Opinión Nacional

Octavita

Con entusiasmo febril, el país se volcó a disfrutar de los respectivos días de carnaval. Algunos, amantes del bululú perenne en que devienen los terminales terrestres o aéreos en asuetos, o puentes, o escapes, o relajos de naturaleza estacional y más o menos oportunos, en los cuales escasean los boletos y los cupos y abunda la especulación, viajaron, salieron, se escaparon de la urbana y laboral cotidianidad. Otros, no pocos, permanecieron en sus casas, para disfrutar de ciudades sin tráfico, abriendo un paréntesis en los problemas, con la angustia suspendida con santamaría abajo, en el absoluto gobierno de la evasión.

El sujeto se movía, bailaba y se tongoneaba, en rítmica y desenfadada cadencia, ante la mirada complaciente y la ignorancia que, tan abundante como el papelillo, inundaba el ambiente. La comparsa avanzaba, y los niños disfrazados también bailaban, mientras el individuo, con un atuendo sencillo pero inconfundible, lanzaba caramelos y brincaba sobre aquella armazón de cartón, madera y papel creppé.

Pasaron las elecciones y el tono de las declaraciones del poder también se transformó. La economía, antes blindada frente a la crisis mundial, ahora puede verse en aprietos, por los alicaídos precios petroleros. Los disfraces también abundan, de lado y lado. Disfraces de corderos convenientes, disfraces de estadista y magnanimidad. El disfraz de demócrata está otra vez de moda, pero de verde oliva. Los hay también de opositor conformista, o político aferrado a una inercial y vaga esperanza de crecimiento estadístico, o de dirigente disfrazado de voto. Hay uno, sin embargo, que se impuso sobre cualquier otro: el disfraz de ciudadano obstinado de mentiras y acuerdos, de discursos seudounitarios y puntapiés agazapados, usando más bien antifaces que vislumbren nuevos líderes y referentes, que llamen a las cosas por su nombre, que asuman el riesgo de la estigmatización y persecución del poder emboinado, y conviertan la desesperanza y la impotencia en papelillo.

El carisma, como la esperanza en una rectificación parecen no tener límites. El reparto de caramelos sigue, momentáneamente, acallando quejas y las consecuencias sedimentan un acomodaticio conformismo. La vida, no es un derecho, tampoco una garantía, es acaso hoy tan efímera como una sempertina, que se lanza al vacío azaroso, sangriento y mortal de un fin de semana, al final de cada minuto, en la mitad de cada segundo cualquiera en cualquier recodo de la patria.

El trabajo puede esperar, al igual que las soluciones, o la productividad, o las reglas, o las leyes, o las instituciones, suspendidas por influjo de la adoración hecha política, por el personalismo militarista devenido quintaesencia constitutiva del nuevo Estado “socialista”. Hace 20 años, un 27 de febrero, la ilusión de armonía se hizo añicos en el país, evidenciándose la crisis del modelo político, económico y social, y la desesperación de una élite que trató de reestablecer el orden, mientras la sociedad se sumergía en el caos de la fábula neoliberal, y la tragedia de la inviabilidad rentista. Hace diez años, una bomba nuclear, lanzada desde la aeronave de la antipolítica y el apetito mesiánico colectivo, aniquiló los restos de los partidos políticos, instaurando una entelequía revolucionaria, y dividiendo la historia, como al país, en dos mitades irreconciliables. Hoy, en lenta reconstrucción, navegamos en la ilusión del orden, pero el cielo parece nublarse, y la brisa de la incorfomidad colectiva con las élites dirigentes, sin distingo de color o ideología, empieza a sentirse en el rostro de la nación.

Eso somos, una búsqueda constante de excusas para no hacer lo que hay que hacer, redactores de una agenda llena de postergaciones, transeúntes que buscan una vía fácil para lograr su cometido, con el mínimo esfuerzo, y el máximo beneficio. Espíritu festivo que se trastoca en sinvergüezura cuando se torna permanente. Pan y circo, ahora como lemas de la gestión local y regional que en Barquisimeto y Lara, enuncia revoluciones eficientes pero en promover golgorios y conciertos para ganar tiempo y posponer soluciones.

La imagen vuelve a traspasar la pantalla televisiva, resquebrajando las bases de un asombro ya escaso, pero nunca extinto. El sujeto sigue bailando, encaramado en la carroza, cual garota brasileña. Su disfraz no es nuevo, pero nuevo es su uso y su paradójica manipulación, en trance circense. He aquí un síntoma de la inviabilidad de una “revolución” sin mensaje ni contenido, de un cambio que no es tal. El individuo se sigue tongoneando. La gente lo aplaude. Barba poblada, Traje verde oliva. Boina negra con estrella roja. El sujeto, si, es el Ché, Ernesto Che Guevara, ayer gloria de la izquierda guerrilla latinoamericana, hoy, icono y disfraz de la “revolución” venezolana. Viva la octavita.

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