Opinión Nacional

Planeta sordomudo

Los sordomudos han aprendido a comunicarse muy bien con sistemas alternativos. Lo curioso es que aquellos que no teniendo ninguna desventaja física para oír y hablar, parecen apostar por amordazar y enmudecer. Hugo Chávez amenaza a los medios de comunicación por discrepar con él.

Olvida que Bolívar, su amado y enaltecido Simón fue de los que más habló contra el poder.

Chávez arremete contra una señal libre, antojadiza, provocadora. Toda sociedad la necesita para su desarrollo. La inteligencia es subversiva, sin esa rebelión nos volvemos analfabetos, anacrónicos, parásitos de nuestro ego.

Es imprescindible disponer de alguien que remeza a la sociedad con revelaciones, inquisiciones inteligentes, bien investigadas, serias. Tomar posición, comprometerse no puede ser falta.

Eso, la libertad de expresión diferencia a un país de un felpudo.

Debo anotar que esas pérdidas “censorias” no solo se dan cotidianamente en Venezuela sino que ocurren en casi todas las sociedades. Aún en las que se pretende ser ejemplo de libertad. Se empieza con la intolerancia, como con la cuarta novela de Salmán Rushdie “Los Versos Satánicos” y se sigue con los dibujos de Mahoma en Dinamarca.

Unos serán sentenciados mediante una “fatua”, otros por el poder del capital o con la excusa del patriotismo. Poderoso censor sigue siendo la Iglesia Católica que privó a muchos latinoamericanos de “La Ultima Tentación de Cristo” de Martin Scorsese. Conviene recordarlo ahora, porque la memoria es frágil y se debe tener presente para ir a misa con más entusiasmo y dejar más limosna. La bondad predicada en los púlpitos no tiene vínculo siquiera asolapado con la libertad del conocimiento.

La censura de no poder difundir las fotografías de aviones carga repleto de cajones con soldados norteamericanos muertos en Irak ha sido de público conocimiento. Uno debe hablar y el otro callar. No se muestran imágenes si incomoda.

Hay dos perdidas notables que han ocurrido en la sociedad estadounidense y venezolana en estos últimos días. Con algunas distancias y sutilezas de menos, ambas son perdidas de voceros populares. Perdidas de habla al fin y al cabo. Y, con su retiro de la pantalla hemos sido sumergidos en la sordera y enmudecidos al quedarnos sin tema de discusión.

Rosie O’Donell se marchó elegantemente de la pantalla, no ser elegante significa ser cesada, botada. ABC confirmó en comunicado que la presentadora no regresará al programa después de su pelea con la co presentadora Elisabeth Hasselbeck. Su crimen fue cuestionar en el programa que produce Bárbara Walters “The View” el rol de los políticos y su culpabilidad en la guerra. Que digo, la matanza que significa Irak.

Ella cuestionó a los Republicanos por enviar los soldados, a quienes acusó de ser responsables del verdadero genocidio que se vive en el país árabe. Muchos se ofendieron, empezando por una de sus compañeras del programa que indignada reclamaba por esa vejación contra la moral norteamericana.

Siempre hay más de uno que cree en su Tótem y lo defiende hasta la necedad.

Rosie es majadera y alevosa, poco entendida de diplomacia y nutrida de burla. Dice las cosas como las siente. Trató a Donald Trump como se lo mereció luego del bochornoso episodio de “Miss Estados Unidos” y lo ha parodiado como ha querido. Poca gente tiene ese valor, ese coraje de enfrentarse a un multimillonario, dueño de casi todo Manhattan.

Es que verlo a Trump diciendo que todos merecen una segunda oportunidad es pretender negar que la mejor parte del reality show “The Apprentice” es precisamente cuando Trump hace puchero para decir ”¡Estas despedido!”

Hay algo curioso en la sociedad estadounidense. Se puede ser sutilmente marginado. Si uno es norteamericano y crítico ácido del gobierno. Eso es suficiente para ser visto como un traidor y un apestado. En la práctica es una censura poderosa. Acercarse a una persona apestada hace que los olores y efectos de rechazo se le peguen a uno.

Censura sofisticada en una sociedad mimetizada, elaborada y compleja. Matones y gritones han sido necesarios en otras partes.

Esta es la mejor censura, la censura perfecta. Que no necesita de tanques ni de fusiles ni de gases lacrimógenos y menos de bochincheros matones de boina.

La revista “Time” dijo que Rosie O’Donell era una de las 100 personas más influyentes del planeta. Es curioso que siéndolo, hoy día no haya cámaras para seguirla que no sean la de los paparazzis.

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