Opinión Nacional

Morfología del Ni-Ni

Es posible que la naturaleza del Ni-Ni esté genéticamente ligada a la supervivencia de sus intereses

Hay quienes aseguran que casi todos llevamos un Ni-Ni por dentro. Es muy probable que nadie tenga completamente la razón, que nadie sepa muy bien de qué estamos hablando. Porque también, por supuesto, hay quien jura que los Ni-Ni sólo son una ficción literaria, los mismos indecisos de siempre, esa ambigüedad que, según varias encuestas, puede decidir el resultado del próximo 26 de septiembre. Una indefinición definitiva.

Llevo días reuniéndome, tomando café y hablando con gente que podría calificar dentro de este porcentaje. No ando en plan proselitista. Más bien he tratado de entender qué dolores o qué entusiasmos se mueven dentro de este disímil grupo de venezolanos. No es sencillo. Un Ni-Ni rara vez se reconoce como tal.

No anda por la vida promocionando esa etiqueta. Tampoco se siente necesariamente orgulloso de su condición. No es un militante. A su manera, también siente que la política es un padecimiento.

Un Ni-Ni puede cuestionar con vehemencia la inoperancia del oficialismo, pero siempre, con la misma actitud, indica y valora las cosas buenas que ha hecho este gobierno.

Un Ni-Ni no cree que todo lo que ocurre es un sabotaje, aunque piensa que hay sectores que adversan al Gobierno capaces de conspirar de cualquier forma. Un Ni-Ni también está harto del personalismo. Le parece un abuso y un fastidio que Chávez sea el tema del debate. Que Chávez sea el tema de la propaganda oficial. Que Chávez sea el tema del Gobierno. Que Chávez sea el tema de la oposición. Que Chávez sea el tema preferido de Chávez.

Se pregunta cómo un hombre que habla tanto de sí mismo puede, realmente, pensar en los demás.

Pero un Ni-Ni siente que no tiene muchas más opciones.

Esa es su asfixia. Le tiembla la médula si piensa que va a votar por Enrique Mendoza.

Cuando escucha a Henry Ramos Allup, tirita todo su sistema nervioso parasimpático.

Un Ni-Ni no entiende cómo, ante cualquier evento o situación, algunos sectores aparezcan siempre promoviendo a antiguos funcionarios, a ex diputados, a ex contralores, a ex embajadores, a ex jueces… que refuerzan la letanía del poder en contra de la llamada cuarta república.

Un Ni-Ni piensa que el tiempo de los ex ya se acabó. Un Ni-Ni también puede gritar: «¡No volverán!».

Entre La Hojilla y Buenas Noches, un Ni-Ni elige siempre otro canal. Quizás hasta termina pensando que ambas opciones son parte de un mismo ruido, cada vez menos preciso, menos diferenciable.

Es posible que la naturaleza del Ni-Ni esté genéticamente ligada a la supervivencia de sus intereses. Un Ni-Ni no se siente amenazado. Esa tal vez es su más auténtica condición. Puede escuchar las retóricas en pugna y no involucrarse. Mientras el Gobierno y la oposición agitan banderas apocalípticas, distribuyen miedos, exigen respuestas morales, el Ni-Ni intenta seguir aferrado a su distancia. No desea verse obligado a decidir: ¿Cuál caos te gusta más? Ese es su aspecto más radical. No se sienten ni buenos ni malos frente a las urgencias éticas que proponen los actores políticos. Ni héroes ni traidores, piensan que el final de la historia nunca está tan cerca como pregonan unos y otros. No deja de ser paradójico que, según algunas encuestas, tal vez sean ellos los que precisamente puedan definir los resultados del próximo domingo.

Quizás, en el fondo, todo esto también sea una buena metáfora. Expresa de forma impredecible nuestra diversidad. Quizás nos ayuda a recordar que ningún grupo, ni siquiera el mesianismo bolivariano, con todo el ventajismo del Estado y de las instituciones, puede imponerle al resto de la sociedad su proyecto. A menos que use la fuerza, por supuesto.

A menos que se quite la careta y convierta el país en un cuartel. Pero por la vía de la democracia no es posible aniquilar, demoler o liquidar a casi la mitad de la población. La experiencia democrática es rara, es desigual, es diversa, también es Ni-Ni.

No hay nada más socialista y, al mismo tiempo, más liberal, no hay nada más revolucionario que la pluralidad.

De eso se trata. Eso queremos el próximo 26 de septiembre.

Socializar el poder. Que ahora la Asamblea sea de todos.

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