Opinión Nacional

Memorias médicas del abismo

Era asombrosa la velocidad con que pronunciaban sus palabras que en atropello circular se agotaban en el espacio defraudado. Los pacientes se indefenían de la serenidad a la violencia con una asombrosa sincronía premeditada. A mi comentario, que enseguida observé de esa extraña conducta, El Dr. Eliécer Otaiza, director de aquel centro (jefe de cargos infinitos) me elevó de soslayo su sabiduría fundamentado, según él, en sus estudios forenses, que reivindicaba por haber sido dueño de un Ford Falcón. Me soltó, de experimentado ponente de la función devastadora de la propiedad privada: «eso es justo lo que define la patología de los pacientes».

La terapia de grupo parecía lucir como la joya de la corona de los descubrimientos síquicos- endógenos, cuyo propósito era desarrollar nuevos y abundantes recursos de alimentación a la inmensa pobreza y aislamiento imperialista desafiando simultáneamente a los padres de la psiquiatría, los gallineros verticales, los cultivos urbanos y la fracasada revolución verde de los 70. Según Otaiza, ahora también siquiatra asimilado y bajo los aportes de su pana-BUDA el Dr. Baduel, los pacientes estaban logrando adaptar su fisiología a una estructura herbívora como las jirafas, el mono aullador sin los manglares, elefantes e incluso el manatí del desaparecido Parque del Oeste. Es verdad, me confesó, que el asunto se encontraba en etapa experimental y había grandes pérdidas pero con importantes progresos, hasta tal punto que las unidades de voluntarios que de buena gana agarrados por el cuello de modo asimétrico por elementos de la reserva estratégica habían devorado ya buena parte del Parque El Avila (los perro calientes de Avila Mágica también) el del Este y el ya mencionado del Oeste. La Sierra de Imataca, saciados de apetito científico no pudieron meterle el diente, los contratistas se habían anticipado a volverla polvo «cómico».

Este crimen ecológico está en plena investigación y en 15 días se espera una pronta captura de sus autores. Tenemos razones para creerles, considerando que los fiscales son los mismos que determinaron en tiempo récord la muerte del finado fiscal Anderson.

Pero no sólo era Otaiza quien hacia experimentos en aquel centro.

Me llevé una singular sorpresa cuando me topé con el jefe del laboratorio, Rafael Ramírez, el sujeto había sido nada menos que Ministro de Energía y Petróleo en tiempos de la ruptura de relaciones comerciales con los EE.UU. Recitaba salmos, consignas y discursos antiimperialistas de tendencia bíblica; por ejemplo: «La espada de Bolívar no se oxida por América Latina». Era notable, que a pesar de su aspecto descuidado, lucía el cuello bien blanco. Me autorizó a pasarle revista a sus inventos. Alinderados en tubos de ensayo, el petróleo y sus derivados suministraban un singular menú de terapias, usos y opciones, entre otros:1) «batido de gasolina tipo Citgo; no lo bata contra el suelo, bébaselo»; 2) «queroseno en biberones para infantes lactantes; 3) churrasco de asfalto a la poliéster; ingerirlo con un médico a su lado; 4) «gas líquido con propileno, para empujarse el churrasco; 5) Oíl Opep de 2/3 pi; ideal para broncearse y múltiples aplicaciones; lucirá quemaíto(a).

En otros estantes, dispuestos en botellas de cerveza se reproducían frases y mensajes revolucionarios y sus propiedades: 1) Congreso Bolivariano de los Pueblos o frotador contra el hambre y diversas delicias; 2) Socialismo del siglo XXI en gotas morales y bien común; 3)Lista en tierra Tascón contra desertores al socialismo y otras psicosis.

Al final Ramírez nos expresó, los adelantos que tienen en la fabricación de una ampolleta extraída del «ADMVR» de ultraduladores abanderados revolucionarios para hacer entender «El Proceso» por vía de inoculación intravenosa en atención a la naturaleza pacífica de la revolución. Finalmente nos nombró experimentos para aprender inglés a través de un norteamericano que reducían en un tubo de ensayo.

Luego del recorrido, no puedo determinar con exactitud si seguía dentro del sanatorio o si éste ya había al fin derramado por todas partes sus maravillosos efectos de ‘refundición’ de la república.

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