Opinión Nacional

No habrá otro siglo de tormentos

Quien haya estudiado profundamente nuestra historia, como mi buen amigo
Aníbal Romero, nos lleva a comprender y sentir hondamente, con su último
libro «Venezuela: Historia y Política» el tormento de Bolívar por haber
desquiciado el dominio español, sobre esta tierra y no hallar la manera de
darle un sentido, un orden social e institucional sustituto, a aquella
feroz anarquía independentista y revolucionaria y a su desgracia épica con
su orgía de sangre y terror.

Sabemos que esta inviabilidad nacional, con sus despotismos subsecuentes,
solo vino a resolverse parcialmente un siglo después con la paz sepulcral
de Gómez. Tuve también el privilegio de entender ese siglo hasta el
detalle, por mi hermano historiador, predestinado por su nombre, Napoleón,
nieto de Corso al fin, a hurgar en las miríadas de pasiones desatadas tras
el poder, enterradas en la memoria de los pueblos.

Reacuérdese de ese siglo diecinueve, caótico y desventurado, el hecho que
perdimos media población y, como dijera el propio Bolívar al indagarse
autocríticamente sobre su legado. «terribles días estamos atravesando: la
sangre corre a torrentes: han desaparecido tres siglos de cultura, de
ilustración y de industria».

La legitimidad monárquica que mantenía el equilibrio de instituciones
coloniales, castas sociales y economía en relación dinámica con las
necesidades comerciales de la Península Ibérica, fue pulverizada. Nunca
más, a lo largo del siglo diecinueve, pudo estabilizarse otra cosa que no
fuera transitorios regimenes despóticos, de ladrones en uniforme, inútiles
para domeñar la ruina económico-social e institucional.

La eterna mitología oficial sobre El Libertador, siempre nos ha impedido
considerar que al lado de la dimensión de la epopeya bolivariana habría que
medir el megadesastre que él mismo diagnosticó. Han tratado de escamotarnos
lo que Bolívar también pronosticó, sobre nuestras futuras desgracias, no
una sino cien veces, amargamente arrepentido por no haber podido
encontrarle un rumbo a esta patria de desdichas, al igual que a las demás
liberadas por sus ejércitos.

Difícilmente podía esperarse que aquel absurdo régimen social de la colonia
perdurara largo tiempo aún, manteniendo los odiosos privilegios de casta
para los blancos criollos y su mantuanaje insolente y esclavista.

El derrumbe de la llamada Primera República motivado a lo que Miranda llamó
Bochinche, bochinche, antes de ser entregado por los desleales patriotas
para el catre de ergástula española, como lo inmortalizó Michelena en su
Miranda en la Carraca, tenía como telón de fondo las insurrecciones de
esclavos sobre todo en Barlovento. Los mantuanos empezaron a entender allí
que se habían metido en un túnel sin salida. Hubieran podido devolverse a
la legitimidad monárquica pero ya esto no fue posible y Bolívar resolvió
cabalgar ese potro de la locura colectiva, la guerra civil, que enfrentaba
su naciente ejército de oficialidad mantuana, al de masas de pardos con
uniformes y mando de caudillos españoles como Monteverde y sobre todo José
Tomas Boves.

Lo paradójico de nuestra historia es que fueron los mismos mantuanos, con
Bolívar a la cabeza, quienes resolvieron suicidarse como casta dominante al
desencadenar esa orgía de sangre y horror de la revolución independentista.

Sin aceptar esas verdades elementales sería incomprensible el fenómeno de
los éxitos del ejército español arrasando las tropas patriotas. No existe
una explicación distinta a que en realidad fue una guerra civil donde la
mayoría de pardos apoyaba a la monarquía y se incorporaba entusiasta a sus
filas contra los mantuanos independentistas.

A los que aprenden historia en los discursos de Chávez habría que
preguntarles: ¿Cómo es que el pueblo pardo y negro mayoritario en un 80% en
la época de la independencia seguía siendo realista y quería la derrota
patriota de los mantuanos y de su general Bolívar? De dos cosas una, o
justificamos a cuenta de que eran el pueblo la negativa de los pardos a
marchar detrás de sus opresores directos, los blancos criollos mantuanos,
o desmitificamos a Bolívar al que se le escapó el control de aquel huracán
social y político, que ni siquiera imaginaron cuando iniciaron la gesta de
independencia.

Es la impotencia y rabia, contra esa guerra social que los españoles
apoyados por el mestizaje criollo hacían simultanea a la guerra
independentista, arruinando todos los esfuerzos patriotas, lo que lleva a
Bolívar a fusilar al pardo, General en Jefe, Manuel Piar, uno de los
grandes Libertadores de oriente, quien insistió en utilizar la levadura de
la lucha racial y social como fermento de la propuesta patriota, a lo cual
Bolívar se opuso de manera terminante.

Errónea o no, la tarea emancipadora, abordada por Bolívar a sangre y fuego
como lo fue, -es un poco tarde para lamentarse dos siglos después- terminó
imponiendo tenazmente la causa de la nación oprimida, contra la metrópolis
española y arrinconó a los pardos con el Decreto de Guerra a Muerte, a
quienes finalmente ganó a regañadientes para pelear contra la potencia
colonial opresora, pero ya había pagado el precio de ver arrasar su propia
clase mantuana en el tremedal de la orgía sanguinaria de los años iniciales
1812-1817.

Nuestra nación trastabilló durante más de un siglo, hundida en el caos, sin
poder sustituir el orden que le daba la legitimidad monárquica española, en
la que los Pardos y toda la América hispánica gravitaban. Sólo 100 años más
tarde, en la economía mundial petrolera, vía dictadura gomecista, logramos
un cable a tierra para detener el ciclo de hambre-guerra-dictadura- y
estabilizarnos precariamente en medio de dramáticas desigualdades sociales
hasta 1958.

No podemos olvidar que de no ser por la unión casual de esos factores
-riqueza petrolera y orden- estaríamos, como lo meditó irrefutablemente
BOLIVAR, ante nuestra inviabilidad como nación, pidiendo ingreso a
principios del siglo XX al imperio ingles o su equivalente de hoy la Unión
Americana . Los EEUU.

Con el liderazgo, entre otros de Betancourt, Venezuela consiguió ¡por fin!
desde los años cuarenta una nueva legitimidad histórica, para su
convivencia interior, mas allá de los desequilibrios sociales que
persistieron, mejoraron luego drásticamente- en los años sesenta y setenta-
para volverse a agrietar en los últimos 20 años, y dramáticamente hundirse
en los últimos cinco, bajo el gobierno de Hugo Boves Frías.

Esa nueva legitimidad y cemento de nación es LA DEMOCRACIA CAPITALISTA,
sus instituciones y la movilidad social ascendente que le era consustancial.

Cuando en 1952 la elíte corrupta andaba de arrumacos con el dictador Pérez
Jiménez, él, por error de cálculo, lanzó aquellas famosas elecciones, que
al perderlas las anuló. Allí quedó demostrado que la nueva legitimidad
histórica, que fundó AD y la Constituyente de 1947, constituía esa nueva
razón de ser de la sociedad venezolana. La elite económica y militar dio la
espalda a la democracia, el pueblo no.

En 1945,1947 y 1952 el pueblo, contra los privilegiados, atinó
tempranamente a defender la nueva legitimidad histórica. La dictadura, que
desafió ese nuevo eje histórico de nuestra nación, dejó para siempre la
escena menos de seis años después. En 1958 los privilegiados aceptaron el
nuevo orden de legitimidad democrática y entre otras razones por eso aún
subsiste.

Así como lo era la legitimidad monárquica que duró tres siglos, la
democracia se abrió paso para constituirnos como pueblo civilizado y
próspero. Nuestra nación ya no tiene castas odiosas como al principio del
siglo diecinueve, y los herederos de aquella masa Parda mantienen su
hegemonía demográfica y con nuestros mulatos y negros siguen formando el
80% de la población.

Ahora es usual ver personas en todos los niveles sociales sin que el color
haya sido un impedimento mayor para hacerse de riqueza. Ese es el logro del
capitalismo moderno, más la democracia. Porque sin los famosos cuarenta
democráticos años, denostados por los ignaros chavistos, ni ellos mismos,
situados en los segmentos alfabetizados hubieran concebido este batido
muriático-ideológico para hacerse del poder mediante el voto, luego de
fracasarle el golpe magnicida del 92.

Los altos niveles de aspiraciones de ascenso social, de alguna forma
heredados del régimen democrático, que le observamos a un gran segmento de
la casta chavista, que roba desaforada para obtenerlo en tiempo record, es
una demostración, por vía del absurdo, que quisieran quedarse en la esfera
política delincuencial, aunque sea con un régimen anarquizado, sin
arriesgarse a ninguna fase violenta del ejercicio de su poder.

Si por el contrario a estos rufianes se les ocurre trancar el juego
impidiendo el revocatorio, la inmensa mayoría «parda» herederos con los
blancos asociados de las conquistas sociales y democráticas que viven en su
conciencia histórica desde 1945, y mas recientemente por los cuarenta años
de movilidad social y libertades, van a estar del lado de la legitimidad
democrática.

Perdonarán mis lectores, pero una repentina incursión en la historia era
necesaria para entender el alcance de lo que está en juego en esta
coyuntura. Si a los chavistas se les ocurre el error de cálculo de
pretender quitarnos la legitimidad democrática de nuestro edificio social,
este país arderá de nuevo hasta recuperarla.

Por eso la independencia y la indomable idea de libertad, que fue lo único
de la lucha del Libertador que nos quedó del siglo de los tormentos, y
conociendo su colosal costo histórico, es muy difícil hipotecárselas al
atronado Chávez, así ande disfrazado con el ropaje Bolivariano.

Y si los patronos políticos del spiderman de Sabaneta, los hermanos
Castro, ya seniles en su «arte» de revolucionar y destrozar una nación,
creen que con este serenatero en la presidencia venezolana van a liquidar
nuestro modo de vida democrático, para extraernos por más años nuestros
recursos y financiar su moribundo régimen de esbirros y parásitos, que se
preparen para hacerlos aún más parias, aplicándoles pronto, de nuevo, la
doctrina Betancourt que una vez ya los derrotó. No volverá otro siglo de
tormentos. Aprendimos en democracia a construir un futuro prospero. Y ese
aprendizaje es nuestro gran capital como nación.

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