Opinión Nacional

Marxismo para lambucios

1.- Lambucio es palabra fuerte, pero no mucho, ¿verdad?

Ciertamente, no equivale a muchas otras  palabras destinadas a injuriar con que cuenta en español hablado en Venezuela; “Lambucio”, creo yo, no implica necesariamente ultraje, ni en sí misma es palabra en extremo infamante: simplemente denota  un pelín de escarnio, sólo una pizca de desprecio por un cierto talante pedigüeño y servil: por eso, quizá,  nadie patea a un  lambucio; se limita a espantarlo de la fiesta como se espanta a los perros velones en las parrilladas.

Tampoco es, desde luego, un piropo: decir de alguien que es un lambucio es una manera expedita de sacarlo también del debate, como por ejemplo: “¿Fulano? ¡No,  chico!: ese lo que es un lambucio”, dicho a menudo con enfática aliteración de la forma verbal “es” – “lo que es un” –, algo  que alguna vez leí nos llegó del español hablado en las Islas Canarias. Esa forma es comúnmente aplicable a ciertos intelectuales venezolanos – estamento social este que, de modo acusado, recluta gran cantidad de lambucios–, como cuando se dice de tal o cual egregio poeta de la tribu que “lo que es” un lambucio” de tal o cual banquero y su casa de bolsa.

Pero, idiosincrasias del ser criollo! , que te llamen lambucio o te enteres de que te tienen por lambucio no es cosa como  para retar a duelo. “Lambucio me dijiste, lambucio me quedé” es la respuesta que siempre dará un manso de espíritu si lo llaman lambucio. Y es que, un atributo moral del lambucio suele ser, justamente,  la mansedumbre. El lambucio es astuto pero nunca audaz; no corre riesgos, puede o no tener talento para la adulación; pero en lo esencial es manso y muestra conformidad: “A él, lo que le tiren” es locución que suele acompañar al cognomento de lambucio.

Para no apartarme demasiado de la filología , acudiré a los diccionarios. El de la real Académica ofrece del lambucio una descripción bastante descaminadora. Consulto la 22ª edición, de 2001, y ella dice que lambucio es venezolanismo y dícese de la persona que 1) “acostumbra comer entre comidas. , 2) . Que es tacaño o avaro en las  cosas pequeñas o en pequeña cantidad”. La verdad, tal definición deja afuera muchas otras cosas que entre nosotros significa la palabra lambucio. Como no cuento en mi modesto estudio con un buen diccionario de venezolanismos, copio  a continuación lo que sobre el tema tuvo que decir el profesor Alexis Márquez Rodríguez en un artículo suyo, aparecido en 2007, y que atesoro desde entonces debido a una inexplicable fascinación que para mí tiene palabra tan sonora de nuestro léxico:

“ Mucho más preciso – dice el profe– es el Diccionario de venezolanismos (Tejera et al): 1. Se dice de quien acostumbra comer entre comidas, registrando en busca de sobras de la comida anterior. Goloso. 2. Tacaño o avaro en las cosas pequeñas o en las  pequeñas cantidades. 3. Pobre, maltrecho. 4. fig. Canalla, pobre de espíritu. 5. fig. Zul. Entrometido. 6. fig. Zul. Se aplica a la persona que pretende sacar provecho material,  aunque sea escaso, de todas las situaciones. Logrero. Aún más completo es el Diccionario del habla actual de Venezuela (F. J. Pérez y R. Núñez): 1. Persona de escasos recursos económicos y generalmente de poca cultura. 5. Persona o animal que come o lame los  restos de alimentos dejados por otros. 6. Persona que come  con avidez. 7. Andes. Persona que come excesivamente. Todas estas acepciones llevan la marca de coloquial y despectivo, y, en general, puede decirse   que en Venezuela el  ‘lambucio’ es un ser despreciable.”  Los subrayados son míos..

Hay algo que los estudiosos del conocimiento científico llaman “serendipia” que no es más que ese hallazgo que ocurre cuando se busca una cosa muy distinta. Pues bien, eso me ha ocurrido al buscar una definición cabal de lambucio: hallar por serendipia la del militante populista de izquierda, vulgo socialista del siglo XXI . Me explicaré: hay muchas definiciones, políticas y económicas, de lo que significa el populismo, incluso el más radical, en términos de ideología o programa de acción. Pero rara vez encuentra uno definición tan certera del sujeto populista latinoamericano, ni del talante moral de los descamisados gritones peronistas o los franelas rojas chavistas.  Veamos:

“Persona de escasos recursos económicos y generalmente de poca cultura”, comienza afirmando el autorizado diccionario de Pérez y Núñez ,  para luego añadir que “actúa servilmente o halaga con el fin de conseguir algún beneficio”. Es persona, también, “que no se  considera – ¿a sí mismo ?– importante y que continua y persistentemente pide, busca y aprovecha todos los beneficios , especialmente materiales , que pueda obtener de quienes se encuentren cerca”. Todas esas acepciones llevan en el diccionario de Pérez y Núñez la marca de coloquial y despectivo  y Márquez Rodríguez, irreductible hombre de izquierda,  añade de su propio magín que en Venezuela el lambucio es un ser despreciable.

Tengo para mí que todos esos atributos negativos provienen de la molicie y de la pereza; sólo así puedo explicarme la costumbre de fiar en la despreciativa liberalidad de terceros la propia suerte económica. Para lo que queda de mi entrega de esta semana pondré énfasis en esto de la pereza.

2.- Y el motivo no es otro que la novísima exigencia que el presidente Chávez hace a sus seguidores de base del PSUV como requisito para la próxima campaña electoral. Se dirige a personas que, en su mayoría, y a causa de su irredención social, suelen ser sin proponérselo “de escasos recursos y generalmente de poca cultura”, tal como dice el diccionario  Pérez y Núñez del lambucio. ¿No es ya suficiente exigir extenuantes desplazamientos en busetas desde lejanos parajes , vestir invariablemente franelas  “color punzó”, someterse a largas esperas a la intemperie por el Máximo Líder, repetir a voz en cuello consignas casi siempre onomatopéyicas como para, encima de todo esto, imponerles el estudio cuidadoso y profundo del marxismo, sólo a cambio de una mezquina  mesada, un cotillón y un par de laticas de cerveza?

El presidente  se ha declarado marxista, convirtiéndose en el único jefe de un estado que se pretende socialista del siglo XXI que admite no haber leído jamás El Capital de Karl Marx, deficiencia que, característicamente, no le impide exigir leer una bibliografía básica, casi toda ella leninista, aunque, felizmente breve, a sus fervientes seguidores. La idea es dotarlos para el debate con el adversario ideológico sobre las virtudes del socialismo del siglo XXI

Entre los usos sociales que en nuestro país rige  la vida de un lambucio, y ello incluye la de los lambucios intelectuales, está el de ignorar por completo la lectura, y valgan lo que puedan valer hoy día los folletines agitativos de V. I.Lenín, convengamos en que sentarse a leerlos es  fatigosa  ocupación intelectual. Por ello luce por lo menos abusivo intimar a la lectura inconducente de añosos textos a un congénere “de escasos recursos económicos y generalmente de poca cultura”, alguien más bien dispuesto a halagar voceando consignas que a quemarse las pestañas leyendo y subrayando y haciendo notas leninistas, a cambio de lo poco que cada día viene obteniendo menos:  vivienda digna, agua, energía eléctrica,   bienes de consumo, seguridad ciudadana, etcétera.

Me tengo por hombre solidario con los menos afortunados. He aquí mi aporte, la primera entrega de la serie “Marxismo para lambucios”, que comienzo con una cita del extinto  Leszek Kolakowski , extraordinario filósofo disidente polaco, muy entendido en cuestiones de marxismo y del socialismo del siglo XX, el único verdaderamente real, el único del que, a diferencia del socialismo del s. XXI,  se sabe algo con absoluta seguridad. Lo que sigue es paráfrasis  de un breve  artículo suyo titulado:  “¿Qué es el socialismo?”.

“Antes tenemos que decirles lo que no es el socialismo”, comienza Kolakowski, y prosigue: .

“Pues bien, EL SOCIALISMO NO ES :Una sociedad cuyos dirigentes se nombran a sí mismos en sus puestos. Un Estado cuyo gobierno define los derechos de sus ciudadanos pero cuyos ciudadanos no definen los derechos del gobierno. Un Estado que desea que todos sus ciudadanos tengan la misma opinión en filosofía, política extranjera, economía, literatura y moral.[…] Un  Estado donde el resultado las elecciones siempre es predecible. Un Estado en el que algunos reciben salarios cuarenta veces mayores que los demás, que produce excelentes aviones de guerra y pésimos zapatos. Un Estado en el que se está obligado a mentir y forzado a robar. […]Un Estado que es la tristeza misma. Una sociedad de castas en la que existen vínculos  feudales. Un Estado que tiene dificultad para establecer la diferencia entre reducir a alguien  a la esclavitud o liberarlo. Hasta aquí la primera parte que explica todo lo que el socialismo no es. Pero, ¡atención!, ahora vamos a decirles todo lo que el socialismo sí es.

Apartando todo lo anterior, el socialismo es una cosa muy buena”.

Demasiado buena, pienso yo; hasta para el más radical de los lambucios.

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