Opinión Nacional

Palo abajo

La sucesión de derrotas recientes que el gobierno carga en su contabilidad no es producto del azar. Es la condensación de luchas del pueblo democrático, de contradicciones del régimen y de acontecimientos diversos que, de repente, cristalizan y colocan de manifiesto una situación largamente madurada. Los esfuerzos de la sociedad dan sus frutos, ahora en una cosecha que puede ser más persistente.

Desde este rincón de la palabra, quien escribe ha sostenido desde hace varios meses dos temas centrales: en primer lugar que murió la revolución que Chávez se planteó; y, en segundo lugar, que el gobierno está en grave deterioro, hasta el punto de sostener que como gobierno, no existe.

En relación con el tema de la revolución hay discusiones teóricas y políticas de diferente envergadura, pero lo que Chávez ofreció en 1998 murió, no lo logró, es un espanto que lo persigue como promesa incumplida. Su oferta fue acabar con el partidismo y los “cogollos”; liquidar la corrupción; desaparecer la pobreza como fenómeno social; sustituir las políticas “neoliberales” y producir una nueva institucionalidad pública a partir de la nueva Constitución. Todas estas ofertas, sin excepción, fueron un fraude. Nunca como ahora ha habido “cogollo” más autoritario y reconcentrado que el que expresa, en forma unipersonal, el propio Presidente; nunca como ahora los partidos del régimen, comenzando con el PPT, habían depredado la administración pública tanto; nunca como ahora la corrupción y la pobreza campean sin contención ni sonrojo; nunca como ahora se había desmantelado tanto al Estado ni entregado la sociedad a la devastación “privada” que ejercen los simpatizantes del régimen; y, como corolario, las prometidas nuevas instituciones, salvo cambiarles el nombre, constituyen la quintaesencia de los vicios que el país se proponía superar.

Ese proyecto, aquella promesa revolucionaria al electorado, falleció de un accidente cerebro-demagógico. Ya no existe. Por supuesto, ahora el régimen se propone otros objetivos que algunos analistas estiman que constituyen el verdadero salto hacia una revolución parecida a la cubana. Ciertamente, Chávez se propone un salto político pero no puede hacer ya una maroma revolucionaria. No puede expropiar empresas privadas, no puede cerrar todos los medios de comunicación, no puede constituir un ejército revolucionario, no puede reprimir masivamente; al afirmar que no puede, no implica que no quiera. No puede hacerlo porque no existe nada parecido a la Unión Soviética que lo respalde, sino escasas y débiles satrapías; la única cercana es Cuba que más bien vive de Venezuela y su retribución policial no es suficiente compensación para sostener una aspiración revolucionaria. Tampoco cuenta con simpatía internacional, que se ha esfumado en poco más de un año. Y, por supuesto, perdió el apoyo popular inicial que podría haber servido de palanca para el salto enloquecido hacia el socialismo-nacional al cual aspira el régimen.

Sin duda que se endurecen, pero lo que se proponen no es un cambio revolucionario, sino un salto del actual autoritarismo hacia la dictadura. Para hacerlo, requerirían de una suma de fuerza de la cual carecen, que no pueden reunir y que, por el contrario, han perdido masivamente. Zarpazos dictatoriales los ha habido y los habrá, pero la posibilidad de convertir esta operación autoritaria en una dictadura es de baja probabilidad.

Las derrotas recientes del régimen no son casuales ni inesperadas. Un boxeador no cae KO por el trancazo que lo tumba, sino por la sucesión de golpes que lo debilitan y que anticipan el que habrá de ser el último. La forma en la cual se ha marchitado el régimen de Chávez tiene dos vertientes: la fundamental, ha sido la erosión persistente, ahora masiva, del apoyo ciudadano. El 80 % se convirtió en algo que sube o baja alrededor del 30 %, acercándose al 20 % en algunas encuestas. Es verdad que ha habido presidentes de Venezuela con similar derrumbe, pero nunca un gobernante electo democráticamente había usado de manera tan grosera e impune los recursos del poder para retrasar la inexorable declinación de su popularidad. Tal como mantienen a punta de pistola la mayoría gelatinosa de la Asamblea, protegen también ese apoyo que se desleirá en el momento en el cual se aproxime la nueva crisis.

La otra vertiente del debilitamiento es la implosión de las instituciones con las que contaba el régimen. Muchos militares, magistrados, diputados y dirigentes acompañaron al gobierno en un buen trecho, porque compartieron propósitos y demandas. Sin embargo, en su balance político Chávez cometió el error de computarlos como semovientes; perdió de vista que muchos de los que lo hicieron no eran fiadores ilimitados; éstos han ido recuperando su independencia; al inicio, lentamente, después en forma de aguacerito blanco y más adelante en tropel. No es que no puedan apoyar al régimen en una decisión, un punto de vista o una declaración, sino que ya no son propiedad exclusiva del gobierno para usufructo privado del Fuhrer. Iván Rincón y Delgado Ocando, Rafael Simón Jiménez y Luigi DÁngelo, Baduel y García Montoya, no son de la oposición (al contrario, cada vez que pueden evidencian que no lo son), pero dejaron de ser los bienes muebles del oficialismo.

La disposición de no acompañar la conversión del autoritarismo en dictadura es lo que genera los cambios aludidos, lo cual se expresa en decisiones que no complacen al régimen o que, en todo caso, muestran que hay quienes se están sacudiendo del control que sobre sus dominios ejercía el oficialismo. La cadena de derrotas que hoy experimenta Chávez es el resultado de las luchas iniciadas el año 2001 y que han seguido desde entonces, con sus alzas y bajas, como toda lucha social.

El gobierno no se ha ido, pero carece de control legítimo sobre la nación; sólo mediante la violencia y el terror logra acatamiento. Dejó de ser la representación de una parte de la sociedad para ser un ejército de ocupación en el país.

En otras oportunidades quien escribe ha sostenido que para ir al referéndum hay que, primero, derrotar a Chávez; todavía no hay exacta certeza sobre la realización de la consulta electoral, pero es claro que la derrota de Chávez ha comenzado a ocurrir, sin continencia y en cascada. Es un buen augurio.

Discretamente

– FAN. El Presidente no confía en los mandos militares, considera que no le informan adecuadamente lo que ocurre en las filas. El reforzamiento del espionaje ha sido negativo para sus fines porque lo que se está generando es contrainformación de abajo hacia arriba.

– GN. El régimen decidió desde abril de 2002 usar a la Guardia Nacional para reprimir, con el propósito de que la reacción popular contra este componente generara un espíritu de cuerpo en la institución, que Chávez pudiera aprovechar. Le salió el tiro por la culata. Hasta generales chavistas como Marcos Rojas están disgustados por el uso que se les ha dado.

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