Opinión Nacional

Nadie era inocente

La historia que voy a referir esconde un atisbo de heroísmo y mucho de cobardía, pero en el fondo su desenlace resulta trágico, como tantos desórdenes de la vida cotidiana condenados al olvido.

Analicemos la geografía de unos afectos quebrados el 2 de agosto de 2008, en la entrada de un hotel en la localidad madrileña de Majadahonda.

Antonio Puerta, alias Nono, muchacho bien de Barcelona, arremete contra su novia, Violeta Santander, mientras paga la cuenta. No la salva ni la intemperie, ni el hecho de ser mujer.

En ese momento el profesor granadino Jesús Neira, 57 años, cruza la calle y se encuentra con un espectáculo que considera indigno de un caballero. Y reclama el trato brutal contra aquella mujer.

Puerta es más joven que Neira y, quizás por eso, más temperamental. No le gusta que se metan en sus asuntos y empuja al profesor, que cae al piso.

Allí, en la desventaja, el agresor ­que ha ingerido alcohol y drogas­ patea la cabeza del infortunado peatón con furia.

Muchos hombres no tienen tiempo después de arrepentirse de sus propios actos. Veamos las consecuencias, que son muchas y no menos sorprendentes que los hechos que las hicieron posible.

Tres días más tarde, Neira se siente mal. Acude al hospital Puerta de Hierro y al de Móstoles. En ambos centros asistenciales no se dan cuenta de que un derrame cerebral está en marcha. Finalmente, un médico induce un coma ante la gravedad de la lesión.

Antonio Puerta es condenado a 7 meses y 15 días de prisión.

El fallo se sustenta en el relato de testigos que confirman la doble agresión. Se le prohíbe acercarse a Violeta Santander por un lapso de un año y 7 meses.

Jesús Neira regresa del coma el 13 de octubre del mismo año. ¿Qué ocurrió durante esos 68 días en los que permaneció en el limbo? Violeta Santander, la mujer a la que este profesor intentó salvar, defiende a su novio y agresor en programas sensacionalistas de televisión.

Neira despierta del coma y vuelve a la vida. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, lo condecora con la Medalla de Oro al Mérito Ciudadano. Y lo nombra presidente del Consejo Asesor del Observatorio Regional contra la Violencia de Género.

Quienes han leído la trilogía Millenium de Stieg Larsson, recordarán la frase de Lisbeth Salander: En la vida «no hay inocentes, sino distintos grados de responsabilidad». La frase funciona como un comodín con múltiples usos.

Antonio Puerta, adicto a las drogas, salió de la cárcel, pero no pudo salvarse del destino que lo condenaba. Fue encontrado muerto en el baño de su casa otro 13 de octubre, dos años más tarde de que Neira regresara del estado comatoso.

Lo mató una sobredosis.

Así cerro Puerta una vida de 44 años, desperdiciada. Era el heredero de una fortuna catalana, Aurgi, joven envidiable que se movía en un Porsche y no podía quedarse un día quieto en el sillón del consejero asesor que sus padres siempre guardaban en las empresas para él. Su primera mujer se suicidó. Su hijo, Antonín, apenas llegó a conocerlo.

Jesús Neira estuvo a esto de convertirse en una leyenda.

Pero algo inesperado le impidió mantenerle la mirada a los ojos a la gloria. El primero de septiembre pasado la Guardia Civil lo detuvo por triplicar la tasa de alcoholemia permitida, mientras conducía su carro haciendo eses. Por suerte no ocasionó ningún accidente.

Debió pagar 1.800 euros. Le suspendieron el permiso de conducir por 10 meses y fue relevado de su breve cargo público, al que había llegado como héroe. Después de 2 días de la muerte de su agresor, Neira sufrió otro derrame cerebral. Su pronóstico luce reservado.

Isabel Puerta, hermana de Antonio, también ha ido a la televisión, para pedir que no lucren con el dolor ajeno. Ha rogado que dejen en paz a su hermano, que era un drogadicto. «¿No es suficiente lo que ha vivido, como para dejarlo ir en paz?».

Si hubiera que apurar una plegaria, ésta debería incluir los siguientes datos. Puerta ya está bajo tierra; Neira corre grave peligro; Santander trató de vender una foto de Puerta muerto en el baño por 2.000 euros; los periodistas se ensañaron con la piel y los huesos de este culebrón clase B; y los políticos pescaron en río revuelto. En esta historia no había un solo adicto. El problema es que el resto no lo quiere reconocer.

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