda valer.

Mucho antes del deshielo que siguió al desplome de la URSS, era ya
posible acceder a muy buenas biografías de Marx, muy alejadas del
santoral. Además de la equilibrada e iluminadora biografía intelectual
que dejó Sir Isaiah Berlin, pueden citarse la de David McLellan, la
del extraordinario scholar estadounidense Saul Padover ( autor, por
cierto, de una inapreciable antología anotada de la correspondencia
marxiana), la de Janet Beals, la muy legible de Robert Payne ( quien
le tiene ojeriza), la «oficial», escrita por Franz Mehring (que dieron
por buena los comunistas durante décadas), y una que me encanta
releer: «El Prusiano Rojo», de L Schwartzchild. Están la de
Blumenberg, la de Otto Rühle, la muy reciente, de Francis Wheen (que
le presté a «Chiqui» Manrique y no me la ha devuelto.) Últimamente,
hasta Jacques Attali se ha animado a escribir una biografía de Marx.

En todas , el lector acucioso encontrará el retrato que quiera,
menos el de un soñador demócrata burlado por la historia del
totalitarismo en el siglo XX.

Hace poco, el ensayista británico de origen holandés, Ian Buruma
publicó un ensayo titulado » Tumba de la revolución» , que retoma los
temas de «Los Exilados Románticos» de E.H. Carr. Su asunto es la
paradoja de que, tras el fracaso de las revoluciones europeas de
1848, los revolucionarios de media docena de países, muchos de ellos
condenados a muerte, sólo hallaron refugio en la cuna del capitalismo
regida por una monarquía parlamentaria. A pesar de ello, es sugestiva
la animosidad que Marx sintió siempre por Inglatera y sus
instituciones democráticas.

Henry Hyndman, fundador de una rama socialdemócrata inglesa que
terminó confluyendo en el partido laborista, cuenta en sus memorias
que , en una ocasión, conversando con Marx, dijo que con los años uno
se vuelve tolerante. Marx dio un respingo en su asiento y respondió,
con incredulidad y ultraje : «¿Es posible que semejante cosa pueda
llegar ocurrirme?»
Si Karl Marx fue un demócrata pluralista entonces yo soy pitcher
abridor de las Mantarrayas de Tampa.

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