Opinión Nacional

Pasemos la página

Regreso de Sao Paulo, luego de cruzarme con los editores del Hemisferio y dos expresidentes, quienes coinciden en que la sola elección no truca en demócrata a Hugo Chávez; a la vez que aprecian de titánico el esfuerzo unitario de la oposición democrática y milagroso como sorprendente el carisma de Henrique Capriles, quien despertó en los venezolanos esa cuota de emocionalidad sin la cual las ideas políticas nunca llegan a su destino. Pero les preocupa, eso sí, saber si los responsables de este magno desafío al primitivismo populista que hoy gobierna en Venezuela serán capaces de estar a la altura de su avance, sobre todo proyectarlo hacia el porvenir.

El cuento de la regeneración «democrática» del mandatario repitiente solo interesa a quienes la manipulan a su favor. La opinión internacional -que no la representan los intereses de los gobiernos- está clara en el asunto. Antes bien, les resulta patético y muestra de la crisis terminal que afecta al sistema de los Estados -ocupados de proteger a sus presidentes y no a los ciudadanos- el hecho de que un agente de nuestra «demoautocracia» ocupe a partir de noviembre un sillón en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Luego de consultar y leer distintas opiniones a mi vuelta, aprecio, no obstante, un estira y encoge muy agrio entre algunos actores de la oposición partidaria, quienes o no fueron llamados o acaso sus ideas no fueron acogidas por el Comando Venezuela, con los líderes de éste. Se trata de un escarceo que tras argumentos racionales -como la importancia de evaluar los daños después de la tormenta, salvar los enseres en buen estado y mejorar las defensas- expresa el drenaje de molestias y recelos incubados desde las primarias en las que vence el gobernador mirandino.

Unos y otros tienen algo de razón, pero el conjunto no puedo menos que describirlo como el choque inútil que a todos quienes somos padres se nos presenta con nuestros hijos, una vez como crecen e intentan caminar con sus propios pies, con libertad e independencia. Los hijos nos ven como tontos o desfasados, y nosotros, a la vez, intentamos mantenerlos bajo tutela e incluso forzarlos a ser nuestra proyección, los defensores de nuestra historia vivida. Pero quienes así nos empeñamos a lo largo dejamos en el camino a hijos eunucos, frustrados, incapaces de valerse por sí solos y de hacer camino una vez como la muerte nos alcanza. Los ejemplos sobran y no son de agradecimiento.

Los hijos que optan por un perfil propio -en la política no es distinto- no pocas veces sufren golpes inesperados, pero al caso maduran, y hacen historia propia. Es una ley de vida. El reconocimiento hacia los mayores llega en éstos sólo cuando se curan del «mal de la juventud» -maravilloso mal- con el paso implacable de los años. De modo que, y he aquí la enseñanza, a los padres quienes hemos vivido y hecho historia nos queda la obligación de contarla y defenderla; pero mal se quiere a los hijos e injusto se es con ellos cuando pretendemos que defiendan historias que no han vivido o nunca les contamos o mal contamos, y que no supimos hacerla un referente pedagógico ante ellos. La culpa es nuestra.

De modo que pasemos la página. A quienes hicimos historia buena o mala nos corresponde recordarla o explicarla; entretanto, a quienes nos siguen mejor es que se apalanquen sobre el porvenir y nos contaminen con su esperanza, sin abandonarlos. Ya tendrán tiempo de contar sus historias.

Así las cosas, a los dolientes del siglo XX concluido nos corresponde impedirle a Chávez y a los suyos que reescriban la historia a conveniencia. Es nuestra tarea, indelegable. Y hemos de recordarle a éste, justamente, que a la caída de la penúltima dictadura, en 1958, los venezolanos vivíamos como edad promedio 52 años, y sí él, ahora reelecto vive aún, es porque el promedio de vida nos llegó, no por azar u obra de la Providencia, a 73,5 años en 1998. Dejamos atrás a un país de letrinas -Pérez Jiménez construyó 450.000 durante su gobierno- y conocimos luego las pocetas y el agua potable; las aguas negras se canalizaron, se derrotaron las epidemias a la par que se llenó el país de viviendas rurales y electricidad, hasta en Sabaneta. Pero esa es la historia que pasó y hemos de repetirla mientras conservamos la memoria.

La generación digital, que no hace discursos y le bastan 140 caracteres para comunicarse y resolver problemas, es la llamada a abrir una senda nueva, sin lamentos por el pasado. Tiene derecho a hacer su historia, y distinta. El siglo XXI es otra cosa. Sobre éste ya escribirá cuando le toque, y recordará a quienes le hemos precedido, tanto como hoy lo hacemos nosotros con quienes dejaron sus pellejos en La Rotunda o en los sótanos de la Seguridad Nacional.

 

 

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