Opinión Nacional

Miraflores y la reconciliación

La reconciliación nacional es una legítima aspiración y una absoluta necesidad, pero no será posible mientras el señor Chávez este en Miraflores.

Se comprende y se aplaude que la reconciliación nacional sea una de las consignas centrales de buena parte del renovado movimiento estudiantil. Con ello los jóvenes se hacen voceros de un clamor del conjunto de los venezolanos que están hartos de los discursos de odio y confrontación que caracterizan al país de este siglo XXI, el que, por cierto, les ha tocado vivir ya en edad consciente.

Pero debemos saber que lograr acordar los ánimos desunidos es exactamente lo contrario de lo que ha pretendido y pretende la llamada revolución bolivariana que encabeza el señor Chávez. Es más, si un santo y seña ha tenido la facción o el partido bolivariano desde su irrupción en la vida pública en febrero de 1992, ha sido, precisamente, la instigación al conflicto.

Tan es así, que cuando en alguna larga perorata presidencial se reducen un tanto los decibeles de insultos y descalificaciones, entonces la percepción inmediata es que el mandamás estuvo mansito y quién sabe lo que estará pasandoŠ En realidad, a estas alturas sería absurdo desconocer que Chávez requiere de la discordia y el antagonismo como el pez al agua. El escenario de un país de equilibrio, pluralismo y consenso le horroriza, porque sabe muy bien que él no sería el dueño del poder.

En Venezuela, como quizás en cualquier otra nación, pero especialmente en la nuestra por el peso decisivo del Estado en todas las actividades sociales, el concurso de quienes detentan el control del poder público es esencial para que florezcan iniciativas de reconciliación política. Lo fue en 1958 con la plena identidad de la Junta de Gobierno con el espíritu del 23 de Enero, y lo fue en los años de la pacificación política consolidada por el presidente Caldera a comienzos de los 70. Si nos olvidamos de la historia perdemos la oportunidad de aprovechar y aprender de esa cantera formidable que son los aciertos y errores de otras épocas.

El señor Chávez, de la mano de Fidel Castro y con la botija buchona de la bonanza petrolera, ha buscado dividir, discriminar y estigmatizar a los venezolanos por razones de criterio político, de categorías socio-económicas, y hasta por el color de la piel. Los propios estudiantes están siendo el blanco preferido de esa retórica interesada que tanto retrata a los voceros de boinacolorá.

Pero la pugnacidad patológica no es el deseo natural y silvestre de la mayoría de nuestra población. Nada que ver. Luego de casi una década de padecerla, cada día son más los que quieren que llegue un ambiente más tranquilo y más seguro, para vivir y trabajar en paz con unos y otros.

Es decir, la reconciliación nacional que piden los jóvenes, en nombre del pueblo en general, y que el particular mandatario no está dispuesto a favorecer, porque lo suyo es el mando que desintegra para avasallar. Pero esa partida la tiene que perder el señor Chávez para que sea posible que los venezolanos se reconcilien.

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