Opinión Nacional

Mi último aldabonazo

Días antes de que un sargento mayor elevado por sí mismo al rango de general, entrara al Campamento Columbia en La Habana e iniciara el zarpazo en contra del gobierno constitucional de Carlos Prío Socarrás, un político de oposición, Eduardo Chibás, se dirigió por radio al pueblo cubano llamándolo a la razón, a dejar las rencillas partidistas y a unirse en contra de lo que ya entonces se veía venir: la nueva autocracia militar de Fulgencio Batista. Su charla la tituló con las palabras que encabezan este artículo.

De todos es sabido que, en Venezuela, 70 años de paz y de progreso han dejado sus frutos. Nadie quiere una confrontación armada. Deseamos dirimir nuestras diferencias en forma civilizada, democrática y electoral, pero no podemos dejar al garete la nave del Estado. Y así parece estarlo desde que Hugo Chávez fue electo presidente. Cierto que la situación económica y social venía desplomándose en los últimos veinte años de la democracia representativa que surgió de la Constitución de 1961. Pero la llamada democracia plebiscitaria, “participativa y protagónica” como Hugo Chávez llama la que instituyó su Constitución Bolivariana, tampoco ha sido una respuesta a nuestros males. Los beneficiados han sido muy pocos. El desempleo y la pobreza se han agravado, pues el gobierno se aferra a una ideología populista anacrónica probadamente ineficaz. Como lo dije en artículo pasado: el Fondo Social de PDVSA es dinero que debía invertirse en la empresa para asegurar una mayor participación en el mercado en los tiempos por venir. Usarlo en programas sociales o en obras de infraestructura con fines enteramente populistas y eleccionarios conducirá inevitablemente a una mayor ineficiencia de nuestra principal industria.

La experiencia

En los últimos 45 años, la experiencia eleccionaria nos demuestra que los gobiernos pierden un 25 por ciento de su electorado luego de 5 años. Aun así, el partido oficialista puede ganar una contienda si enfrenta a una oposición desunida. Ese fue el caso de Raúl Leoni. Caso contrario, el partido de gobierno pierde las elecciones.

Hugo Chávez fue ratificado la última vez en 2000 por unos 3,8 millones de votantes. Sería lógico suponer que en estos cuatro años haya perdido no menos de 20 por ciento de sus seguidores. Su caudal electoral duro no puede superar 3 millones.

La Oposición obtuvo en la última elección 2,7 millones de votos. A mediados de año, hubo de reconocerse que un 25 por ciento del total de electores inscritos habían firmado para convocar al Referendo Revocatorio. Eso suma alrededor de 2,5 millones de firmas, aunque la oposición había presentado 3,5 millones. Si a los 2,5 millones de firmantes se le suma lo perdido por Chávez, se tendría que la Oposición podría contar también con 3 millones de votos duros.

Sin embargo, desde 2000 para acá el Registro Electoral Permanente ha llegado a 14.240.000 votantes. En las tres últimas elecciones se ha abstenido un 40 por ciento. Si esa cantidad se mantuviera, los votos válidos para el referendo no sobrepasarían 9,4 millones. Si restamos los 6 millones de votos que conforman la base de simpatizantes duros de Chávez y la oposición, además de los nulos, restan 3 millones de indecisos que serán la pieza clave del rompecabezas. Las actuaciones populistas del Ejecutivo en los últimos meses han detenido su franco deterioro. ¿A cuántos habrá alcanzado la nueva política? El cierre de la campaña de Chávez en la Avenida Bolívar en Caracas es testigo del fracaso.

Éste es mi último aldabonazo antes del 15. Llamo a los «indecisos» a votar en favor del SI y de la .concordia entre los venezolanos.

(*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, historiador, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.
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