Opinión Nacional

Misión UCLA: Sobrevivir

Si algún término define la política que, en los últimos años ha instrumentado el actual gobierno hacia las Universidades públicas venezolanas, debemos buscarlo acaso en los predios de lo nefasto y mortuorio. Necrológica, parece un término adecuado, nada exagerado y más bien modesto, para calificar una política que, nutrida de omisiones continuadas e indefinidas, ha impedido, mas que contribuido, a la mejoría en el funcionamiento de nuestras instituciones académicas, y a la búsqueda de la calidad, de la razón y la verdad.

Al igual que lo ocurrido en el resto de los sectores de la vida nacional, la lógica “revolucionaria” ha sido la misma: tratar de erigir nuevas instituciones, entes o políticas, destruyendo o en todo caso, ignorando las existentes, en el afán de reinauguración permanente de la historia para separar un antes caótico pre-revolucionario y cuartorepúblicano, de un fabuloso e idílico paraíso presente post-revolucionario.

La retórica oficial y oficiosa ensalza así a las Misiones sociales, y entre ellas a las educativas, como supuestos logros de la actual gestión gubernamental, para solucionar problemas de analfabetismo, formación, exclusión y prosecución dentro del sistema educativo, desde sus etapas iniciales hasta la educación superior.

Más allá de la evaluación que de dichas políticas pueda hacerse, y de sus resultados concretos o simbólicos, y de impacto real o propagandístico, las mismas han implicado cuantiosos recursos institucionales y financieros, mientras que a las Universidades públicas nacionales se les ha dejado, en la práctica, a la buena de Dios, estigmatizándolas y negándoles los recursos y facultades que la ley les otorga. Subyace en este escenario, diferencias ideológicas importantes en aspectos fundantes de una u otra visión que giran en torno a la masificación, cantidad, acceso, selección y calidad de la educación superior.

Asistimos entonces al desvanecimiento de la Universidad Pública, a su debilitamiento como institución, como paradigma y valor, no sólo a causa de sus debilidades o fallas (que las tiene, y algunas estructurales), sino producto de una política de desidia, de desprecio y repulsión que pseudo universitarios encajonados en un circunstancial rol burocrático, demuestran, evidencian y aplican cada día.

Mientras que un docente japonés, un profesor suizo o algún académico francés puede dedicarse tranquilamente a la investigación, a la docencia o a la extensión, como miembro de instituciones con presupuestos adecuados y recursos oportunos y suficientes, y percibiendo sueldos que le permiten vivir dignamente, en nuestro país, un docente a duras penas puede dedicarse únicamente a la labor universitaria, desde hace rato insuficiente en términos económicos y materiales para vivir. Más que una profesión, la docencia universitaria deviene hoy en un verdadero apostolado, con cada vez menos nombres en su lista de aspirantes.

Lo asombroso, lo interesante y casi heroico, es que pese a la indolencia oficial y al cerco presupuestario, en nuestras universidades se siguen generando conocimientos, formando profesionales, políticas educativas, propuestas, vínculos con las comunidades, acuerdos con sectores productivos, en función de muchas de las necesidades que el país está reclamando.

Leemos cierta declaración del actual Ministro de Interior y Justicia (Tarek el Aissami: “medios de derecha quieren crear violencia”, www.noticias24.com”) y es inevitable pensar, como en tantas otras ocasiones al escuchar a algún representante del oficialismo, que gracias a este gobierno, la idiotez goza de buena salud. Se pregunta el ministro por qué los estudiantes no protestan por el pasaje estudiantil, por los bachilleres sin cupo, o por un comedor, o por el costo de la matrícula en universidades privadas, en lugar de protestar en contra del intento por establecer la reelección continua. Puede ser acaso conciencia crítica, Sr. Ministro, o defensa de algún sentido de futuro, o tal vez simple rechazo a un gobierno con apetito hegemónico, militarista, intolerante y autoritario. No se, se me ocurre, Sr. Ministro.

Con 46 años de vida institucional, la UCLA, nuestra Máxima Casa de Estudios Regional, luce hoy minimizada en sus posibilidades para cumplir a cabalidad, como el resto de las Universidades Públicas del país, con sus funciones y con su misión. Y ello, gracias a los notables y exitosos esfuerzos por parte de las autoridades (ir)responsables del Ministro de Educación y OPSU, entre otras, por retardar el envío de exiguos recursos insuficientes y entregados en plan de limosna para mas o menos funcionar. El risible aumento decidido por el Ejecutivo Nacional para los universitarios, otorgado en trance de dádiva suprema, devorado y digerido ya por la inflación, es una fábula que ni Alicia en el país de las maravillas “revolucionarias” se puede imaginar, y sus recursos no han llegado tampoco a las nóminas respectivas.

Es muy posible que haya en este escenario, más proclive al cultivo del fanatismo y del sometimiento militarista que del criterio y la razón, pocos dolientes de la Universidad. Probablemente, no faltará quien alegue que “siempre ha sido así y así seguirá siendo”. Como profesor, en medio de un silente pesimismo, seguimos trabajando al igual que estudiantes, Autoridades, empleados y obreros por una Universidad posible, pertinente y perfectible.

Pese a sus debilidades, fallas o limitaciones, el balance institucional de la UCLA es a la fecha y en los tiempos por venir claramente positivo, para la región y para el país. Sin embargo, y tristemente, al igual que para el resto de las casas de estudios superiores venezolanas, para nuestra Alma Mater el asunto hoy, con o sin enmienda, está claro. Misión UCLA: Sobrevivir.

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