Opinión Nacional

Patricia regresa al cine en grande

Una de las películas venezolanas más exitosas del año fue estrenada recientemente, obteniendo una buena recepción de crítica y público en sus primeras semanas. Se trata de “Cenizas eternas”, que viene precedida de buena publicidad por competir en el exigente Festival de Montreal, donde fue escogida como candidata entre medio centenar de filmes latinoamericanos, en la categoría de opera prima. Haciendo un honroso papel aunque no haya ganado el premio. Se trata del primer largometraje de Margarita Cadenas, una cineasta dedicada largamente a la producción, en Venezuela y Francia, y quien tenía listo ese guión desde hace una década en espera de los recursos para realizarla.

Una oportunidad única

La ocasión se presentó cuando Patricia Velásquez se enteró del guión y la animó a filmarla, cambiando los personajes de franceses a venezolanos, ya que la historia sugiere vagamente el caso real de Raiza Ruiz, una médica que también sufrió un accidente de aviación en 1981 en un Cessna, cerca de San Carlos de Río Negro, estado Amazonas, siendo rescatada casi una semana después. Mientras tanto, fue dada por muerta e incluso su familia realizó una ceremonia funeraria en ausencia.

Algo similar le pasa al personaje de Ana, quien –después del accidente de aviación, donde pierde a su marido- vaga por la selva hasta dar con una comunidad de los Yanomami, con la cual convive por varios años. Su hija Elena no se resigna a la pérdida de su madre y, una vez adulta, la busca para hacerla regresar a la civilización. Por sus conocidas raíces indígenas, Velásquez no quiso hacer sólo un filme de aventuras sino que se esmeró en mostrar aspectos de la cultura Yanomami, que antes sólo aparecían en documentales.

El conjunto hace una historia interesante, máxime con le énfasis que hay actualmente por las culturas indígenas. Por eso la costosa cinta recibió parte del financiamiento del Centro Nacional Autónomo De Cinematografía, junto con varias empresas públicas y privadas. Así, “Cenizas eternas”, termina siendo una película conmovedora por su historia de amor filial, emocionante por la peripecia selvática y muy interesante por sus aspectos antropológicos.

Una producción muy profesional

La obra no tiene nada de improvisación, ya que –además de un meticuloso guión, donde colaboró la misma Velásquez- requirió una laboriosa producción por lo aislado de los parajes de la selva del alto Orinoco en el estado Amazonas. El montaje también revela mucho profesionalismo, donde Cadenas se aseguró que la versión final tuviera lo esencial de su guión original. Muchos parlamentos de la vida cotidiana en la comunidad indígena se realizan en dialecto Yanomami, así que tuvieron que contar con una lingüista para cuidar que se tradujeran adecuadamente en la película, ya que cuatro actores tuvieron que interpretar a personajes de esa etnia.

Obviamente, lo que más destaca es la actuación de Velásquez, que en el rol central se revela como una actriz madura y sensible, muy distinta a sus personajes al estilo hollywoodense. Su hija Elena es encarnada por la actriz Danay García, mientras Erich Wildpret al antropólogo que la orienta. En fin, tenemos en “Cenizas eternas” una lograda producción que competirá en el mercado internacional, y con la cual el cine venezolano termina con broche de oro su mejor año en mucho tiempo, después de éxitos como “Hermano”,“Taita Boves”, “Reverón” ,“La hora cero” y “El rumor de las piedras”.

Perfil de una actriz con raíces auténticas

Descendiente de una familia con sangre de la etnia Wayúu en la Guajira venezolana, Patricia Velásquez se crió en Maracaibo, donde pasó su juventud y donde empezó a estudiar una profesión que tuviera demanda en la industria petrolera, como lo es la ingeniería. Pero la abandonó después de hacer un buen papel en un certamen de belleza en su tierra, enfilando en 1998 hacia Milán para perseguir la carrera de modelo, donde creía tener más futuro. Y no se equivocó, pues en poco tiempo logró desfilar en pasarelas europeas representando a afamados diseñadores, además de convertirse en la imagen de conocidas marcas de productos femeninos y aparecer a menudo en portadas de revistas como Vogue, Elle y Man.

Con esos antecedentes, era inevitable recibir ofertas del cine y pronto trabajó en papeles que explotaban su imagen de belleza india, como “El jaguar” -donde encarnó a una mujer maya- y algunas costosas producciones como la serie de “La momia”, entre otra docena de cintas de su filmografía, llegando a ser la segunda actriz venezolana que triunfa en Hollywood después de María Conchita Alonso. Sin desligarse de su terruño, inició una fundación benéfica para ayudar a la etnia Wayúu, financiada parcialmente con fondos propios. Al iniciar su vida de cuarentona, piensa dedicarse a la producción de obras relacionadas con temas relacionados con su herencia indígena, de las cuales la primera muestra es “Cenizas eternas”. En su vida privada, aunque se le conoce varios romances, nunca se ha casado, pero tiene una niña adoptiva, Maya, que ya exhibe dotes de actriz, como lo confiesa la actriz en una entrevista.

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