Opinión Nacional

Oscurantismo del siglo XXI

(%=Image(9948135,»L»)%)Miami (AIPE)- Durante los más sombríos siglos de la Edad Media, los siervos podían hacer solamente aquello para lo cual tenían el explícito permiso del señor feudal. En el siglo XXI sufrimos del crecimiento sin precedente del poder político, de la burocracia y de los organismos multilaterales. Esto se manifiesta en la proliferación de restricciones a la libertad del individuo, quien para ganarse honestamente la vida y proteger a su familia confronta innumerables dificultades legales y policiales, supuestamente en beneficio de todos. Pero en realidad son diseñados para complacer a determinados grupos de presión, cuyos miembros entonces aportan dinero y apoyo a los políticos y éstos, en contrapartida, cercenan la libertad de todos los demás. Piense en los fanáticos contra el cigarrillo, el licor, el juego, la marihuana, la prostitución, las migraciones, en los lunáticos del ambientalismo y del calentamiento global, en los acaparadores que obtienen una licencia gubernamental e insisten que ese trabajo se le prohíba a todos los demás.

El fracaso de la democracia contemporánea se debe al exponencial crecimiento de gobiernos que le dan la espalda a su verdadera obligación: la protección de la vida, la propiedad y los derechos del ciudadano. Un ejemplo es la inflación sufrida en los dos países donde he vivido: Venezuela y Estados Unidos. Desde el advenimiento de la “democracia” en Venezuela, hace 47 años, el bolívar se ha devaluado frente al dólar en 80.500%. Y desde la creación de la Reserva Federal en 1913, lo que entonces costaba 5 centavos hoy cuesta 1 dólar, o sea una inflación de 1.900%.

La definición económica de inflación es la pérdida del valor del dinero. Su causa es el furtivo robo efectuado por los gobernantes de la propiedad del ciudadano.

Pero mucho más trágica ha sido la inflación del poder gubernamental y judicial. La indeseable dictadura militar venezolana de los años 50 fue, en comparación con el actual “socialismo del siglo XXI”, un verdadero paraíso. A la Caracas de entonces la llamábamos la “sucursal del cielo”, hoy convertida en dilapidada, inmunda y miserable metrópolis, con la mayor tasa de crimen y corrupción después de la Bagdad ocupada por el ejército norteamericano.

En EEUU, los políticos de ambos partidos han debilitado progresivamente los fundamentos que guiaron a los próceres fundadores de la nación, quienes nunca hablaron de democracia, sino de república porque lo verdaderamente importante no son las elecciones y la filantropía con dinero ajeno, sino la igualdad ante la ley y la garantía de los derechos fundamentales e inviolables del individuo.

Vivimos en el siglo de la militarización y de la criminalización: si lo que usted hace en su casa, en su negocio, con su familia, en el centro comercial o en su automóvil no está previamente autorizado y bendecido por el burócrata encargado de vigilar y controlar ese aspecto de su vida cotidiana, usted es tratado como un delincuente y multado o detenido en el mayor sistema carcelario del mundo. Entre 1995 y 2005, el número de personas en las cárceles de EEUU aumentó 31%, de 192 por cada 100 mil habitantes a 252, para un total de 789 mil presos. Parte de la tragedia es que muchos son castigados severamente por crímenes sin víctimas, como el uso de drogas. Pero una vez que cumplen su condena, podemos estar seguros que habrán aprendido a ser verdaderos criminales, gracias a la beca que todos los demás financiamos para que obtengan su doctorado en la universidad del crimen.

Algo está podrido y los políticos han perdido su sentido del olfato. Gran parte de la tragedia son los intereses creados por los mismos políticos. Si ocurriera un milagro y desaparece mañana la amenaza del terrorismo, ¿cree usted que van a desaparecer los decenas de miles de funcionarios de seguridad en los aeropuertos, con instrucciones de detener a cualquier abuela que les ponga mala cara?
___* Director de la agencia AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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