Opinión Nacional

Máscaras hipócritas

El automatismo intelectual heredado de la guerra fría ya ha divido al mundo entre anémonas y platelmintos: incapaces de contar hasta 10 e informarse debidamente —obligación esencial de la creación y el intelecto— ya corren los intelectuales, artistas, periodistas, cantantes y escritores «de izquierdas» del planeta a cerrar filas instintivamente tras una quisicosa venezolana que creen asimismo de izquierdas, rompiendo lanzas por viejos, muy viejos y añejos odres que pretenden contener vinos nuevos. No saben — ¿y por qué habrían de saberlo? — que están apostando a favor de un «proceso» tanto o más repulsivo que el del estalinismo soviético que critican de los dientes afuera, porque se libra sin otros ideales que la ambición delirante de un cacique brutal y analfabeto, nacido en la misma matriz que el teniente coronel Tejero, que en casa repugnan; mucho más cercano a los carapintadas argentinos que al Ché Guevara, aunque suficientemente protegido por Fidel, ese héroe de la revolución cubana que adoráramos hace 43 años, cuando éramos adolescentes, y nos cansáramos luego de seguir adorando, cuando ya nos hicimos abuelos. Y para el cual se hace hoy de esencial supervivencia la vieja conseja según la cual a río revuelto – sobre todo si es petrolero -, ganancia de pescadores.

Yo hasta comprendo que sigan adorando a Castro. Aunque para hacerlo tienen que cerrar los ojos a la bestialidad de la más longeva de las dictaduras latinoamericanas de toda nuestra historia, tragarse los cadáveres de varios miles de balseros devorados por los tiburones del Caribe, desviar la vista de los fusilados por Ernesto Guevara en La Cabaña, justificar los fusilamientos de Ochoa y de la Guardia —con los que señores como Galeano y Benedetti habrán desayunado llenos de admiración en más de una ocasión —, voltear la vista de las mazmorras de la Seguridad Nacional y embellecer la miseria y la prostitución prohijadas en la isla, para volver a jurar su apego al proletariado mundial sobre la trasnochada biblia del Manifiesto. La revolución también esclerotiza. Si los asesinatos, las hambrunas, las torturas, los abusos y las ignominias se cometen en nombre de una entidad metafísica llamada «revolución» poetas como Benedetti y periodistas como Galeano no tienen empachos. Un mal soviet bien vale un buen GULAG. Es la miserable herencia final en la que vino a parar el idealismo hegeliano: una idea vale todo y justifica la más inmunda de las alcantarillas.

Nuestros «viejitos buenos» claman desde sus plazas de mayo porque aquí un gobierno «popular» se encuentra asediado por una «oligarquía golpista». No saben que el único golpista parido por las cloacas venezolanas en los últimos cincuenta años se llama Hugo Chávez y es el actual presidente de la república. Que tiene a su haber más de trescientos asesinatos en lo que va de «proceso» desde su fracasado golpe de Estado del 4 de Febrero de 1992 hasta la reciente masacre de Plaza Altamira. Tampoco saben que la oposición es irreductiblemente pacifista, constitucionalista y democrática. Además de absolutamente mayoritaria. Que llena calles y plazas por millones sin más armas que sus cánticos y sus banderas. Mientras el gobierno no sólo debe pagar cantidades fastuosas para movilizar a sus seguidores en decenas de miles de autobuses desde todos los rincones del país —viáticos incluidos—, para montar raquíticas manifestaciones, utiliza un ejército corruptor y represivo y arma círculos «bolivarianos», sino que asesina opositores, tal como sucediera el 11 de Abril y el 6 de diciembre.

Ni siquiera sospechan que este gobierno popular y revolucionario es el gobierno más corrupto de que tenga memoria el país. A pesar de haber contado con más de cien mil millones de dólares de ingresos petroleros ha empobrecido hasta el escarnio al pobre país que recibió en herencia, ha enriquecido hasta la saciedad al capital financiero, ha elevado el desempleo hasta el 25%, disfrazando de economía informal a otros 50%, ha enriquecido hasta la náusea a una camarilla de paniaguados con malversaciones del orden de los mil quinientos millones de dólares. Ni una sola obra: los hospitales siguen nadando en la indigencia, la pobreza se ha hecho extrema, las palabras reemplazan a los hechos. Ni tampoco tienen por qué enterarse del escándalo político que supone la flagrancia de la mayor concentración autocrática jamás vista en la historia democrática del país con el control absoluto de la Corte Suprema de Justicia y de la Asamblea Nacional, mientras el contralor general de la república, el defensor del pueblo y el fiscal general son obsecuentes servidores de su entorno, puestos a dedo en cargos que debían ser de control de los otros poderes, si dispusieran de autonomía. Todo ello luego de haber corrompido y fracturado a las fuerzas armadas, hoy mayoritariamente bajo su férreo y autocrático control. ¿Compararlo con Salvador Allende? Una ofensa al mártir de la democracia chilena y a la inteligencia de los hombres honrados.

¿Sabrán todo esto nuestras buenas conciencias, que pretenden hacernos pasar un régimen corrupto y autocrático por expresión de una voluntad popular? Comienzo a creer que lo saben. Y hasta pueda que Galeano sepa exactamente lo que saben el capitán Diosdado Cabello o José Vicente Rangel, instigadores de todos los actos de violencia asesina vividos por el país en este año horrible. Creo que Benedetti también lo sabe. Y la Bonafini y Pérez Esquivel. E Ignacio Ramonet y Richard Gott. Y esa Izquierda Europea que ha permitido monstruosidades si se las comete en nombre de ideales que fueran suyos y en los que ya nadie cree, siempre y cuando tengan lugar lejos de sus costas. Y obviamente los restos de la que fuera nuestra izquierda latinoamericana: pobre ella, tan menguada, tan estulta, tan ignara. Y sus intelectuales, tan babosos y obsecuentes con el Poder, esa aviesa prostituta, si lo creen en manos de uno de los suyos. Más aún si quien realmente lo detenta es un ágrafo coronel uniformado que se declara „revolucionario y bolivariano‰.

De modo que no se trata de hablar con conocimiento de causa o sufrir el engaño del aparato mediático de la presidencia, corruptor y desalmado. Transmitiendo al mundo su visión en la pluma tarifada de sus escribidores, sociólogos y periodistas. Pues es hora de reconocer de una buena vez que quienes respaldan a este gobierno, lo hacen porque comparten su naturaleza. Como compartían la de Stalin cuando le escribían sus odas. Como comparten la de Fidel y de Raúl, silenciando sus ignominias. Para ellos, la verdad no tiene ningún papel que jugar en este embrollo. Allá Gramsci si creía que sólo la verdad era revolucionaria. Para las buenas conciencias del progresismo universal este gobierno desalmado es popular y revolucionario. Punto. El mundo se divide entre derecha e izquierda, entre anémonas y platelmintos, en la mejor expresión del ancestral maniqueísmo de la estulticia política y el utopismo revolucionario que nos lastra desde los tiempos fundacionales. No tienen más entendederas que las de Lina Ron, una delirante, pobre y analfabeta Pasionaria vernácula, así escriban bonito. Moralmente son exactamente de la misma ralea.

Ya era hora de saberlo, para no seguir honrando máscaras hipócritas.

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