Opinión Nacional

Morir joven

1.-

Mi amigo Juanito me ha dicho, delante de una renombrada y muy talentosa escritora chiapaneca, que yo seré como Roberto Bolaño. «Guardando las abismales diferencias», rectifica su aventurado comentario, dándome una cariñosa palmada en la espalda. Asegura (para mi sorpresa) que voy a morir joven. En sus ojos hay una mezcla de certidumbre y tristeza. Juanito es, además de un maravilloso escritor, un caricaturista en cuyos monos realiza asombrosas predicciones. Por eso, al mirar sus ojillos proféticos, palidezco. Luego, Juanito le dice a la escritora laureada que a mí me han negado todas las becas y premios literarios donde he concursado.

-Igualito que a Bolaño –dice.

Lo que a continuación ocurre me alarma de sobremanera. Juanito cuenta que en la misma mesa donde ahora nos estamos emborrachando se junta el círculo de intelectuales campechanos, es decir, profesores de literatura de la Universidad Autónoma de Campeche que cada semana con ojo critico y objetivo analizan el trabajo de los nuevos escritores locales.

-De ese fulano no hay nada que decir –me dice Juanito imitando la voz de una profesora que evidentemente odia-. Ese ni siquiera es escritor, es un vil y repugnante licenciado… y se nota.

Todos reímos (yo finjo reír muy bien), sobretodo cuando Juanito dice que no debo preocuparme por los comentarios de esas arpías, porque ya veré, con mis propios ojos (lo cual no deja de tener su gracia siendo yo ateo) cómo les cierro el pico a mis detractores cuando me muera y la critica internacional reconozca mi trabajo literario como al bueno y bien occiso de Bolaño.

2

Soy hipocondríaco, estoy seguro, por eso evito leer en las revistas o escuchar en programas de televisión o enterarme por amigos médicos los síntomas de cualquier enfermedad, de lo contrario, ahora mismo estaría derramando sangre por las orejas y los ojos o cagando por la boca o devorándome las extremidades o, lo más probable, listo para causarle un trama irreversible a mi primo cuando abra la puerta de su habitación y me encuentre tieso, frío y pudriéndome lentamente sobre el piso.

También soy ateo, algo que lejos de enorgullecerme me asusta bastante, o mejor dicho, la muerte es la que me asusta bastante, no lo niego. Para nada me hago al gallito luego tomar dos cervezas y sacó el pecho y digo: «La muerte me la pela», como ciertos amigos católicos, apostólicos y campechanos que se juegan la vida en las proezas más insospechadas, como conducir a 120 km/hr en las curvas de las calles de la Escénica con los ojos cerrados o caminar al borde de las azoteas cual malabaristas erráticos o subirse a los juegos mecánicos oxidados de las ferias ganaderas que montan de un día para otro los gitanos.

Sé que al llegar la muerte no hay nada después. Solo oscuridad total. Estoy convencido de ello. Creencia que le causa profundo dolor a mamá y a las cacatúas de sus amigas que me miran con lástima (excepto mamá, mamá me mira con terror) porque dicen que después de la muerte nos espera el Cielo donde nos reencontraremos con todos nuestros seres queridos que han fallecido. Curiosamente todas esas plumíferas señoras describen un Cielo muy diferente las unas de las otras, lo cual me lleva a pensar que, al morir, no se reencontraran nunca para chismorrear a la hora del café celestial.

Como tengo la certeza absoluta de que nada más poseo una vida, intento aferrarme a ella lo más posible. O mejor dicho, más que aferrarme intento disfrutarla. Por eso duermo en vez de trabajar. Que trabaje la gente que cree en Dios, su premio será el Cielo. Ese lugar donde podrán descansar el día entero sobre camas King Size fabricadas de nubes.

3

Hubo un tiempo en que creía en el Cielo. Fervorosa y piadosamente. La única meta en mi vida era el Cielo. Tenía seis o siete años. Iba al Instituto Cumbres. De lunes a viernes, sin excepción, no por nada mamá guarda muy orgullosa en una cajita de madera todas mis medallas de asiduidad. Asistía bien uniformado. Peinadito y oloroso. Los Legionarios de Cristo me dijeron que la vida era un constante sufrimiento, que había que sufrir mucho en la vida para poder ganarse el Cielo. «Solo los pobres y los mártires entran al Cielo», decían. Yo les creía ciegamente a pesar de que ellos no parecían sufrir mucho: vivían en mansiones, conducían carros de lujo y a la hora de las comidas se daban banquetes dignos de un rey.

En aquellos días de infancia lo que más me sorprendía es que existieran los adultos. Yo no quería llegar a ser un adulto, ni loco, lo que quería era morirme lo antes posible para ir a ese lugar llamado Cielo del que tanto hablaban todos los días las Misses y los Padres, un sitio donde uno podría jugar y divertirse eternamente sin ser molestado.

-Nos vemos pronto, mamita linda –le grité a mamá-. Cuando te mueras, búscame.

Al borde del desmayo mamá me vio parado en la cornisa de la azotea de la casa. Yo no era un niño pobre, papá era un señor con una generosa fortuna, sin embargo, mártir sí que lo era. No había duda. Todos los días mi hermano mayor me hacía la vida imposible. Me daba palizas con sus puños de acero. Abría mis juguetes en Navidad. Se burlaba de mí a todo momento. Decía que era un tonto. Se comía mis dulces. Me humillaba frente a mis amigos. Si le ganaba jugando Nintendo me daba coscorrones. Si otro niño del vecindario me buscaba pleito él salía, gallardo, a defenderme, lo cual demostraba que en el fondo mi hermano me quería, pero me quería para él solito porque nada más entrar a casa las palizas continuaban. Estaba claro que era yo un mártir, y de los más sufridos. Tenía el Cielo más que merecido. San Pedro me recibiría con los brazos bien abiertos.

-¡Espera, no te tires! –gritó alarmada mamá.

-¿Por qué?, quiero irme con Diosito y con los angelitos –dije férreo en mis convicciones.

Cerré los ojos y doblé mis rodillitas como lo hacía en el trampolín de tres metros del club Bancarios ante de arrojarme a la piscina.

-Duele horrible morirse –dijo mamá, conocedora de mi cobardía.

Abrí los ojos. Nadie me dijo que morir dolía. O tal vez sí. Recordé las clases de catecismo. La Miss Mimi nos dijo que Jesús, el hijo único de Diosito había sido humillado y machado a latigazos y luego crucificado para poder ganarse el Cielo, relato que me generó las más terribles pesadillas durante un mes entero.

-¿Duele mucho? –pregunté ya no tan convencido de querer irme al Cielo.

-Muchísimo –respondió mamá.

-¿Más que cuando clavaron a Jesusito en la cruz?
-Horrible, muchísimo más.

-¿Segura?
-Segurísima. Igual y ni te mueres con la caída y sólo te rompes todos los huesos y nunca más vuelves a jugar fútbol.

Al día siguiente las palizas de mi hermano no me resultaron tan dolorosas.

4

Papá siempre dijo que solo los pendejos se mueren. «Solo los pendejos se mueren», decía, con magnificencia, descaro y con un airecillo de semidios del Olimpo. Mamá, aterrada, porque siempre le ha aterrado el tema de la muerte, le decía a su esposo que dejara de decir esas cosas, que todos nos íbamos a morir tarde o temprano, pendejos y no pendejos. Papá me miraba de reojo y se reía. Le gustaba asustar a mamá. Por eso él decía que su máximo sueño en la vida era comprar una avioneta y manejarla él solito hasta el Gran Cañón del Colorado y estrellarse contra una de sus montañas de roca.

-Deja de decir sandeces –le reprimía mamá.

Sin embargo, papá lo decía serio. Nada de mirarme de reojo y de sonreírme cómplice. «Nunca te cases», me decía. «El peor error de mi vida fue casarme». Este último comentario lo hacía, por lo general, delante de mamá, lo cual me parecía una crueldad terrible.

-Gracias, ha sido un placer arruinarte la vida –decía mamá sin mostrar ni una sola emoción y luego se iba a la cocina a preparar la deliciosa comida de todas las tardes.

Papá no era ni un pendejo pero igual se murió. No lo hizo a lo grande como en sus sueños, es decir, estrellando una avioneta en el Gran Cañón del Colorado (nunca supe porqué eligió el Gran Cañón como sepultura en sus mortuorias fantasías) pero al menos se tomó la molestia de hacerlo delante de su esposa y dos de sus tres hijos.

Un derrame cerebral lo asaltó en mitad de un partido de softball. Cuando lo vi acercarse a la banca balbuceando palabras ininteligibles supe que era todo. Papá padecía presión alta y el médico le dijo que tenía que dejar el alcohol y comer balanceado, o sea, estar muerto en vida para seguir viviendo. Papá siguió bebiendo como cosaco y comiendo como cerdo. «Antes muerto que dejar de tomar», decía temerariamente. Mamá decía que papá era un alcohólico. Yo nunca creí que lo fuera, o quizás sí, sólo cuando llegaba mamadísimo a casa diciendo incoherencias.

Tengo la sospecha que uno sabe cuando está cerca su muerte, y papá lo sabía. Escupía sangre, cagaba sangre y siempre tenía el rostro colorado como un tomate. Cada que destapaba una lata de cerveza, el rostro feliz, se convertía en un kamikaze abordo de una avioneta rumbo a el Gran Cañón del Colorado.

5.- Esta mañana, crudísimo, luego de celebrar por tercera vez mi cumpleaños 29, fui al baño muy temprano. Vomité. El agua del bacín estaba teñida de rojo.

Espero que antes de morir, en compañía de mis hermanos, logremos robar las cenizas de papá que están encerradas bajo llave en la cripta de una Iglesia cuyo sacerdote dijo que el alma de papá habita en el purgatorio porque no fue un hombre suficientemente bueno para ganarse el Cielo, y reguemos sus polvorientos restos, si no en el Gran Cañón del Colorado, al menos a la orilla del mar de Progreso donde papá era un hombre feliz en las temporadas de verano.

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