Opinión Nacional

Oropeles y engañifas

Uno ha estado mirando en cierta dirección y ha caminado convencido de
que es la correcta. En el trayecto, uno ha tropezado, se ha levantado,
se ha sacudido el polvo y ha reanudado la marcha. Uno ha sido testigo,
también, de mil y un episodios que desnudan esencias y revelan
hechuras.

De todo hay, realmente, en las escaramuzas contra Chávez y lo que él
representa. Uno ha visto fantásticos guerreros deponer sus armas y
refugiarse en sus particulares intereses, a esperar que otros hagan el
gasto político. A sobrevivir instalados en su comodísima indiferencia.

Otros se han orillado para fungir de espectadores. Se han dado un
baño de cuestionable neutralidad para juzgar a tirios y troyanos,
asumiendo el tono paternal de quien se siente por encima de rencillas
menores, de fraternales atajaperros.

Otros se han dejado seducir por prebendas mayores. Y ahora hunden sus
brazos hasta el codo en el tremedal del oficialismo para extraer las
concesiones que engordan su faltriquera. Como no han podido vencerlos,
se han unido a ellos.

Uno se ha encontrado también con algunos que ahora vienen en
dirección contraria. Unos, por ejemplo, que han preferido dejarse
llevar río abajo porque es más fácil flotar que nadar contra la
corriente. Y han terminado por aceptar el cargo o la dádiva que
garantiza la flotación.

Otros, más agresivos, se han devuelto destripando políticamente a los
antiguos compañeros de viaje. Como queriendo demostrarle al Caudillo
que su arrepentimiento va en serio. Como pagando el precio de su
acceso al chavismo y a sus privilegios.

Pero hay una estirpe de peligrosos conversos que pretenden justificar
el salto con datos y argumentos. Encandilados por oropeles y
engañifas, piensan que el país avanza porque las ventas de autos y de
whisky han aumentado. O porque se han incrementado las ventas
navideñas y los viajes al exterior.

Como si el progreso de un país se midiera por la calidad de las
resacas, la concentración de monóxido de carbono en el aire, la
cantidad de sellos en los pasaportes o el grosor de las cuentas de los
comerciantes.

Buena parte de esas transacciones, hay que decirlo, se hace con
dinero que no es producto del esfuerzo creador. Porque proviene de los
albañales de la corrupción o de los pantanos del clientelismo estatal.

Se gasta, en suma, sin producir, gracias a la por ahora generosa renta
petrolera.

La economía venezolana, en el fondo, sigue enferma y débil. Dejarse
impresionar por el bienestar artificial del consumismo equivale a
evaluar la salud de un paciente a partir de su ostentosa vestimenta.

La otra fuente de confusión y engaño es la oferta renovable del
socialismo y la promoción de su nueva herramienta: el partido único,
definido por algún desubicado lenguaraz como un instrumento para tomar
el poder y entregárselo al pueblo, a través de las organizaciones de
base.

Lo que el pueblo no sabe, pero la élite sí, es que tales
organizaciones, cuando más, tendrán incidencia en decisiones locales.

Las trascendentales continuarán saliendo de Miraflores.

Los organismos de base podrán decidir si asfaltan una calle o
construyen una acera. Pero las grandes decisiones económicas y
políticas seguirán concentradas en las torpes manos de Hugo Chávez.

Así, uno prefiere seguir nadando a contracorriente. Esquivando palos
y pedradas. Junto con otros tercos como uno. Románticos. O pendejos. O
todo a la vez.

(*) Sociólogo, Profesor Titular de la Universidad de Oriente (Venezuela)

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