Opinión Nacional

Para los banqueros imputados

El pasado 25 de diciembre perdí mi cartera. Debido a mi imprudencia o despiste, desapareció de mi bolsillo. No tenía mucha plata, sólo algunos billetes. Este dinero le habrá servido de provecho a quien la encontró y eso no pasa de una momentánea desazón. Lo que me preocupó fue el uso de mis documentos que pudiera hacer el sortario. Fue entonces cuando caí en cuenta de que tenía que volver a establecer contacto con el eficiente Estado venezolano para renovar mis papeles (cédula, licencia de manejar, certificado médico, etc.)

Estos podían esperar, porque en la oficina de la DIEX había un cartelito fechado el 15 de diciembre que decía: “No hay cedulación hasta nuevo aviso”. (“Esté pendiente de los operativos”, me dijo el displicente funcionario). Y sin cédula no se pueden tramitar los demás.

Pero lo que si tenía que hacer de inmediato era bloquear las tarjetas de débito y de crédito. Era muy probable que el tocado por la fortuna intentara dejarme más limpio aún. Me dirigí entonces a la sucursal bancaria donde tengo mi cuenta de ahorros y donde está afiliada mi tarjeta de crédito. Ahí empezó una kafkiana experiencia. No se crea que nuestra banca (bueno, es un decir, no soy accionista de ningún banco y ahora están –la mayoría- en manos de grupos financieros extranjeros, gracias a los audaces manejos de sus antiguos dueños y a la inexistente o cómplice supervisión oficial) es ajena a los usos y costumbres de la burocracia estatal.

En tiempos de globalización los empleados del banco y los gerentes no pueden testimoniar ningún conocimiento de vista, trato y comunicación de ningún mortal. Si usted se queda sin documentos, en el banco nadie puede avalar que usted es usted. De repente, el mal de alzheimer atacará por igual a todos los que en alguna ocasión intercambiaron con usted saludos, comentarios agudos sobre el clima o sonrisas de alcabala. Nadie puede confirmar que usted es un modestísimo cliente del banco y que puede sacar su dinero de su cuenta.

“Según las normas de seguridad del banco –me informó la gentil empleada- no podemos entregarle una nueva tarjeta para hacer sus transacciones electrónicas, si no presenta una cédula de identidad laminada, vigente o no”. Le expliqué que había perdido tal cédula y que no guardaba entre mis muchos recuerdos de infancia alguna vieja. Me repitió, la ya no tan gentil empleada, las normas del banco y me remitió a la subgerente. Cuando hablo con ésta, recordé que poseía una fotocopia de mi cédula extraviada. Es inútil, tiene que ser la original porque globalizadamente hay que escanearla en colores y ese papelito en blanco y negro no sirve. Le pregunto: “¿Y el pasaporte?”. “Ah bueno, si está vigente”, me responde.

Voy a mi casa, tomo el pasaporte y me doy cuenta de que está vencido desde hace tres meses. Regreso al banco y la gerente me dice que es imposible darme la tarjeta. Le planteo que si hubiese perdido el pasaporte también, qué podría hacer para recuperar mi identidad ante la filantrópica institución que ella representa. Y no dejo de recordarle que a una amiga le robaron de su cuenta 600.000 bolívares hace varios meses supuestamente mediante los cajeros electrónicos y el banco no se ha hecho responsable. En este caso no funcionó el apego irrestricto a las normas de seguridad. Que notificadas la oficina que defiende al consumidor (INDECU) y la policía judicial (cínica recomendación del mismo banco) no ha regresado el dinero a las cuentas. (¿Esto lo sabrá Lautaro?).

De improviso, la ejecutiva reflexiona y decide que el pasaporte tiene “muy poquito” tiempo de vencido y que me va a dar la nueva tarjeta de débito. Lo absurdo es que la petición de una nueva tarjeta de crédito había sido aprobada por teléfono en dos minutos, sin presentación de ningún documento o clave especial. A los cinco días recibí el nuevo “plástico”.

¿No es extraño que sea tan fácil obtener una nueva tarjeta de crédito para endeudarse a intereses astronómicos y que haya tantas trabas para renovar una tarjeta de débito que permite retirar nuestro dinero que el banco si acaso remunera imperceptiblemente?

(Esta revolución ha sido el mejor regalo para la banca. Nunca como ahora había sido tan favorecido el capitalismo financiero. Nunca, como en estos seis años de supuesto júbilo socialista, los bancos habían obtenido ganancias tan fabulosas. Ganancias que registran principalmente, en medio de una crisis de inversión privada con alta morbilidad empresarial, a través de la jugosa y creciente deuda oficial).

Ahora que a los banqueros les ha llegado también la persecución del régimen (muchas lenguas escépticas dicen que no pasaran ni un día en la cárcel por el cobro de intereses sobre intereses a los deudores de hipotecas), sería pertinente que revisaran las normas de seguridad de sus negocios y su debida aplicación. Quizás disminuyan las molestias de los clientes que pierdan sus documentos y se repitan menos las abducciones (como si de fuerzas extraterrestres se tratara) de dinero de las cuentas mediante argucias electrónicas.

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