Opinión Nacional

No hay gobierno

En una entrevista en El Universal del pasado 19 de los corrientes un diputado de ese oprobio que es hoy la Asamblea Legislativa Nacional decía que, si las cifras de la Fiscalía General de la República respecto a la impunidad de los delitos son ciertas, eso sería tanto como decir que aquí “no hay gobierno y que hay zonas que domina la delincuencia”. Así es, diputado, y es una pena no tanto que usted no se haya dado cuenta sino peor: que se resista a verlo. Irónica y lamentablemente, esa misma noche un colega y camarada suyo resultaba víctima del hampa cuando regresaba a su casa; como a la mayoría de los azorados caraqueños, apenas le quedó el consuelo de haberse librado nada más que con un chichón en la cabeza y el inevitable susto.

            Frente a esto seguramente se argüirá que se trató de un hecho aislado, como hace pocos días ocurrió cuando la beisbolista china fue herida en Fuerte Tiuna por una bala perdida; o que se trata de “una percepción”, como asegura ese dechado de brillantez intelectual que ocupa el cargo de Defensor(a) del Pueblo. Pero ocurre que cuando los hechos aislados y las percepciones menudean, dejan de ser tales, los ciudadanos se retraen y la ciudad languidece.

            No hace más de dos años algunos amigos se alarmaron cuando comenté que, en un estudio de la revista América Economía, Caracas aparecía como la ciudad más aburrida de Latinoamérica después de La Paz. ¿Cómo, se preguntaban, una ciudad caribeña, de cielos radiantes y clima benigno podía entrar en el mismo rango de tristeza de otra encaramada en montañas donde hasta respirar se hace difícil? Varias veces un especialista en la materia como Aquiles Báez ha reconocido la decadencia de la “movida” nocturna de nuestra capital, pero el salto de, como la llama él mismo, la Babel musical de los setentas y ochentas a la desolación de hoy sólo es explicable con la decadencia de la ciudad, eso que en el lenguaje popular suele llamarse “la falta de gobierno”. Falta de gobierno en las tareas que le son propias, como la seguridad; pero exceso en las que le son ajenas, como la economía y la cultura, mundos que afanosamente trata de controlar enteramente: entre esos dos extremos se asfixia la ciudadanía.

            Colocar al Ejecutivo en su sitio, exigiéndole cumplir con rigor las tareas que le son propias y retirándose de las demás, debe ser una misión central de la Asamblea Nacional a elegir en septiembre. En ese contexto la recuperación de la gobernabilidad de Caracas, hecha trizas por el centralismo militarizado, es esencial para sacar a la ciudad de su decadencia actual. Con lo que no sólo ganará ella: hoy por hoy una capital capaz de meter en cintura al delito, con una ciudadanía dinámica, creativa y en comunicación con el mundo, constituye el insustituible motor del progreso de la nación. Aquí, y no en las necedades del eje Orinoco-Apure, está el futuro

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