Opinión Nacional

No Loco

El Estado se crea en la fe de una mejor forma de vivir a través de un contrato social e impone la necesidad de un señor admitido y legitimado. Los muchos son gobernados desde entonces por unos pocos. El caso limite es cuando todos son gobernados por uno. Aunque hay ley, los pobladores le rinden obediencia al señor, que no le rinde obediencia a nadie. El poder se manifiesta en la sumisión implícita con la que los muchos renuncian a sus saberes y pasiones propias a cambio de la de esos pocos, de ese uno. Ahí, radica el mal de todo poder. Las mejores recetas han sido los contrapesos independientes y la alternabilidad. El contrapeso lo perdimos,

La tradición autocrática atendía a Maquiavelo. En ciudades con príncipe se empeñaban en mantener un erario público rico y pobres a los ciudadanos. La modernidad hizo escindir a la polis en sociedad civil y Estado. Es cuando la dimensión política pasa a tener su fundamento en lo económico. El contrato republicano moderno establece que la libertad que requiere lo económico, la puede asegurar el Estado, que monopoliza la violencia, si la sociedad civil le ofrece los medios y recursos exigidos para poder brindar esas garantías de seguridad y libertad. En la modernidad, unos ciudadanos ricos hacen posible la subordinación y el sostenimiento del Estado, que les garantiza paz y libertad. Unos ciudadanos ricos mantienen, a través de los impuestos, a un Estado poderoso que les garantiza libertad. Esos derechos y deberes es lo que conocemos por ciudadanía. Ha sido la paideia cívica fallida en estos lares.

El Estado venezolano tuvo su germen en el rentismo colonial a favor de la metrópolis que exigía “dejar hacer” y de una guerra de independencia que nos condujeron a años pavorosos, de disolución y terror. Esa sociedad ruinosa solo podía ofrecer las aduanas – lo único que se podía medir y pechar- para sostener al Estado. El señor era el amo de la hacienda de unos miserables. Es una situación que da pie a la primacía del poder del Estado y de lo político. La explotación petrolera dio un giro que agudizo esta situación. El bien paso a ser del Estado; mas no de la Nación, y se encontró el camino del capitalismo rentístico que aseguraba unos explotadores extranjeros y un Estado rico. En esa realidad el Estado encontró la autonomía del poder frente a la sociedad civil. Desde entonces, la primacía de la política y la autonomía del Estado se han centrado en un modelo de capitalismo rentístico que ha devenido en lo que va de siglo, sin cambiar su estructura, en el discurso de socialismo rentístico de un autócrata que ahora se lanza a la aventura de asegurar su poder para siempre. La autonomía del Estado venezolano respecto a la sociedad civil y los ciudadanos se manifiestan claramente en los últimos 30 años. Lusinchi y Chávez han sido sus máximos exponentes. Solo los modernos hemos impulsado la subordinación del Estado a la sociedad civil y la ciudadania.

Es este el meollo de la enmienda a la que Hugo Chávez ha arrinconado a la sociedad venezolana. Su propuesta asalta la idea de ciudadanía. Más nunca volvería a necesitar de ningún ciudadano; ni de la sociedad civil. Todos estaríamos subordinados. Es un “¡manos arriba!” donde el milico nos pide la ciudadanía o la muerte. La respuesta, salvo la del dispuesto al vasallaje, es la del no.

El uso de colectivos de “tonton macoutes” , que pagados, se muestran como voluntarios para la seguridad revolucionaria. El “macutismo” ya define el gobierno de Chávez. Como lo define su insolencia, su ineficiencia, su corrupción, y el inmerecimiento de un día más de poder.

Hoy más que nunca, la voz de la Nación esta en decirle: No loco. Y decírselo en la calle, en la vida diaria y cuando sea en las urnas. Tiene que sentir el rechazo de la inmensa mayoría de la población. De no hacerlo, perderíamos para siempre la senda de la democracia y la vida civil.

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