Opinión Nacional

Nadie nos echará de menos

Otro excluido ha muerto sin que nadie lo haya echado de menos. Esta vez no era una persona sin hogar con frío. Ni tampoco una persona mayor sin familiares, o una enferma crónica o terminal, ni una persona con enfermedad mental. Joyce Vincent era una señora de cuarenta años que había pedido dos años atrás refugio a una asociación de mujeres que lucha contra la violencia doméstica. Le consiguieron un departamento, cuyo alquiler pagaba a medias con el ayuntamiento. Los atrasos en esos pagos fueron lo que llevaron a forzar la puerta y cruzar el umbral que separó del mundo exterior un grito desesperado que nunca recibió respuesta. Los agentes de la Metropolitan Housing Trust se encontraron con su esqueleto junto a las bolsas de la compra y un televisor que no paró de funcionar desde el momento de su muerte. El estado del cadáver impidió a los forenses hacer una autopsia y determinar la causa de su muerte.

Nos hemos acostumbrado a leer en los diarios sobre muertes llenas de soledad. La costumbre a la exclusión social en todas sus variantes nos ha amortiguado la sensibilidad. Pero la tragedia de esta mujer londinense es un signo de estos tiempos que debemos desentrañar para detener la caída hacia una vida de individualismo sin sentido, exacerbado por nuestro modelo de consumo. Que dejen de decirnos que somos lo que tenemos.

La señora Vincent ya tenía poco que ofrecer en este mundo regido por el principio de intercambio infinito, lo que la convirtió en una excluida en el sentido más radical de la palabra. No tenía nada que ofrecer y por eso nadie se ocupó de ella. Su muerte se produjo en el mismo país en donde salieron, de boca de Margaret Thatcher, aquellas palabras que anunciaban el lado más oscuro del pensamiento neoliberal: “Ya no hay sociedad, sólo individuos”. No persona. Individuo… La diferencia entre ambos estriba en que la persona es siempre un fin en sí mismo, un ser que no puede ser intercambiable porque tiene dignidad. Por mucho que repitamos mentiras, nunca llegarán a ser verdad, aunque la gente llegue a creerlas. Así se aceptan términos como ‘recursos humanos’, ‘gente de color’, ‘ajustes de personal’, etc. Así también la gente ha llegado a creer que los pobres y los excluidos son necesarios y que la “rapiña” entre los seres humanos es normal.

La exclusión sólo puede ser “normal” en un mundo en el que lo normal sea ser pobre. De las 6.400 millones de personas, sólo 1.000 millones tienen todas sus necesidades básicas cubiertas, mientras el resto se encuentra en alguno de los peldaños del desarrollo que propone el prestigioso economista Jeffrey Sachs en El fin de la pobreza. La pobreza sólo puede ser “normal” en un mundo que se llama a sí mismo globalizado pero que comparte con los pueblos sólo aquello que conviene a los grandes grupos de poder. Circulan millones de dólares en cuestión de segundos sin crear puestos de trabajo, van y vienen mercancías y tecnología –de dudosa libertad por los aranceles y las subvenciones que van contra el libre comercio–, se extienden los saberes y el mundo está conectado por cables de fibra óptica desde Tierra de Fuego hasta la otra punta del planeta.

Pero luego nos enteramos con estupor de las cantidades que gastan los gobiernos en erigir muros para contener las oleadas de inmigrantes y para desarrollar cuerpos de seguridad mientras pasan por el Senado leyes que pretenden criminalizar la inmigración. Algo va mal en el mundo cuando un inmigrante se convierte en criminal sin haber robado o matado, sino ejercido un legítimo derecho que se encuentra en la Carta de Derechos Humanos que rige a todos los países miembros de la ONU.

La diputada del distrito donde murió Joyce Vincent y el obispo de la zona dijeron algo lógico en otros tiempos pero que hoy ya es una rareza: es preciso poner más atención a nuestros vecinos, conocerlos mejor y al menos saber quiénes son. Ocuparse de los demás está en la base de cualquier actitud solidaria. Y si no es por solidaridad, al menos que sea para que, cuando nosotros suspiremos por última vez frente a nuestro televisor, alguien nos eche de menos, si ya no puede sostener nuestra mano.

Fuente:
Centro de Colaboraciones Solidarias

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