Opinión Nacional

Más allá de Granda

La crisis diplomática y comercial entre Colombia y Venezuela, originada por el secuestro en Caracas, del representante de las FARC Rodrigo Granda (conocido como el “canciller Ricardo”, su nombre de guerra), no solamente es un impasse entre dos países vecinos, como se podría inferir a simple vista. El episodio Granda, por una parte, ha puesto en evidencia el fundamento de la política exterior de Chávez; y, por la otra, ha servido para mostrar la posición de los Estados Unidos frente al proceso “revolucionario” latinoamericano que adelanta. Por lo tanto, no dudamos en afirmar que este hecho marcará un hito, no sólo en las relaciones colombo-venezolanas (que serán distintas de ahora en adelante, como lo señala Uribe), sino también en el juego de intereses geopolíticos de la región, el cual, seguramente, tomará rumbos y escenarios de confrontación diferentes. El gobierno venezolano sabe que no podrá hacer borrón y cuenta nueva. Por el contrario, de ahora en adelante, Chávez lo pensará muy bien, antes de dar nuevos pasos en sus relaciones con la guerrilla colombiana, y con otros movimientos de izquierda en el continente.

Las reiteradas declaraciones del Departamento de Estado norteamericano –apropósito de lo sucedido–, instando a los países latinoamericanos a presionar a Venezuela para que ponga fin a toda relación con las FARC, así como las del presidente de El Salvador, Antonio Sacca, y del ex jefe del Comando Sur, James Hill, sobre el financiamiento (con petrodólares venezolanos) del Frente Farabundo Martí y del líder cocalero boliviano Evo Morales, son un claro ejemplo de que este asunto forma parte de un complicado ajedrez geopolítico, que, a su vez, se expresa por medio de delicados movimientos diplomáticos y acciones directas, que van más allá de la simple pirotecnia verbal que ha prevalecido hasta ahora. El mensaje de los Estados Unidos a Chávez está claro: no se puede ser neutral ante las FARC y otros grupos terroristas, y que están en alerta ante sus pretensiones de impulsar su proyecto político-ideológico continental.

Se afianza en el país la deriva autoritaria
Envalentonado por los resultados (amañados) del referéndum revocatorio y de las elecciones de gobernadores, alcaldes y diputados regionales, Chávez profundiza su “revolución” en el marco del llamado “salto hacia adelante”, pensando que el camino está relativamente despejado –debido al reconocimiento internacional que recibe de la OEA, el Centro Carter, la Unión Europea y los propios Estados Unidos, y al debilitamiento y atomización de la oposición democrática–.

Por ello, aceleradamente, termina de cerrar el círculo con la aprobación –en la Asamblea Nacional– de las leyes antidemocráticas que le darían el control total, hegemónico y autocrático del país (ley mordaza, reforma del Código Penal y la del Tribunal Supremo de Justicia), y se apropia del Tribunal Supremo de Justicia (mediante la ampliación de sus integrantes a treinta y dos) y del Consejo Nacional Electoral; al mismo tiempo, arremete contra la oposición, con persecuciones judiciales (imputados por el decreto Carmona), allanamientos, presiones y acciones de amedrentamiento, generando así un clima político autoritario (el Estado policial). Pero, también, surgen signos aberrantes de corrupción (caso Anderson), que ponen de manifiesto las miserias de un régimen que se ahoga en los lodos turbios y pegajosos de la podredumbre y la impunidad. Es así como un sector de la comunidad internacional se percata de que Chávez, entonces, pretende gobernar dejando a un lado los valores esenciales de la democracia liberal, para definitivamente instaurar su “revolución”; que consolida, paso a paso, a lo interno del país, para así seguir el camino de Simón Bolívar hacia otras naciones.

El bloque regional de poder y la guerra asimétrica

En el Encuentro Mundial de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, celebrado en Caracas en 2004, Heinz Dieterich (pluma al servicio del régimen, y el mismo que acusó a Washington de asesinar al fiscal Danilo Anderson), destacó la necesidad de la creación del “bloque regional de poder”, integrado por Chávez, Castro, Lula y Kirchner, para enfrentar la posición hegemónica de los Estados Unidos en Latinoamérica.

También –por ser tan cercano al gobierno-, Dietrich, en otros escenarios desliza la nueva doctrina militar desarrollada por Chávez, en los siguientes términos: “Es hija sui géneris de la misma partera de la historia que engendró las tesis militares sobre “la guerra prolongada” de Mao Tse Tung, y Ho Chi Minh y Vo Nguyen Giap en Asia, y ‘la guerra de todo el pueblo’ de Fidel Castro”. Dentro de este marco podemos entender las declaraciones de Elías Jaua (armar a los campesinos para defender la soberanía nacional) y los escenarios de juegos de guerra del general López Hidalgo sobre una presunta invasión norteamericana y la defensa integral de la nación en una guerra asimétrica, con la participación masiva de toda la población. Como la guerra asimétrica se trata de un conflicto entre poderosos y débiles enfrentado por medios no convencionales, el petróleo venezolano pasa a jugar un rol fundamental dentro de la estrategia a seguir.

Pero, aún así, el proceso revolucionario muestra algunas grietas en la Fuerza Armada, y surgen diferencias conceptuales e ideológicas entre los jefes militares del régimen: mientras en la Asamblea Nacional, el general García Carneiro, demostró, con pelos y señales, la presencia de campamentos de las FARC en Venezuela ¬¬–aun cuando los han erradicado–, el general Melvin López (comprometido ideológicamente con la “revolución”) lo niega: “En Venezuela no tenemos registrado ningún campamento”, dice a la prensa. Entre tanto el general Raúl Baduel enfatiza que el ejército combate, por igual, a todos los irregulares en la frontera.

El juego geopolítico internacional

De las diferentes lecturas del caso Granda y su trasfondo, se puede inferir que éste fue utilizado, de forma premeditada, para poner al descubierto –recalentando el problema casi hasta llegar a un punto de inflexión, y provocando a Chávez al máximo–, no solamente los nexos y simpatías –inocultables por lo demás– del gobierno con las FARC; sino también, su animadversión y consecuente posición en contra del gobierno norteamericano. ¿Porqué se escogió este momento para secuestrar a Granda cuando se sabía que él transitaba libremente por el territorio nacional con nacionalidad y pasaporte venezolanos? Además, su abogado, declaró que, a pesar de estar vinculado a las FARC, Granda ni siquiera pertenecía a su estructura directiva. Es decir que –de ser cierta esta versión–, “el canciller” no es realmente un personaje de importancia dentro de esa organización terrorista. Es evidente, que su captura servía a los propósitos previstos. Estados Unidos ejecutó una carambola a tres bandas: destapa las relaciones del gobierno y el partido oficialista con las FARC y otros movimientos irregulares latinoamericanos, sitúa el problema con Chávez en primer plano, y aísla a la “revolución” bolivariana para neutralizar –al menos por el momento- sus actividades desestabilizadoras en la región, para así redefinir, sobre otros parámetros, la ecuación geopolítica regional.

El gobierno de Chávez no ha salido bien parado de este incidente, del cual sólo hemos presenciado parte de una larga y complicada puja que podría tener consecuencias impredecibles. Al tiempo que Colombia y Venezuela declaran superada la crisis, nos queda la sensación de que el país no ganó nada, y el gobierno de Chávez quedó muy mal parado, quedó tocado. Será de ahora en adelante cuando se verán los verdaderos resultados de lo sucedido. Por lo pronto, la intención de internacionalizar su revolución bolivariana ha quedado desnuda ante los ojos del mundo, lo que, quizás lo obligue a replegarse y repensar su estrategia, como decía V. I. Lenin: «Un paso adelante, dos pasos atrás». ¿Quién sabe? …

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