Opinión Nacional

Ni ética ni épica

 En este mes de abril, lo que se ha hecho patente es que el chavismo carece de épica. Pese a los intentos por torcer los acontecimientos, por revestirlos de heroísmo, lo cierto es que la gestión de Chávez se beneficia del azar y la torpeza ajena, pero no cuenta con gesta propia. Los partidarios del Presidente, empezando por él mismo, han querido revestir su comportamiento de un discurso épico, de una confrontación con fuerzas formidables. Han querido hacer ver que su llegada y mantenimiento en la jefatura del Estado responden a una gesta en la que triunfan gracias a su superioridad moral.

Sin embargo, las incursiones del Presidente en el terreno de los acontecimientos han estado signadas por la renuncia temprana, o la rendición sin combatir, cuando le tocaba empuñar las armas. Lo que le ha ayudado es una velocidad centelleante para intuir el uso de los medios, de las consignas espontáneas, las frases oportunas.

Pero después de 14 años, el oportunismo, la eficiencia de las consignas están de retirada frente a un descontento que ningún subsidio extingue, que ningún nivel exorbitante de los precios petroleros diluye.

De encarnar a un vengador, de intentar hacerse de un rol mesiánico, el tiempo, la dolencia física y la ineficiencia inveterada van produciendo la lenta disolución de Chávez. La falta de un talante ético diferencial, aunada a la ausencia de una épica que lo revista de un heroísmo que se traduzca en indulgencia a sus desaguisados, Chávez y el chavismo (si es que coinciden) van mostrando su faz de populismo ordinario y ramplón. Si es que tiene alguna característica ética que le distinga, es la del “no vale nada”, referencia hecha al nihilismo y absoluta arbitrariedad que marca su hacer de gobierno.

Los sucesos de abril, como máximo, fueron una duplicación en espejo de torpezas de lado y lado, de pequeñas intrigas e improvisaciones, aprovechadas y desperdiciadas por todos. Fueron una sucesión de desaciertos en los cuales no hubo superioridad ética y mucho menos heroísmos y sacrificios que justifiquen el resultado final.

El oficialismo se enfrenta a su conversión en un movimiento político más, probablemente un partido que a duras penas contiene las semillas de su escisión y posterior disolución, como le ocurrió a mucho de la izquierda.

En el futuro, inmediato o no, Chávez será recordado como el arquetipo del político oportunista, del demagogo impenitente, ávido de poder sin importar de qué recursos eche mano para conservarlo. El Presidente ha encarnado el apuro, la tentación de los atajos, la creencia que los cambios colectivos son cosa de puro deseo y no de procesos. Encarnó también el atractivo que muchos experimentan de la oferta de ser relevados de todo esfuerzo de pensar sobre lo que somos y lo que queremos. No le esperan estatuas ecuestres, ni lugares especiales en las galerías de estadistas.

Ojalá también en el futuro, los venezolanos sean capaces de exigir mayor coherencia a sus gobernantes. Que puedan escoger a quienes verdaderamente pongan en línea su decir con su hacer. Así como estén conscientes que el talante ético de los funcionarios públicos no es un detalle accesorio, sino una característica sustantiva para el ejercicio de sus funciones.

 

 

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