Opinión Nacional

Murallas de papel

Uno de los aspectos más angustiantes del proceso de destrucción que está viviendo el país es el de los sentimientos de encono que se están inoculando sobre una parte de la población hacia la otra. 

Ciertos hábitos de argumentación que algunos gustan de practicar sostienen que la culpabilidad de los males del país en terrenos como el que estamos abordando se reparte por igual entre el oficialismo y la oposición. Es la versión actual del lenguaje «políticamente correcto» en el debate nacional. Así, por ejemplo, cuando se habla de las agresiones mutuas entre Chávez y Uribe, se habla como si las dos fueran equivalentes, cuando lo cierto es que ni por asomo encontraremos en Uribe expresiones e insultos del calibre que el de aquí ha propinado al de allá. Y así como en ese debate particular no sé la equivalencia que se pretende, está muy lejos de corresponder a la verdad, de igual modo no hay comparación entre lo que se pueda haber dicho en el campo opositor para crear animadversión, desprecio y sobre todo odio, hacia los venezolanos que respaldan a Chávez y lo que ha dicho este gobernante, y repiten sus segundos, para crear esos sentimientos hacia quienes se oponen a su proyecto político. Mientras que las fuerzas democráticas podrían hacer un video interminable con frases de Chávez donde sus opositores aparecemos como subhombres, al oficialismo le sería completamente imposible hacer lo equivalente. 

La forma en que Chávez describe a sus opositores y a los sentimientos que según él los animan, dibuja a esos venezolanos como seres malévolos y criminales. No hace mucho leíamos con estupor cómo el embajador Chaderton sostenía en un escrito que cuando las fuerzas democráticas -él no las llamaba así, claro está- retomaran el poder en Venezuela, lo que iban a hacer era matar a los chavistas. Cuesta imaginar que el embajador haya llegado a creer eso. Pero escribirlo, en la estela del discurso de su superior jerárquico final, sí que hace sentido. 

Tiene todo ello, en efecto, un claro sentido político. Es crear una imagen monstruosa del adversario, de modo que su posible retoma del poder sea visto como una amenaza letal para los partidarios de Chávez. Es transformar el «vienen por mí» sobre el que Chávez tanto insiste, en un «vienen por nosotros, vienen por ti». De este modo se crea en el bando propio una disposición a luchar a muerte contra un eventual triunfo democrático de las fuerzas que se oponen a Chávez y a considerar su eventual conquista del poder como un mal supremo contra el que vale todo tipo de recursos. Lo cierto es que ni por él ni por ellos : nadie va por nadie. 

Aquí tenemos una asimetría esencial entre las dos visiones de la política que hoy compiten en Venezuela. Para la que lidera Chávez es esencial crear esa imagen del oponente como un enemigo mortal, cuya llegada al poder hay que combatir como cuestión de vida o muerte. Esto es un componente crucial de ese proyecto y una condición indispensable de su éxito. Por el contrario, para la concepción política que representan las fuerzas democráticas es esencial que sus adversarios políticos no los vean como enemigos mortales, y ello es condición esencial de su éxito. 

De ahí todas esas otras diferencias que observamos y que en verdad dan lugar a situaciones únicas. Es un caso de estudio advertir en un país democrático oír decir a un gobernante que no hay reconciliació n posible con la parte del país que se le opone, porque aquí lo que se está librando es una lucha de clases sin cuartel. 

Para Chávez es central mantener ese discurso de siembra de odio, para tenerlo allí como recurso de reserva en caso de una eventual derrota en el terreno de los votos. Mientras tanto, para las fuerzas democráticas es central mantener sin fisuras el discurso contrario, sin ceder ni un milímetro en la tentación de incurrir en lo que aquí hemos rechazado. 

Esa contraposició n seguirá caracterizando nuestro debate político. En la parte que le corresponde a Chávez, no habrá mayores variaciones. Como dato más reciente de ello, es ostensible lo que le cuesta refrenarse, cuando lo logra, para descalificar de la forma más implacable a gente que se supone de su bando cuando se le pone -dirá él- «cómica», es decir, cuando recaba independencia de criterio y exige respeto para ello. De parte de las fuerzas democráticas, desmontar ese sentimiento de odio mezclado con el de un gran temor artificialmente sembrado tiene que ser un elemento central de su conducta política. Para derribar esas murallas de papel, como quisiera uno que terminaran siendo. 


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