Opinión Nacional

Palabras de Miguel H. Otero

PALABRAS DE MIGUEL HENRIQUE OTERO
PRESIDENTE EDITOR DE EL NACIONAL,
EN EL CABILDO ABIERTO DEL MUNICIPIO CHACAO
Miércoles 21 de enero de 2009

Voy a comenzar esta intervención formulando una pregunta a todos ustedes. Y aunque es una pregunta general, ella va dirigida a la intimidad, al reflexivo silencio de cada quien. Mi pregunta, la pregunta que me hice no se refiere al valor o a la importancia de este acto. En mi caso, parto de una premisa que, estoy seguro, muchos aquí comparten conmigo: el 23 de enero de 1958 cambió el destino de Venezuela. Pero más todavía, representó el comienzo y proyección de una cultura democrática que produjo y no ha dejado de generar un largo y profundo impacto en la vida de millones de venezolanos.

Y es porque tengo muy arraigada la convicción de que conmemorar y celebrar el 23 de Enero es un imperativo y una responsabilidad, que me he formulado la interrogante sobre cuál es el lugar desde el que hoy corresponde pensar la fecha emblemática del 23 de Enero: si tiene sentido plantearse una reflexión que se proponga hacer una nueva lectura de aquella fecha histórica, o si es a partir de la Venezuela de hoy, del contraste con los hechos que están sucediendo aquí y ahora, el punto, el lugar desde el que responsablemente me corresponde pensar la fecha y su significación.

Estamos viviendo días infames para la democracia, quizás los peores que hayan tenido lugar desde el 23 de enero de 1958 a esta fecha. A lo largo de las décadas, durante más de diez gobiernos, sobre las libertades y los derechos de los venezolanos se han abalanzado, una y otra vez, las más siniestras y terribles amenazas provenientes de distintos y oscuros poderes, a veces visibles y otras veces ocultos y enmascarados.

En este recorrido de más de medio siglo, en innumerables ocasiones el espíritu del 23 de Enero se levantó para oponerse a la violación de la ley, a los abusos de los poderosos, a la corrupción más flagrante, a las violaciones a los derechos humanos, a los crímenes políticos, a las jornadas de represión en contra del movimiento estudiantil y la autonomía de las universidades. Si algo no podemos olvidar de estos 51 años, es la firme voluntad que finalmente ha prevalecido ante los sucesivos intentos de coartar las libertades y acallar a la disidencia política.

Se han sucedido momentos de gran dificultad. Nos olvidamos que muchas veces el país se vio estremecido por las más diversas razones. Pero hasta los excesos más insospechados siempre encontraron, no sólo los límites que creaban e imponían las propias instituciones, sino el que procedía del pueblo venezolano que, a través de distintos mecanismos y formas de expresión política, más temprano o más tarde, respondía al reto que significó el mantenimiento de la Democracia como la columna vertebral de la vida en común.

Fue esa articulación democrática y de sus instituciones, la que enfrentó varios intentos de golpes de Estado, la misma que en febrero y otra vez en noviembre de 1992 derrotó las intentonas que unos violentos, apropiándose de las armas que no les pertenecen sino que son del pueblo venezolano, se levantaron en contra de la paz y las leyes vigentes, en contra de las instituciones del sistema democrático, e intentaron pisotear la voluntad de un gobierno que entonces había sido escogido en las urnas.

Estamos en una Venezuela gobernada por violentos. Una Venezuela enfrentada a un poder que todos los días desprecia, insulta, humilla y permite que gente armada y rufianesca, a la luz del día y sin limitación alguna, salga a las calles a configurar un reino de terror.

Que nadie olvide que esos violentos son los que hoy detentan el poder. Que bajo la promesa de reivindicar la democracia y de crear mejores condiciones para el conjunto de la sociedad venezolana, alcanzaron el poder en las mismas urnas contra las que se levantaron. Que nadie se olvide que muchos de esos uniformes están manchados de la sangre de un centenar de venezolanos, algunos de ellos absolutamente inocentes, que perdieron la vida en las dos intentonas de 1992.

Por diez años el violento Hugo Chávez y la corte de violentos que lo acompaña, han detentado el poder y se han apropiado de todas las instituciones del sistema democrático, rompiendo el equilibrio que es inherente y necesario para su funcionamiento. El teniente coronel Chávez, líder golpista de 1992, encarcelado e indultado por las instituciones contra las que denigra de forma recurrente, se ha convertido tras diez años en el señor absoluto de la casi totalidad de los poderes instituidos, dominador pleno de las instituciones oficiales, dueño y señor de la renta petrolera que despilfarra a su antojo.

¿Y dónde estamos hoy, cuál es el marco que define esta conmemoración del 23 de enero? Estamos en una Venezuela gobernada por violentos. Una Venezuela enfrentada a un poder que todos los días desprecia, insulta, humilla y permite que gente armada y rufianesca, a la luz del día y sin limitación alguna, salga a las calles a configurar un reino de terror.

El poder de los violentos es el que garantiza la impunidad plena y protege a bandas armadas que, capturadas in fraganti, son liberadas por jueces que toman decisiones en contra de todas las evidencias, mientras se mantienen en las cárceles y sin juicio a decenas de personas inocentes. Oigan bien: el mismo que recibió un indulto por su responsabilidad en la planificación y ejecución de un golpe de Estado en 1992, es el mismo y no otro, que hoy mantiene presos a venezolanos a quienes no se les ha comprobado delito alguno.

El poder de los violentos es el que cercena los derechos políticos a venezolanas y venezolanos, impide a los ciudadanos marchar, amenaza y reprime al movimiento estudiantil, otorga patente de corso a facinerosos que circulan por las calles accionando sus armas de fuego. Es el mismo poder que pretendía desconocer los triunfos de las fuerzas democráticas en los procesos electorales. El mismo que alienta a una minoría de partidarios también violentos a que ocupen edificios y sedes de instituciones, las desvalijen, para que los nuevos gobernantes escogidos democráticamente no puedan cumplir con el trabajo para el que fueron elegidos.

¿Y qué hacen las instituciones frente a este infame estado de cosas? Artimañas: miran a otro lado, se convierten en cómplices, optan por el silencio. En otras palabras, dejan a los ciudadanos abandonados a su propia suerte.

Pero si me preguntan si todavía es posible que haya algo peor en este poder de los violentos, diré que sí, que aún hay algo más temible y terrible: me refiero a ese discurso, a ese sistema de propaganda, a esa pretensión de que toda esta estructura de odio y violencia que apenas he descrito y que es mucho más oscura y lesiva de lo que cabe imaginar, es representativa del alma y la naturaleza del pueblo venezolano.

Hugo Chávez no representa al pueblo venezolano

Se lo digo a ustedes, ciudadanos de conciencia democrática: Hugo Chávez no representa al pueblo venezolano. Lejos está el pueblo venezolano de vivir en el estado de odio incesante que es la naturaleza, el rasgo de identidad, el ánimo en que transcurre este régimen. Es falso, absolutamente falso, que los venezolanos seamos una sociedad de resentidos y de gente que detesta la convivencia y el acuerdo. Es falso que los venezolanos estemos incapacitados para la vida en convivencia. Es falso que estemos de acuerdo en vivir en un país partido en dos mitades irreconciliables. Es falsa, indigna y falsa, la operación política y psicológica por la cual se intenta que el ejercicio de la política en Venezuela no sea otra cosa que una galería, público de un violento espectáculo protagonizado por un violento que se propone aniquilar a todas las voces que disienten de sus apetitos, de sus métodos y de su intención de quedarse con el poder al costo que sea.

La conmemoración del 23 de Enero tiene lugar en medio de una delicada situación institucional y política, sobre la que los venezolanos tenemos que meditar: como otros gobernantes venezolanos, también Chávez se ha puesto al margen de la ley. Su actuación se ha separado de la Constitución y del marco legal vigente. Por una cifra que hoy luce ridícula, algo más de 200 millones de dólares, las instituciones venezolanas llevaron a un presidente elegido democráticamente a un juicio y lo destituyeron. Me pregunto, les pregunto a cada uno de ustedes: ¿qué podría ocurrir con Chávez y su gobierno, no el 2012 sino mucho antes, en las próximas semanas y meses, si los ciudadanos y las instituciones dieran comienzo a una revisión del uso que se le ha dado a más de 850 mil millones de dólares cuyo destino hoy se desconoce?

Lo que conocemos como el Espíritu del 23 de Enero está confrontado hoy con un escenario que exige la más alta responsabilidad y el más férreo apego a las leyes vigentes: Venezuela está gobernada por un individuo violento, que se ha colocado al margen de la ley, y que viene practicando una política sistemática de odio y de negación de la convivencia democrática.

Carente de todo escrúpulo, luego de que el pueblo venezolano le dijera que no a su pretensión de quedarse en el poder para siempre, ha regresado con el mismo objetivo, con la presta complicidad de los poderes públicos. Chávez no tiene ningún otro proyecto que no sea quedarse en el poder para siempre. Y no representa al pueblo venezolano, no sólo porque vive en estado de odio, sino porque la inmensa mayoría del pueblo venezolano ya dijo, de forma clara y tajante, que no quiere a ningún gobernante, que se oiga bien, a ninguno, enquistado, adueñado del poder de forma permanente.

Cada vez que se le ha sometido a una interrogante decisiva, a un momento clave para su futuro, el pueblo venezolano ha respondido para salvar a la democracia de su posible desastre. Los ciudadanos y las fuerzas armadas han impedido que se cumplan o materialicen desafueros que harían inviable la convivencia.

El pueblo se dispone a rechazar una vez más la pretensión de Chávez de adueñarse del poder

Todos los indicadores disponibles a esta fecha sostienen, de forma evidente, que el pueblo se dispone a rechazar una vez más la pretensión de Chávez de adueñarse del poder. Puesto que el gobierno sabe que está derrotado, ha puesto en marcha un programa de terror cuyo objetivo no es otro que estimular el miedo, el desánimo y la abstención frente al próximo proceso electoral.

Pero he aquí que frente a un gobierno que promueve la impunidad de los violentos; que ha anunciado estar dispuesto a aplastar las expresiones de rechazo a la reelección; frente a un gobierno que se ha colocado al margen de la ley; y que utiliza los recursos públicos para hacer campaña en pos de apropiarse del poder de forma indefinida; la vigencia del espíritu del 23 de Enero se mantiene intacto en toda su significación.

Es la alianza histórica y social, afectiva y cultural entre la voluntad democrática del pueblo venezolano y de las fuerzas armadas, la misma que acabó con la dictadura el 23 de Enero de 1958, la que ahora vuelve a ser garante de los derechos y aspiraciones de la República Venezolana. Es justamente ese Espíritu del 23 de Enero, el que rescatará la justicia del foso donde se ha querido confinarla; la que impedirá la perpetuación de Chávez en el poder; la que ratificará en todos los escenarios donde sea necesario que la respuesta ante el abuso y la perpetuación de los violentos en el poder es, una vez más, un contundente y claro No.

Fundado hace 25 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar
Cerrar
Botón volver arriba