Opinión Nacional

Notas sobre la cultura gringa

Pocos dudan de que los estadounidenses deberían exportar -además de Dark Knight y Baywatch- formas más serias de entretenimiento. Cuando los libretistas de Hollywood reunidos en el Writer´s Guild West realizaron un panel de discusión sobre la cultura americana, 15 meses después del 9/11, le dieron un título al evento: «La odiamos pero sigan enviándonos Baywatch: el impacto del entretenimiento americano en el mundo.»
Y después de una breve discusión, el panel concluyó que apartando los retratos estereotipados de terroristas musulmanes, Hollywood no tenía la culpa de la decaída reputación global de los Estados Unidos. Un panelista citó un estudio del año 2002 que mostraba la desaprobación de las políticas estadounidenses pero con aprobación de su cultura popular. Alentados por esa información se creó Radio Sawa, canal árabe dirigido a la juventud que combina música pop occidental y árabe con boletines de noticias estilo estadounidense. El canal se hizo popular, pero suplantó a la Voice of América árabe.

Radia Sawa no es la primera en hacer uso de la cultura popular financiada por el gobierno para mejorar la imagen de los EE UU; durante la guerra fría, la radio Voice of America transmitió jazz hacia el bloque soviético.

Durante más de un siglo, Washington ha buscado abrir los mercados foráneos para las películas de Hollywood y otras formas de entretenimiento, bajo la presunción, articulada bajo el presidente Woodrow Wilson, de que la cultura popular «habla un lenguaje universal que se presta relevantemente para la presentación de los planes y propósitos de America.»
En otras palabras, desde hace mucho tiempo los americanos han creído que exportar películas, música pop, shows de TV y otros entretenimientos es buen negocio y buena diplomacia. ¿Está aún justificada esta creencia?
En cuanto al negocio, la respuesta es sí. El Buró de Análisis Económico reporta que entre 1986 y 2005 las ventas de productos de películas y video estadounidenses se han elevado de $ 1.9 billones a $ 10.4 billones (en dólares de 2005); un incremento de 444 por ciento. Entre todos los sectores de la economía estadounidense, esta industria es la única que genera un balance positivo en cada país en que hace negocios. Lo mismo pasa con las industrias de TV y música. Y el alcance es mucho mayor cuando se incluye a la piratería.

Diplomáticamente hablando, sin embargo, el retrato se mezcla. Sin duda, las series policiales como «Law & Order» y «CSI: Crime Scene Investigation» exponen a quienes viven bajo regímenes autoritarios a los derechos y protecciones que garantiza la democracia. Pero cuando la gente sin ningún otro tipo de información sobre los EE UU coge ejemplos de una cultura popular vulgar, violenta, vitriólica -tipo la película «Dark Knight» o el show de TV «Desperate Housewives»- como una reflexión veraz de la realidad, el impacto puede tener una negatividad de largo alcance.

Quienes ven los shows de TV estadounidenses, las películas de Hollywood y escuchan su música pop, no pueden sino creer que se trata de una nación que tiene sexo con extraños de manera regular, donde se sale a la calle armados y dispuestos a dispararle a los vecinos ante cualquier provocación, y donde el estilo de vida a que aspiran es uno de ricos sibaritas, cocainómanos y decadentes.

Un informe de la Pew Global Attidudes Survey de 2007 sobre 47 naciones señaló consistentemente que «los individuos que han viajado a los Estados Unidos tienen una visión más favorable que aquellos que no lo han hecho.»
El estudio también encontró que la cultura popular puede no ser ya el mejor embajador estadounidense. «Las mayorías en varios países predominantemente musulmanes, incluyendo Bangladesh, Pakistán, Turquía, Jordania y Egipto, dicen que les disgustan la música, las películas y la televisión americanas», dijo el reporte. «Los hindúes y rusos también expresan puntos de vista negativos sobre las exportaciones culturales de EE UU.»
Pew también descubrió un crecimiento del número de encuestados de acuerdo con la afirmación: «Es malo que las ideas y costumbres americanas se estén diseminando aquí.» Desde 2002, el porcentaje expresando desaprobación creció 17 puntos en Gran Bretaña, 14 puntos en Alemania y 13 puntos en Canadá.

Si bien Barack Obama ha refrescado la imagen estadounidense con puro carisma, se requerirá de más para darle la vuelta a la industria del entretenimiento. Es interesante saber que Obama como candidato confrontó a Hollywood directamente, diciéndole a una audiencia de luminarias del «show business» en Los Angeles: «Es importante para aquellos en la industria mostrar algún pensamiento sobre a quién le mercadean…Me preocupa el sexo, pero también algo de las violentas y filosas películas de horror que salen; cuando veo un trailer, quedo pensando: no quiero que mi niña de 6 o 9 años esté viendo ese trailer cuando está viendo American Idol.»
Pero la solución no es restringir las exportaciones de entretenimiento popular. Ante la peor crisis económica desde la gran Depresión, los estadounidenses querrán cada trocito de ingresos que surja. Además, muchos países regulan sus propias industrias de entretenimiento. No todas las películas reciben certificación, y se cree que filtrar es necesario.

Los americanos rechazan la censura gubernamental y, en años recientes, se alienta la auto-regulación por parte de la industria del entretenimiento. En cualquier caso, tales limitaciones son ineficientes; cualquier intento de censura sería suplido rápidamente por la piratería masiva e Internet.

Pero además de estas razones prácticas, hay un principio importante en juego. Censurar las exportaciones americanas sería políticamente imprudente en un mundo de creciente poder autoritario (China, Rusia, los estados del Golfo, Venezuela) que orgullosamente prescinden de la libre expresión. Para defender sus libertades, los americanos necesitan demostrar que son auto-correctivos, que su país no sólo posee libertad sino también una civilización digna de esa libertad.

¿Civilización? ¿Qué civilización? Eso podría preguntarse algunos. La herencia artística y literaria americana es muy desconocida para el resto del mundo. En una encuesta de la Anholt-GFK Roper Nation Brands Index, de 2008, Estados Unidos aparece en el puesto 33 en «cultura». Una investigación previa separó «cultura popular» y «cultura y herencia», con los Estados Unidos quedando de último en la última categoría. Pareciera ser que los americanos sólo son buenos para la cultura popular. Aquí hay tareas por hacer.

Aunque los artistas no comercian con shocks politizados, la manera de reconciliar democracia y civilización es ejercitar el buen gusto de manera abierta y comunicable a todos. Y es un placer americano presentar la alta cultura de manera no académica, respetuosa pero terrenal. Como diría Cole Porter: «La democracia no es nivelar hacia abajo sino nivelar hacia arriba.»
El ideal cultural siempre ha sido reconocer el arte por sus méritos, sin importar de dónde venga el artista, y hacer que los mejores frutos de la civilización estén disponibles para todos. Es un ideal que no siempre ha sido completamente rechazado. Y no hay razón para abandonarlo.

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