Opinión Nacional

Max Marambio: Un viaje al fin de la noche

1.- No es difícil imaginar a qué niveles de sangre fría, astucia, sagacidad y realismo empresarial se ha de llegar para alcanzar el insólito privilegio no sólo de hacer negocios con la nomenklatura militar de una tiranía como la cubana sino de acumular una vasta y poderosa fortuna y salir airoso de la prueba. Max Marambio, un chileno de origen humilde, nacido en  1947 en Santa Cruz, un pueblito del interior de la república,  pobre en cultura y  escaso en estudios académicos lo logró. Lo que constituye más que una proeza. Sobrevivir y triunfar en un mar infestado de tiburones como el generalato cubano sólo es posible mediante muy exclusivos atributos. Bert Brecht hablaba del largo cucharón que se requería para desayunar con el diablo. Marambio no sólo cuchareó con el demonio: engordó en el intento.

 No sólo un cucharón. Según cuenta Norberto Fuentes, uno de los más acuciosos conocedores de las intrigas, vida y milagros palaciegos, Marambio cayó en La Habana en 1966 de pie y con una estrella en la frente. Sin abrir la boca y recién salido de la adolescencia, el hábil jovenzuelo consiguió llamar la atención del hombre más poderoso de la isla que decidió adoptarlo en un rasgo de súbito encantamiento filial. No habrá titubeado su padre físico, el diputado socialista  por la provincia de Colchagua, Joel Marambio, que participaba de la comitiva del senador y tres veces derrotado candidato a la presidencia de la república Salvador Allende, en aceptar los requerimientos del entonces todavía heroico  y aparentemente impoluto comandante Castro. Con un padrinazgo de tantos quilates, su hijo tenía la vida asegurada. Se juntaban, como bien dice el refranero venezolano, el hambre con las ganas de comer.

Es demasiado tarde como para conocer las razones de la súbita e insólita debilidad del “Caballo” por un entonces flacuchento muchachito chileno al que protegería mientras tuvo las riendas del poder y la omnipotencia suficiente como para ejercer de Dios, Padre y Espíritu Santo de la desgraciada isla del Caribe. Conociendo de su astucia y capacidad premonitoria, habrá  anticipado mentalmente el triunfo electoral del Dr. Allende en su cuarto intento, para el que aún faltaban cuatro largos años. Tener a su lado a un delfín, que podría serle inmensamente útil a la hora de la revolución socialista en Chile, no habrá dejado de estar presente en sus maquiavélicas consideraciones. Lo cierto es que el G2 cubano, en el que Marambio ha nadado desde entonces como pez en el agua, penetró hasta en los más íntimos resquicios de la vida del desgraciado Doctor Allende. Y en la de su familia. Hasta el momento mismo de algunas de sus muertes.

Que algo de eso habrá pasado por la mente del tirano lo demuestra el hecho de haber enviado al muchacho sin más dilación a hacer sus pinitos en “tropas especiales”, la élite de combate que reunía lo más granado de la inteligencia y la milicia cubanas. En poco tiempo habría asimilado las lecciones de guerrilla urbana y la alta especialización en combate, así como en intrigas palaciegas, espionaje y cuartelazos. Como para que volviera a Chile a hacerse cargo del GAP, la gard de corps del presidente electo y a dirigir a sus 23 años la más delicada de las funciones: proteger la vida de quien hubiera podido llegar a ser el primer presidente socialista del mundo en establecer una dictadura marxista leninista por medios pacíficos y constitucionales. La cuadratura del círculo. Un intento frustrado por las fuerzas armadas chilenas – con uno de los más feroces golpes de Estado del siglo XX latinoamericano– y la reacción de  las instituciones de un país que estaba lejos de la congénita debilidad de las repúblicas caribeñas, siempre prontas al realismo maravilloso de delirantes caudillos iluminados.

2.- Norberto Fuentes alcanza a describir cuatro espesas trapacerías en las que habría incurrido el coronel de Tropas Especiales cuando luego de asilarse en La Habana y cumplir algunas tareas especiales como combatir en Angola  durante tres  años hasta obtener algunas de las más preciadas condecoraciones por heroicos actos de combate se dedicara a los negocios, incentivado por el propio Fidel Castro a traer legiones de turistas – sobre todo de exiliados mayameros, para lo cual contó con la ayuda de la Payita Contreras, amante de Allende – y obtener divisas para la castigada economía de la llamada era especial al retiro del respaldo soviético. No fue fusilado, como sus compañeros Arnaldo Ochoa Sánchez o Tony de la Guardia, ni condenado a treinta años de cárcel, como el otro gemelo de la Guardia. No se conocen las razones del privilegio. Al parecer, responsable por la lenidad del Number One, siempre según Norberto Fuentes,  habría sido la entonces suegra de Marambio y amante del primer padrote cubano. No sólo sobrevivió a su ira divina ante uno de sus derrapes, sino que obtuvo de Fidel un préstamo más que blando: un millón de dólares pagadero a diez años plazo sin intereses, para que los dedicara al negocio que a bien se le ocurriera. Se le ocurrió la cría de gansos, de los que llegó a tener un millón de ejemplares: uno por cada dólar prestado. Los militares del CIMEX, el emporio capitalista del ejército cubano, se quedaban con la carne y los hígados para el foie gras. Marambio con las plumas.

Difícil saber quiénes y dónde han disfrutado de almohadas y edredones revolucionarios de plumas de ganso made in Cuba. Si en América Latina o en España, hasta donde el infatigable comerciante extendería sus negocios y su residencia, para llevar una vida de Sheikh de las Mil y Una Noches, según cuenta Armando Durán, entonces su amigo y embajador de Carlos Andrés Pérez ante el Palacio Real. Pero fue el comienzo para un vertiginoso ascenso en la escala del enriquecimiento. Mediante la triangulación y la exclusividad obtenida del Estado cubano para el florecimiento de sus empresas, ya convertidas en holding, y de las cuales las más prósperas serían Sol y Son, dedicada al turismo y segunda en importancia en su ramo, y Río Zaza, especializada en el envase de lácteos y jugos de fruta, alcanzó una cifra de negocios anual de alrededor de cien millones de dólares. Con una mano de obra a precios de esclavitud y sin riesgos de complicaciones sindicales, lo que al tratar de humanizar, según el decir de uno de sus gerentes al vespertino La Segunda, de Santiago de Chile, daría pábulo a los juicios que hoy se le siguen. En Cuba – herencia del Ché Guevara – la ley prohíbe incentivos materiales. Imposible también imaginar el laberinto de conexiones, influencias, corruptelas, compras de conciencias y complicidades establecidas entre una nomenklatura corrompida y un ambicioso hombre de empresas dispuesto a romper todas las barreras del éxito. Lo cierto es que Marambio parece haber dispuesto de aviones de Cubana de Aviación para los fines que a bien tuviera – la esposa del general encargado de la aeronáutica civil cubana era una de sus altas fichas gerenciales -, no hablemos de habitaciones de hotel y empresas inmobiliarias. El general y su esposa están presos. Marambio en Chile, disfrutando de su estelar empoderamiento. Y casado en posteriores nupcias con Esperanza Cueto, la hija consentida de uno de los clanes más poderosos del país, el Clan Cueto, copropietario de la empresa aeronáutica LAN, entre muchas otras y de muy noble estirpe republicana, como que el fundador sería fusilado por Franco durante la Guerra Civil. El propio Falcon Crest de izquierdas. El adolescente que llegara a Cuba recién bachiller, de la mano de don Salvador Allende, convertido en comandante de élite con helicóptero propio, como Dios manda. Y como para acallar cualquier duda sobre sus dotes intelectuales y su acervo académico, propietario junto al Partido Comunista chileno de la universidad Arcis, que a cambio de un doctorado honoris causa para otro ágrafo soldier of fortune, éste de nacionalidad venezolana y tan hijo putativo de Fidel como él mismo,  recibiría un “préstamo” por ocho millones de dólares.

 Ninguna casualidad que ya se hable en La Habana – aunque por ahora sólo sotto voce o por vía de Yoani Sánchez, que el tema es tabú – de más de cien detenidos vinculados al “caso Max Marambio”, que ha reventado a la luz pública internacional con la muerte de dos de sus altos ejecutivos: el chileno Roberto Baudrand, encontrado en el piso de su apartamento del Vedado el martes 13 de abril, y un tal del Río, hijo de otro alto miembro de la nomenklatura cubana aunque jubilado, muerto en una cárcel y del que nada se sabe hasta el día de hoy. Si es que algo se sabe de un caso que no ha merecido más que dos o tres líneas del Granma, órgano oficial del régimen, conminado a dar alguna respuesta a las interrogantes que le formulara la cancillería chilena sobre las causas del extraño fallecimiento del ingeniero Baudrand. El caso parece encontrarse en pleno desarrollo, la fiscalía cubana – creada en el 2009 por Raúl Castro y con plenas e ilimitadas competencias en este y otros casos de supuestos hechos de corrupción  de elevadísimos montos, de los que sería víctima el fisco cubano – estaría llevando adelante las investigaciones a través de oficiales de la seguridad dependientes del ministerio del Interior con saldos dignos de una novela negra y con interrogatorios policiales que tras doce horas continuas dejan a los indiciados, – como lo señalara Enrique Bruce, otro de los ejecutivos de Marambio que alcanzara a dejar La Habana horas antes de que el caso explotara con un enigmático fallecimiento – “en calidad de zombis”. Yoani Sánchez, para quien lo que hasta ahora se sabe del caso es apenas la punta del iceberg, las razones son más que evidentes: «Sé muy bien lo que se siente cuando uno está impedido de salir de un lugar, cuando es interrogado, es intimidado, amenazas y una serie de amenazas sicológicas que para las personas que están delicadas de salud o que puedan tener algún trastorno puede ser fatal». Para Roberto Baudrand lo fue. Sería encontrado echado en el piso, la cabeza recostada en su mesita de noche, rodeado de frascos de medicamentos. Una mise en scene digna de un filme de Tarantino.

 3.- Poco importa a estas alturas si la apertura del caso Marambio por la fiscalía cubana es parte de la retaliación del régimen contra el ex valido, considerado culpable de la candidatura de Marco Enríquez Ominami, dirigido y financiado por Max Marambio, que según el castrismo favoreciera indirectamente el triunfo de Sebastián Piñera, del que los cubanos esperan – y Dios quiera que con suficientes razones – las mayores desgracias. Lo cierto es que la fiscalía esperó los resultados de la primera vuelta presidencial del 13 de diciembre, que le fueran adversos al pupilo del ex comandante, para abrir el expediente pocas horas después, el mismo 14 de diciembre.  También resulta ocioso preguntarse por las causas de la muerte de Baudrand o atribuirlas a debilidades cardiovasculares en la hoja de vida del occiso. ¿Quién resiste, con o sin infarto a cuestas pero ya en edad “adulto contemporáneo”, doce horas continuas de brutales interrogatorios, en días sucesivos y bajo la permanente amenaza de arraigos – el pasaporte requisado, como a todos aquellos que se les ocurre pisar suelo cubano – y condenas establecidas bajo un régimen judicial sin el menor asomo de respeto a la persona y los derechos humanos?  Ya se habla incluso de interrogatorios filmados con confesiones extraídas a la fuerza y capaces de derrumbar psicológicamente al más templado de los agentes de la CIA.  No hablemos de un tímido ingeniero químico. ¿De qué derecho disfruta un preso cubano, salvo del de permanecer en la cárcel hasta que se le pudran los huesos? Si no se cuenta con las protecciones que debiera brindar la ley, ¿con qué conmiseración puede contar quien, de haber cometido un delito, no lo comete contra la ley sino contra el Estado y es merecedor, por ello mismo, del desprecio y la muerte a manos de quienes lo detentan? ¿Qué destino tuvo Zapata Tamayo? ¿Qué destino le espera a Fariñas? ¿Qué pensar del caso Ochoa Sánchez y los De La Guardia, de similar tesitura? ¿No constituían todos ellos el contexto en que se realizaron los apremios policiales de los nada pudorosos agentes de la seguridad cubana contra los empleados de Max Marambio, dejados a su suerte por quien supo poner pie en polvorosa antes de que le cayera encima el juicio de una eventual corte marcial?

El problema no radica, pues, en las consideraciones fisiológicas o de medicina legal que terminan en la sorprendente renuncia de la esposa a someter el cadáver de Baudrand a una segunda autopsia, una vez seguro – así sea bajo la forma de un cadáver – en un país en donde prima a plenitud el estado de derecho. Que cada quien imagine las razones que gracias a esa decisión y la inmediata cremación del cadáver le han impedido a la cancillería chilena incoar el expediente de un caso  tan altamente explosivo. En momentos en que Cuba atraviesa por una de sus más complejas y difíciles circunstancias que la afectan en el duro corazón de los derechos humanos. Lo verdaderamente importante radica en el sistema moral y político imperante en Cuba. Si hay alguien en el mundo que conoce ese sistema, pues perteneció a la élite de “los dulces guerreros cubanos”, esa tropa brutal entre sádica y olímpica que se embriaga con el olor a pólvora y el hedor de la sangre y disfruta hasta el orgasmo con la pasión del combate, ése es Max Marambio. Y quien supo y pudo enriquecerse en medio de las condiciones éticas y empresariales más siniestras imaginables. El mismo Max Marambio para el cual el régimen imperante en Cuba “no puede ser caracterizado como una dictadura” sino “como una democracia directa”, como lo afirmara entre prepotente y soberbio en una entrevista televisiva cuando fungiera de jefe de campaña de ME-O. Y quien respondiera según el guión del G-2 a la pregunta sobre la violación a los derechos humanos en Cuba: “Sí, en Cuba se cometen muchas violaciones a los derechos humanos, pero en Guantánamo”. Lo dijo no hace más de cuatro meses, cuando aún se creía a salvo de los rencores de Raúl Castro. Y el albañil Orlando Zapata Tamayo iniciaba la última de sus innumerables huelgas de hambre que acabara con su vida, ante la absoluta indiferencia de los detentores del régimen.

 La elasticidad moral de Max Marambio parece haber encontrado, por fin, un punto de quiebre. No importa si su insólita y descomunal riqueza, sus privilegiadas relaciones políticas, económicas y sociales y su maravillosa versatilidad a la hora de navegar en los mares  de todos los colores le permiten solapar el crimen de Baudrand, las penurias de quienes siguen encarcelados y salir ileso de una carrera más bien tortuosa. El cariz político de la persecución a su figura y sus empresas – el eclipse de Fidel y el ascenso de Raúl, su enemigo jurado – así como la jugada por hacerse de un peón de batalla en la figura del hijo de su compañero de juventud Miguel Enríquez, no encubren el lado sórdido y ominoso de una riqueza habida en condiciones de contubernio con una tiranía que comienza a dar sus últimas bocanadas.

Valdría la pena volver a preguntarle a Max Marambio, cuando ya parece haber perdido los favores del régimen castrista y nada tiene que perder confesando sus pecados,   si no caracterizaría  esta vez a la cubana como una dictadura. Y de las más siniestras. ¿O razones de Estado – valga decir: de negocios – lo obligarán a guardar silencio hasta su último suspiro? The answer is blowing in the wind…

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