Opinión Nacional

Mi abuelo David Ricardo

Homónimo y sobrino segundo del célebre economista inglés, mi abuelo David Ricardo, descendiente de familias oriundas de Holanda y de Inglaterra, nació en el año de 1847 en la vecina isla de Curazao. Su padre fue el distinguido abogado Mordechai Ricardo, quien dio protección a Bolívar después de la pérdida de la Primera República, y le ofreció albergue en su casa denominada el Octagón, que es hoy sede del Museo Bolivariano de dicha Antilla. Largas horas pasó el Libertador en la biblioteca de su anfitrión, meditando, leyendo, y escribiendo, entre otros trabajos, el histórico Mensaje de Cartagena.

A mediados del siglo XIX, mi abuelo se traslada con toda su familia a Caracas, en donde ejerce, con reconocida eficiencia y honestidad, su profesión de odontólogo, dedicando sus horas libres a la realización de importantes obras sociales. Es uno de los fundadores de la Cruz Roja Venezolana, cuya presidencia ejerce en diversos períodos. Durante la guerra hispanoamericana, es designado Delegado General de la Cruz Roja Española en Venezuela y en tal calidad presta sus desinteresados servicios, contribuyendo al alivio de los combatientes y a la repatriación de los ejércitos de Cuba.

Hizo de Venezuela su patria. Aquí nacimos todos sus nietos y aquí dejó una estela de afectos y reconocimientos cosechados durante su fructífera existencia, que termina a la longeva edad de noventa y cuatro años. Entre las numerosas condecoraciones que se le otorgaron, cabe señalar la Orden del Libertador, la Gran Cruz de la Orden de Honor y Mérito (Cuba), Oficial de Instrucción Pública (Francia), Caballero de Isabel la Católica (España), Cruz de Abogado de San Pedro (Santa Sede).

Por circunstancias especiales que viví recientemente en la ciudad de Miami, me he sentido profundamente motivado para recordar y rendir tributo a éste mi entrañable abuelo. Desde hace treinta y dos años, soy propietario de una pequeña residencia secundaria, de la que ha disfrutado toda la familia, hasta sus más recientes vástagos, los nueve bisnietos que para mi alegría otoñal Dios me ha proporcionado.

El 30 de abril retropróximo, alrededor de las dos de la madrugada, mi querida esposa María Angélica y yo empezamos a sentir un fuerte ardor en la garganta y gran dificultad para respirar. Cuando abro la puerta de nuestro dormitorio —en busca de la causa— nos enfrentamos a unas espesas masas de humo que nos impiden toda visión a pocos centímetros de distancia. Pienso entonces que se trata de un incendio en nuestra propia casa. Bajo la escalera y logro abrir la puerta principal y la del garaje. Allí estaban los bomberos, quienes nos conducen inmediatamente a una ambulancia situada al frente y nos prestan todos los auxilios adecuados, con gran amabilidad y competencia. Ya un tanto recuperado, por efecto del oxigeno absorbido, puedo verificar que el fuego se ha originado en un inmueble de la vecindad, pero cuyas violentas llamas amenazan el mío peligrosamente.

La acción de los bomberos para evitar que se propagase el fuego —agua en abundancia y grandes boquetes en paredes y techos— deja mi morada completamente inhabitable. Sólo al día siguiente se me permite entrar para comprobar esa triste realidad y la pérdida total de los muebles. Duéleme sobre todo la destrucción de libros y de recuerdos que se fueron acumulando durante los años.

Felices estamos, sin embargo, de haber salvado la vida , y con gran resignación he aceptado la pérdida de todos los objetos materiales. Sin duda, me ha reconfortado el recuerdo del abuelo, quien fue propietario en su juventud de una de las más bellas mansiones de Curazao, ubicada a orillas del mar. Vino un huracán y se la llevó. Con fortaleza ejemplar afrontó él la terrible tragedia, y dejó un ejemplo imperecedero para sus descendientes en las palabras que entonces pronunció:

—Dios me la dio. Dios me la quitó. Bendito sea el Señor.

En lo que particularmente me concierne, puedo hoy decir que mi nombre ha quedado completa y absolutamente justificado: René (en francés; Renato en español) significa vuelto a nacer. Así me siento yo.

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