Opinión Nacional

Pedro Lastra irá a votar con todos los hierros

Hasta los perros callejeros saben que Chávez es el epitome del caudillo caribeño: traidor, tramposo, mentiroso, fraudulento, criminal, avieso, felón y por ambición capaz de vender a sus padres o cambiarlos por otros que le sirvan mejor a sus propósitos: por ejemplo, cambalachear al pusilánime y menesteroso don Hugo por Fidel. Hablen con sus compañeros de armas, con sus mujeres, con sus amigos y verán confirmados todos los adjetivos que conocen en detalles hasta los perros callejeros.

Sigue un patrón que impusiera en América Latina el caudillo de caudillos, Hernán Cortés. Y que cual más cual menos todos han emulado en este siglo que se nos fuera hace una década. Con una diferencia esencial: Cortés era valiente y corajudo y se jugó la vida con medio millar de hombres ante un imperio de decenas y decenas de miles de bravos guerreros. Los que le han emulado son, casi sin excepciones, remedos. Farsantes, ladrones, viles y ruines. Como Hugo Chávez. La propia plasta de las plastas.

¿Quién podría ser tan ingenuo como para empatarse en un desafío con este tahúr, con este malandro, con este mafioso? Que cuenta, además, con la sumisión plena y total de todas las instituciones del estado, especialmente de su ministerio electoral, integrado por unas señoras de uñas pintadas que le son devotas y fieles en términos que la historia recogerá, para eterna vergüenza de sus familiares y amigos?

Y a pesar de los pesares, a pesar de estar perfectamente consciente de que si votáramos bajo un CNE dirigido por esos grandes electores del pasado, aquellos que incluso lo ungieron presidente de la república sabiendo que le regalaban una metralleta a un asesino, lo trituraríamos y no quedaría de él ni la verruga, mientras que haciéndolo bajo la batuta de Tibisay Lucena y sus compinches estamos condenados a jugar en una cancha inclinada a su favor, con nuestras patas quebradas y las suyas reforzadas por la matonería del G2 y las armas rusas, nosotros con un balón de plomo y él con uno a control remoto, a pesar de todos esos pesares, el 26 de septiembre saldré a votar.

Con mi esposa, mis hijos y nietos. Con mis sobrinos y sobrinas, mis ahijados, mis amigas y amigos. Saldremos todos a votar con nuestros perros y gatos. Así llueva, truene o relampaguee. Estaremos de primeros chicharrones en la cola de nuestro centro electoral. Para dar mi cédula, pulsar a mis candidatos y entintar el dedo. Que lo mostraré orgulloso a la salida del centro. Mostraré que la familia de Pedro Lastra se enfrentará al asesino de Franklin Brito para reivindicar su nombre. Para respaldar a todos nuestros presos, nuestros mártires, nuestros desterrados. Para recordar a todos aquellos que han caído consumidos por el dolor de ver a nuestra bienamada patria aherrojada en el vómito de esta banda de delincuentes y facinerosos.

Y lo haremos a sabiendas de que aún si se nos ha trampeado la justa, se nos ha emporcado el escenario y la inmunda fetidez de las trampas chavistas huelen desde Marte hasta Júpiter, le habremos demostrado al mundo que Chávez y sus verdugos no se saldrán con la suya.

Más temprano que tarde esas focas inmundas tendrán que hundirse en sus covachas. Y ver a su amado caudillo pudrirse en prisión. Si sigue con vida, que al parecer el cáncer ya comenzó a cebarse con sus entrañas. Mientras llega el gran momento, quiero ver el rostro de estos coprófagos profesionales cuando se vean obligados a enfrentarse con María Corina, con Richar Blanco, con Pablo Medina, con Stalin González. Y las decenas y decenas de diputados honestos, decentes y valientes que elegiremos a su pesar este 26 de septiembre.

Por todo ello: a votar el 26, con todos los hierros. Amén.

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