Opinión Nacional

Perdonen la intromisión

De vez en cuando es bueno hacer un alto, ya sea para contemplar el paisaje, corregir el rumbo o mirar atrás lo andado “volviendo a experimentar” la vivencia de lo pasado.  Esto nos permite tener plena conciencia de tres hitos importantes: de donde venimos, qué  somos y hacia donde vamos.

Observando la historia y el desarrollo de la institución militar, suele ser casi un lugar común el hecho que a los uniformados se les inculcan los valores patrios hasta hacer de sus símbolos verdades absolutas grabadas en forma indeleble en su corazón, verdaderos axiomas de vida que conforman el gentilicio, definen la institución militar y proyectan ese acerbo hacia sus paisanos.  Por ello suele decirse que los militares son el primero y último bastión cuando la patria está amenazada.  Por ello también, no es extraño ver a los cuerpos militares ayudando al rescate de sus conciudadanos frente a desastres naturales, como tampoco llama la atención el verlos proyectando hacia la civilidad aquellos valores patrios que rememoran las gestas heroicas de la independencia.

No podría ser de otra forma dado que el pueblo ha dado a las instituciones uniformadas el monopolio de las armas y por consiguiente, la facultad de ejercer el monopolio de la violencia bajo cánones estrictos: la defensa del territorio frente a una invasión, la defensa de la propiedad privada ante la amenaza de una asonada, y la defensa de la infraestructura nacional y la institucionalidad del país.

Vistas así las cosas, un militar venezolano debiera ser lo más cercano a un patriota en uniforme.  Alguien que defiende los valores propios de Venezuela, alguien que vela por la seguridad de sus paisanos, en fin, un adalid de la institucionalidad.

Y cuando nos detenemos y evaluamos donde estamos, brota en forma espontánea la comparación con el punto de partida: donde estábamos once años atrás, qué éramos entonces y qué somos ahora.  Dolorosamente, la comparación muestra una Venezuela disminuida que ha venido debilitándose hasta quedar hoy prácticamente inerme.

La otrora poderosa PDVSA, orgullo de la nación venezolana y una de las siete más grandes compañías petroleras del mundo, hoy está endeudada en más de veintiún mil millones de dólares; su producción está estancada en 2.3 millones de barriles diarios (casi quinientos mil menos que hace once años), sólo cuenta con una cincuentena de taladros muy lejos de los ciento cuarenta de otrora; desapareció el CIED y el INTEVEP, y lo peor de todo, ha olvidado su principal objetivo y razón de ser: la producción petrolera.  En efecto, ha diversificado su quehacer al punto de estar dedicada incluso a la importación y distribución de bienes de consumo en supermercados. Mientras, la maravillosa invención venezolana de la orimulsión y Bitor, son un recuerdo más de lo que el país ha desperdiciado en este infausto camino descendente.

Nuestra pujante CVG orgullo de Guyana, hoy tiene un SIDOR con sus hornos apagados, VENALUM está prácticamente detenida, EDELCA dueña de la segunda represa más grande del mundo, a punto de colapsar.

Si volcamos la mirada hacia la industria privada, vemos que el panorama es igualmente preocupante.  En estos once años la industrialización del país ha descendido desde casi doce mil industrias a poco más de cinco mil.  Al mismo tiempo el sector público ha más que duplicado su tamaño con el consiguiente gasto que ello significa para el erario nacional.

Volviendo ahora la mirada a la gente, nos damos cuenta que prácticamente seis de cada diez niños venezolanos no completan el octavo año de enseñanza básica, que la infraestructura educacional está cada día más deteriorada y que lo poco que se hace en este aspecto tiene costos enormes debido a la rampante corrupción.

La salud está igualmente deteriorada, los hospitales públicos están colapsados y las clínicas privadas deben soportar la pesada carga de dar auxilio a quienes no pueden pagar y al mismo tiempo cargar con las cuentas de gobierno impagas.  Han brotado nuevamente enfermedades que estaban controladas si acaso no desaparecidas, como el cólera y el paludismo.

Es decir, en estos once años resulta evidente para cualquier persona medianamente informada, que el país ha debilitado su estructura productiva y se ha hecho absolutamente dependiente de una menguada producción petrolera, disipando el producto de sus ingresos en importaciones, despilfarro, ineficiencias y exportación ideológica mediante una seudo solidaridad que nadie logra entender.

Frente a un cuadro tan grave como el panorama que nos muestra el camino recorrido por la revolución bolivariana, las alarmas del país debieran haberse disparado.  Y la primera alarma que acude a nuestra memoria, aquella que permanentemente debiera estar midiendo el potencial de la nación, la que día y noche golpea nuestros oídos con “Gloria al Bravo Pueblo” y se cree dueña absoluta y única poseedora del patriotismo, la institución uniformada, es sin embargo la que porta el estandarte de la destrucción del país, dirigida por un confundido tambor mayor que en cada país que visita actúa como camaleón ideológico y que mantiene en forma pertinaz la preconcepción que todos sus problemas provienen de un imperialismo que lo único que ha hecho es llenarle los bolsillos de aquellos dólares que ha dilapidado.

Y los uniformados patrioteros con barrigas abultadas y maletines repletos de dólares, olvidaron a sus camaradas caídos en Machurucuto y hoy están encompadrados con el enemigo de otrora y le entregan la salud, los deportes, el registro civil e incluso modifican la ley para permitir su ingreso a los institutos armados.

Así las cosas, esta revolución socialista hoy exhibe racionamientos de agua y energía  eléctrica, caminos deteriorados, acumulación de basura urbana, desabastecimiento de productos de primera necesidad, falta de medicamentos, deterioro del valor de la moneda e inflación galopante…. y quienes debieran ser los centinelas de la democracia han sido los verdaderos verdugos de su noble pueblo.  Así no más soga y cuello.  Para un botón de muestra, vean lo que sufren los estudiantes cuando protestan la falta de libertades, gas del bueno y tridentes medievales, y a las radioemisoras y canales de televisión simplemente las cierran esgrimiendo cualquier razón.

Menguada hora para un país que fuera un orgullo en América por su pujanza y los valores democráticos que sustentaba.  Perdonen la intromisión.

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