Opinión Nacional

Onanismo a tres manos

Desde hace algunos años en El Nacional, en su página editorial, aparece diariamente un espacio identificado con el nombre de A tres manos. Allí escriben varios articulistas de forma permanente, algunos, incluso, publican sus reflexiones hasta dos veces a la semana, privilegio del que nunca disfrutó ni siquiera Arturo Uslar Pietri; otros escribidores lo hacen ocasionalmente. Sus autores forman parte de la intelligentzia revolucionaria. Son intelectuales identificados con el proceso bolivariano, aunque mantienen cierta autonomía crítica. Lamentablemente independencia se queda solo en el intento fallido, en el amago. Por momentos pareciera que van a deslindarse claramente de los atropellos contra la democracia y la libertad por parte del régimen, pero nada de esto ocurre; se limitan a apelar a un “nuevo” concepto de socialismo y de democracia. En la página de opinión más importante de ese periódico se encuentra, también, la sección más desaprovechada de la prensa nacional.

Los intelectuales que allí escriben se han dedicado durante años a cuestionar los defectos de la democracia representativa burguesa y analizar las virtudes de la democracia participativa y del protagonismo de las masas. Todo esto con la mira puesta en una genuina democracia que está por construirse, y que solo se edificará a partir de una laboriosa tarea de liderazgo intelectual y político y contacto con el pueblo. Los códigos ocultos de ese nuevo orden únicamente ellos los conocen y, aunque no lo digan, están en capacidad de descifrarlos.

Algunos de esos articulistas se han atrevido a cuestionar, en general, el autoritarismo, el militarismo, el culto a la personalidad, el armamentismo, el centralismo, y otros males parecidos; pero sus dardos los lanzan como si tales fenómenos ocurriesen en el mundo idílico de Platón o en un país tan remoto como Sierra Leona. No ensayan deslindarse y oponerse categóricamente a la destrucción concreta, sistemática y planificada de la democracia venezolana por parte de la pandilla que tomó el poder en 1999, y que a lo largo de once años no ha hecho más que engrasar una maquinaria estatal y paraestatal cuya finalidad consiste en mantenerlos en el poder, a costa de pulverizar los principios que sostienen la Constitución: democracia, pluralidad, descentralización, libertad, inclusión, justicia social, independencia de poderes, Estado de Derecho, propiedad privada. Su escapista actitud los convierte en cómplices de la infamia.

El país ve cómo Hugo Chávez somete al Poder Judicial y encarcela a María Lourdes Afiuni, jueza que tomó una decisión apegada al COPP; cómo se utiliza la justicia para aplicarles un castigo bíblico a los comisarios, encarcelar a Oswaldo Álvarez Paz y hostigar a Guillermo Zuloaga; cómo la Asamblea Nacional se convierte en una oficina subalterna de Miraflores; cómo se allana sin justificación la inmunidad parlamentaria de un diputado opositor; cómo se acaba con la descentralización, se designan autoridades y se aprueban leyes que transforman a los gobernadores y alcaldes en simples pagadores de nómina, desconociéndose la legitimidad de autoridades electas con el voto popular; cómo el Contralor General inhabilita a figuras públicas con opciones triunfadoras; cómo se cierra a RCTV, tanto la nacional como la internacional, y se clausuran más de cuarenta emisoras de radio; cómo se multa y acosa a Globovisión, y se amenaza al resto de los medios de comunicación independientes; cómo VTV y el resto de las numerosas emisoras de radio y televisión del oficialismo, se dedican las 24 horas del día a satanizar la oposición y justificar todos los abusos presidenciales; cómo se violan los hogares, cada vez que se le antoja al comandante, con sus interminables cadenas; cómo se veja e insulta a Henri Falcón por ejercer el derecho a la disidencia. En resumidas cuentas, la sociedad presencia la ejecución de un guión concebido en Cuba y aprobado por el comandante y sus secuaces, cuyo propósito consiste en destruir la democracia que los venezolanos hemos ido construyendo a partir de la muerte de Juan Vicente Gómez, largo y complejo proceso apenas interrumpido por el golpe de noviembre de 1948.

Los intelectuales revolucionarios asumen los numerosos y graves ataques específicos a nuestra democracia, como referencias lejanas. Estoy convencido de que están de acuerdo con que el teniente coronel triture la democracia real porque, suponen, de esta pulverización emergerá un nuevo y robusto sistema de relaciones sociales horizontales, sin jerarquía odiosas, ni vestigios del viejo poder. De allí que sus preocupaciones se concentren en interpretar y dialogar con Gramcsi, con Maffesoli, con Vattimo, con Negri, y con todos los intelectuales europeos que se mueven en el territorio del postmodernismo tras la búsqueda del Cáliz perdido.

El desapego de esos intelectuales con respecto de los problemas reales que confronta la democracia nacional es tan profundo, que ni siquiera se solidarizan y condenan sin atenuantes los criminales atentados de los que ha sido víctima la UCV por la pandilla de forajidos que, al igual que ellos, se identifican con la revolución bolivariana. Algunos de esos intelectuales se han formado en nuestra máxima casa de estudios y hasta forman parte de su planta docente, que, por cierto, ha sido empobrecida y marginada por el Gobierno. Pero ningún abuso los conmueve, ni los irrita. La postmodernidad, el “verdadero socialismo” y todos los temas obtrusos de los cuales se ocupan, les impide emitir una condena descarnada de la barbarie, así se trate del lugar donde trabajan y enseñan.

Los profesores de A tres manos, algunos de ellos muy pedantes, sufren del síndrome de otros intelectuales del chavismo: consideran que si afilan el cuchillo de la crítica les pasará lo de Henri Falcón, serán tachados de pitiyanquis, agentes del imperialismo, neoliberales, derechistas. Este temor se combina con un cierto oportunismo, al que les cuesta renunciar.

Esos profesores, si es que les interesa el futuro posible del país, deberían reflexionar sobre las terribles consecuencias que está produciendo la demolición específica y en curso de nuestras instituciones y de nuestra democracia. Tendrían que renunciar a la práctica del onanismo a tres manos. En las circunstancias vigentes, aunque resulte menos exquisito, es mucho más importante preocuparse por el destino de las conquistas concretas que hemos logrado a lo largo de décadas de lucha, que estar preocupados por las relaciones abstractas entre la libertad y la democracia.

El socialismo del siglo XXI es un monstruo que requiere que el escalpelo de los intelectuales afectos al proceso también lo diseccionen.

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