Opinión Nacional

Mirándonos el ombligo

 

 

Mucho Facebook, mucho Twitter, mucho Blackberry, pero con todo eso, somos una sociedad cada vez más provinciana. Los venezolanos estamos tan pegados en nuestro rollo, en nuestro juego trancado, que apenas sabemos nada del resto del mundo. Estamos conectados a él por satélite y por fibra óptica, e importamos casi todo lo que consumimos, pero no participamos casi nada de la conversación global. Mandamos petróleo, peloteros, hijos de españoles y jóvenes hartos y bilingües, pero no mucho más: una que otra mala noticia, propaganda estéril, algo de temor, tal vez algo de lástima.

Pero el mundo habla de una pila de cosas interesantísimas, de células madre y energía eólica, de neomedievalismo y nanotecnología, de urbanizaciones sustentables y gobierno corporativo, mientras aquí estamos enfrentándonos a dilemas que los demás países que tienen un grado de desarrollo similar al nuestro superaron hace un buen rato.

Hablamos mucho, pero de nosotros mismos, de las mismas cosas una y otra vez, de los mismos personajes. Somos un disco rayado, o para los lectores post-acetato, un loop, una repetición ince- sante de lugares comunes, frases hechas e ideas pobres pero perseverantes. Es realmente triste encontrarse con crónicas de los años 50 o incluso del siglo XIX en las que vemos frases, preguntas, proclamas y discusiones que todavía rebotan entre las cuatro paredes de esta tierra encajonada por voluntad de unos cuantos, aquellos que se aliaron para intentar detener el cambio anunciando un cambio falso, con la ayuda de quienes se hicieron los locos, de los que no quisieron ver.

El mundo hierve de nuevas ideas, de descubrimientos, de creatividad, de esfuerzos increíbles para luchar contra los grandes problemas de nuestra época. Entre tanto, aquí se persiguen los argumentos y se alienta el chisme, se prohíbe la reflexión y se impone el grito. O se echan paletadas de silencio sobre asuntos de los que deberíamos hablar y no hablamos. Con lo cual, unos cuantos nos sentimos como tigres enjaulados. Nos sentimos ­nos sentimos algunos, mejor dicho­ encerrados, víctimas de una tenaz claustrofobia. Lo estamos, en algunas cosas, económicas sobre todo.

Pero también en lo mental, en lo espiritual. Como si nos arrastrara una máquina del tiempo que sólo sirve para echar humo y levantar polvo.

Nos guste o no, somos parte de un mundo antes que de un país, y en cuanto a nuestra nación, es una entidad flexible, no estática, que se define en relación con las otras. El mundo es una realidad física: el país, un territorio demarcado por líneas imaginarias, aduanas y alcabalas. El mundo es un océano tempestuoso de información, cambios e imágenes; la nación también, aunque a menor escala. La nacionalidad es una condición legal; la pertenencia o el arraigo, una decisión individual, unos afectos o unas aversiones.

El resto del mundo es mucho más que un mall en Miami, una fábrica china o una cuenta en Suiza. Afuera hay claves para comprender lo que nos pasa y una que otra idea para la solución, aunque inevitablemente este rollo sólo lo podemos arreglar nosotros. Pero una sociedad que sólo se mira su ombligo no se dará cuenta si tiene por delante un barranco. La Historia abunda en lecciones sobre eso. Aislarse no es una buena idea, no puede serlo. Y es, de paso, un atentado más a nuestra libertad individual.

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