Opinión Nacional

Mérida sin gobernador

El gobernador de Mérida, Marcos Díaz Orellana, tiene un grave error de percepción política. Su elección en noviembre del año pasado no corresponde a la polarización del electorado que se vive en el país desde el año 1999. Muchos de quienes votaron por él (en mi caso particular, por razones morales y políticas, me abstuve de votar para gobernador) no lo hicieron porque él era representante del chavismo sino porque lo consideraron la mejor opción ante las fallas del repetitivo y único candidato de la oposición.

Muchos votos obtuvo Díaz Orellana de personas que jamás han apoyado el proyecto personalista-militarista de Hugo Chávez. Personas que creyeron en su imagen (que algo tendrá que ver con la realidad) de funcionario diligente mientras dirigió la Corporación de Salud del estado y que incluía su aspecto de “buena gente” y un perfil de chavista “light”.

El hecho de que su candidatura dentro del oficialismo surgiera como reacción a la pésima y corrupta gestión de Florencio Porras (a pesar de haber formado parte de su gabinete) le hizo ganar apoyo no sólo dentro de la base del Psuv -que lo terminó eligiendo su abanderado- sino también dentro de grupos opositores. Su campaña no escapó del ventajismo y el despilfarro oficialistas y también cometió algunos desatinos verbales,   pero como en términos generales se mostró conciliador, tales faltas fueron vistas por los no sectarios como un obligatorio peaje ante su jefe Chávez. Y el mensaje principal era que sería un gobernador (como lo mandan la Constitución y las leyes) de todos los merideños.

También Díaz Orellana, a causa de sus vínculos familiares y personales, obtuvo apoyo de muchos sectores que nunca han avalado el discurso socialista, agresivo y discriminador. Y es que Díaz Orellana ha vivido en Mérida más de treinta años, desde que fue dirigente estudiantil copeyano. No puede actuar como Florencio Porras, quien llegó aquí de paracaidista y así se fue. El teniente Porras ni siquiera se vinculó con la sociedad que decía gobernar y sólo le importó aumentar su patrimonio para luego disfrutarlo en otra parte.

De manera que a Díaz Orellana no le cuadra su actitud guapetona y deslenguada. Tal cosa representa un fraude político a quienes votaron por él para que este estado progresara, viviera en paz y no para que se convirtiera en cabecilla del grupo más radical del chavismo merideño. Sus frases contra el embajador de EE. UU., las acusaciones absurdas y ridículas contra el alcalde Léster Rodríguez, la permisividad con la actuación de los Tupamaros y otros grupos violentos y la organización de la marcha vandálica que encabezó hasta la sede de la Alcaldía no son tareas para la primera autoridad estadal.

Mérida necesita de un gobernador que se ocupe. El gobernador debe dedicarse a la normalización de los servicios de energía eléctrica y agua, a la reapertura del aeropuerto Alberto Carnevali, a la reparación del Teleférico, a la optimización del transporte público en todo el estado (¿qué pasó con la paralización del Trolebús?), a la dotación y mejora del Hospital y los demás centros de salud, a la recuperación de la red vial, a apoyar a los productores del campo, a disminuir el robo en los contratos de obras públicas, a la lucha contra la inseguridad personal (Mérida tiene más asesinatos por cada 100 mil habitantes que Trujillo y el fronterizo Táchira) y a otros asuntos que angustian a los merideños.

Por usted, doctor Díaz Orellana, votaron para que gobernara. Déjele las provocaciones y las bombas molotov a los encapuchados de siempre. Si no se dedica a sus tareas constitucionales, le pasará como a Florencio Porras de quien ya nadie se acuerda sino para hablar de sus fechorías.

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