Opinión Nacional

Paranoia oficialista

La revolución chavista cada día se torna más refractaria a la crítica. Tiene piel de bebe. Se enfurece ante cualquier postura contestataria y, si ésta proviene de algún medio de comunicación, entonces la histeria llega al paroxismo. Los altos funcionarios del Gobierno y del Estado (al final se confunden en una rebaño de obsecuentes jalabolas) compiten entre si para ganar los favores del mandamás de Miraflores. Así vemos a la presidenta de la Asamblea Nacional, a la defensora del Pueblo y a ministros, pidiendo -al alimón- castigo ejemplar para los propietarios y periodistas de los pocos medios de comunicación independientes que se resisten a vender su alma al diablo, a cambio de diferir por algún tiempo su camino al cadalso.

Lo propio ocurre con todos los sectores de la sociedad. El caudillo sueña con tener agarrados por los testículos a los venezolanos, incluyendo a chavistas uña en el rabo. Nadie puede chistar so pena de recibir un doloroso apretón, no precisamente de manos. Es el orgasmo de todo aprendiz de dictador. Pero en la Venezuela de hoy, la democracia y la libertad están sembradas en lo más profundo del alma de la gente. Son valores universales muy difíciles de desarraigar. Chávez, luego de 10 años, no ha podido convencer a las mayorías de las bondades de vivir bajo el despotismo de una autocracia militar, disfrazada de socialista. De allí su enfermiza insistencia, al tratar de imponer a los trancazos, lo que el pueblo le negó soberanamente el 2 de diciembre de 2007.

Sin embargo, lo “opinadores-encuestólogos” se tongonean de manera sibilina y melindrosa, al resaltar con bombos y platillos el crecimiento de la popularidad del Presidente, de acuerdo a sus “enjundiosos” estudios de opinión pública, después de cada evento electoral, como si eso fuera un suceso sobrenatural, causado por los superpoderes del caudillo preferido de los dioses. Cuando la realidad en la calle es otra. El descontento, la arrechera, las frustraciones están a flor de piel. Los sindicalistas reclaman mejoras salariales y sociales; la amas de casa el alto costo de la vida; los transportistas el aumento de los repuestos y la matanza, a manos del hampa, de sus agremiados; los médicos los bajos salarios, la violencia y el deterioro de hospitales y centros de salud; los pobres la falta de servicios, viviendas y atención de parte del ejecutivo y las gobernaciones y alcaldías (las chavistas por supuesto, a las de la oposición no las dejan trabajar); los ciudadanos de a pie, en general, la inseguridad personal y al terror diario a que son sometidos por la delincuencia desbordada: y, cuantas cosas más…

La Iglesia es fascista y golpista, los estudiantes son fascistas y golpistas, Globovision es fascista y golpista, la prensa es fascista y golpista, los partidos políticos son fascistas y golpistas, Fedecamaras es fascista y golpista, Consecomercio es fascista y golpista, los ganaderos son fascistas y golpistas, la Polar es fascista y golpista, los que reclaman el libre ejercicio de sus derechos ciudadanos son fascistas y golpistas; en fin, en el montaje de la paranoia revolucionaria (made in Cuba) no se salva ni el gato… Y, este obedece a la necesidad de crear un enemigo interno y otro externo (el imperio, los Estados Unidos, el capitalismo) para que el pueblo no tome conciencia de los atropellos y del estruendoso fracaso revolucionario. Simples excusas. El país es una olla de presión a punto de estallar…

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