Opinión Nacional

Mockus

El candidato del partido Verde parece portador de una sofisticada propuesta política con interesantes elementos progresistas, en cuyo eje hacen su presencia elementos adicionales a la necesidad de la guerra

Aunque muchos voceros locales, algunos de ellos personas de toda mi amistad y aprecio, se encrespan y se preocupan con su sola mención, tengo que confesar que, cuando hablamos de Colombia, a mí me simpatiza el nombre, la candidatura y lo medular de la propuesta de Antanas Mockus.

A Mockus se le ha retratado como un plumífero vocero intrascendente; como un monigote enamorado de sí mismo, portador de un liderazgo que constituye todo un riesgo a las instituciones y las buenas costumbres.

En uno de estos aluvionales especialistas en abrir zanjas para imponer de forma unilateral autocracias constituidas a partir de sus antojos. Para entendernos: en un Hugo Chávez con cara de Fujimori.

Una alarma que a mí me luce desproporcionada, que no me convence, por conservadora y amante de los modales, y que se me parece demasiado a la monserga de una tía escandalizada cuando un muchacho le trae a la casa, en calidad de invitado, a un amigo algo más «malportado» de la cuenta.

Un intelectual por derecho propio, con horas de vuelo académico, un civil que postula, antes que la necesidad de las balas, la promoción del conocimiento. Un comprobado gerente público, pionero de la milagrosa renovación urbana de Bogotá.

Mockus y su partido Verde parecen portadores de una sofisticada propuesta política con interesantes elementos progresistas, en cuyo eje hacen su presencia elementos adicionales a la necesidad de la guerra.

Como me lo han atestiguado periodistas amigos del otro lado de la frontera, los colombianos comienzan a hacerle caso ahora, en la misma medida que las cosas comienzan a mejorar. Parecen suponer, y tienen todo el derecho, que pueden superar el espantoso dilema de apoyar una banda de matones en el Ejército y el universo paramilitar para acabar con la plaga de la narcoguerrilla.

Democracia no es sólo equilibro de poderes: democracia son derechos humanos. Los excesos del uribismo no son sólo aquellos que lucen inevitables, los que son producto de la guerra.

Descansan sobre la ristra de muertos dejados en fila por una aceitada máquina de matar personas y arrasar con poblaciones enteras, al tiempo que se comprometen voluntades en el Parlamento y se filtra el alto gobierno de toda suerte de marramucias. Los paramilitares y la parapolítica.

¡Qué dirán mis amigas de Chapinero! Clama un horrorizado Plinio Apuleyo, el liberal más conservador del hemisferio. Cierto: no es Mockus tan patiquín; no es jerarca de partido; no es amigo de banqueros; no lo tenían en la lista de la fiesta.

Si Mockus fuera como el bonaerense Macri no habría problemas en que fuera outsider. He escuchado a venezolanos afirmar, no sin algo de razón, que desde acá no hay opciones; que no es este tiempo de exquisiteces, que se necesita una mano firme que detenga el proyecto chavista en la región y que no podemos ser ingenuos al decantarnos por el extravagante alcalde de marras.

Todo lo cual no me impide comprender las razones adicionales de mis hermanos colombianos ahora que el barbado sin bigotes crece en las encuestas. Son ellos, y no nosotros, los llamados a decidir quién los va a gobernar.

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