Opinión Nacional

Política, democracia y populismo salvaje

Alguien podría preguntarse, no sin cierto asomo de inquietud: ¿Por qué, aún bajo la vigencia de la democracia, en algunas latitudes los ciudadanos se inclinan por opciones políticas que pueden ir en contra de la esencia misma de la democracia…? Según este planteamiento, el ejercicio del derecho del sufragio y la participación política en la acción cívica, pueden ser tergiversados y convertirse en elementos que, de uno u otro modo, permitan el auge del populismo e incluso el “triunfo” del mensaje demagógico en el quehacer político. Ello para algunos podría significar una antinomia, o para otros indicar una paradoja, o ambas a la vez en el desarrollo de la actividad política.

En efecto: ¿cómo es posible que la libertad implícita en el ejercicio democrático, con permisión notable de la libre discusión de ideas y oportunidades para determinar la capacidad de decisión cívica, se pueda dar pie al apogeo de tendencias extremistas o posiciones recalcitrantes orientadas precisamente para acabar con la libertad…? Ello acaeció cuando el pueblo alemán ungió a Hitler con el bautismo mayoritario de los votos en libre elección… y, luego en el poder, sabemos lo que el delirio, la verborrea y la megalomanía de aquel hombre dio lugar para asombro y consternación del mundo..! Así ha ocurrido en otros casos parecidos: demagogos que se alzan con el poder con el apoyo del pueblo, obtienen legitimidad de origen para detentar el dominio político… luego, poco a poco, se van viendo los resultados… ominosos para el propio pueblo… con desgarradoras consecuencias para la libertad y la democracia.

Tales situaciones, suerte de contrastes o contradicciones en el actuar político, parecieran evidenciar la presencia de una especie de reacción frente a los desencuentros que, en ciertas circunstancias, pueden darse entre los actores políticos y los ciudadanos. De pronto, el pueblo opta por planteamientos distintos a los expuestos por la clase política tradicional.. ¿Por qué..? Se argumenta que ésta deja de colocarse en sus puestos como debe, se olvida de su real misión, la desvirtúa; entra en el terreno del pragmatismo y el clientelismo electoralista; la devasta el morbo de la corrupción y otras circunstancias parecidas. Se habla del notorio desprestigio en que han caído los políticos tradicionales; se alude que en éstos no hay credibilidad, que en ellos la honestidad y la probidad están ausentes. Se habla de “negocios” en el seno de la llamada “clase política” lo que, por obra de un extraño conjuro, la transforma en expresión de una vulgar “banda de gángsteres” o burda “cofradía comercial”. En tal virtud: ¿Se justifica esa actitud del pueblo a la hora de tomar decisiones trascendentales para su futuro… no se detiene en valorar las circunstancias que eventualmente puedan afectarlo..? ¿Se trata acaso de una especie de castigo infringido contra el proceder de los malos políticos..? Y, así por el estilo, muchos interrogantes podríamos plantearnos ante las peculiares características de este cuadro patético en el quehacer político contemporáneo.

En efecto, parece ser que la comentada anomalía no es privativa de los llamados pueblos subdesarrollados. En Estados Unidos de América del Norte, se advierte -sobre todo en los últimos tiempos- una especie de apatía por los problemas de índole política; incluso apenas un 50% de los electores habilitados legalmente concurren a los comicios; e incluso se habla de fraude y manipulación de sufragios, tan igual como en cualquier país del tercer mundo dominado por el populismo salvaje. Y en el viejo continente, se ha dado el caso de cómo en ciertos estratos de la población “resurgen” los cabeza rapadas de los neo-nazis… y los triunfos de partidos ultra reaccionarios como el de Haider en Austria y el avance de Jean Marie Le Pen en Francia, constituyen el efecto de la acción de grupos antidemocráticos que sostienen su “mensaje” a costa del rechazo de la política oficial.

En otro cuadro de la situación en examen, se observa como en algunas colectividades o partidos políticos, el afán concentrador y totalizador de la “autoridad” se postula como dogma indiscutible tanto para la organización como el funcionamiento de tales entes. Por ello, se cierra el paso a métodos o mecanismos de “democratización interna”, solo se oye la voz del amo y los cargos de dirección son designados “a dedo” por el jefe absoluto, quien practica en el seno de “su partido” el “esquema” dominante con el que pretende dirigir al país, si accede al gobierno. En estos sistemas, “se habla mucho de participación popular en la toma de decisiones…”, pero –en realidad- ello no es factible con sinceridad: la única “participación” consiste en sonreírle los chistes al gamonal y aplaudirle cuanta ligereza expone. Y si hay dinero de por medio, con mayor razón hay que impedir el control y vigilancia de los ciudadanos en los asuntos que realmente atañen a la comunidad. Son muestras de otros signos de vasallaje y exclusivismo en la política, y -por tanto- práctica para cercenar la libertad y cerrar el paso, de modo gradual, a la vida democrática.
En este dramático contexto, se llega inclusive a denigrar de la política. Por ello muchos no paran en afirmar que “la política es algo sucio..”. Esta problemática, con tales características, incide negativamente para el mantenimiento de las instituciones fundamentales de la genuina democracia. Por ello, incluso se habla de “crisis del sistema democrático”. Nos preguntamos, ¿Quizá los vicios y rémoras en que incurren algunos dirigentes o sectores políticos, tengan la “gracia” de arrastrar la perdida de fe en la democracia y sus instituciones? ¿Acaso la degradación de ciertos dirigentes implica la decadencia del la democracia como sistema de gobierno y forma de vida…?
Algunos, al tratar de explicar esta especie de desprestigio que se nota en ciertas expresiones del actuar político, no vacilan en señalar, no sin cierta vehemencia, que muchos políticos (no importa la tendencia que representen) dejan de lado el real significado de las tesis ideológicas que los orientaron al principio de sus carreras. Otros añaden, como factor motivador de gravedad en la situación planteada, el creciente desdén por los fundamentos éticos que deben estar presentes en el quehacer referido a los asuntos públicos. Por el contrario, se acota, son los intereses individuales, sectarios o grupales los que privan en el trabajo político. En ese diagnóstico se hace énfasis en el “logrerismo” o la “viveza criolla” volcados como instrumentos básicos para el actuar político; ello –se entiende- es abono fácil para el florecimiento de las más variadas formas de corrupción. Como secuela, con esta tendencia se observa –a modo de enfermedad corrosiva del tejido social- cómo el “político” se aferra a su curul, al puesto público que desempeña o a su canonjía: pareciera que este modus operandi es el único que fija el ritmo de su existencia, de donde surge el parasitismo político, los negociados, el tráfico de influencia y cualesquiera otra modalidad en el terreno de las corruptelas (inclusive la “asociación” con la delincuencia organizada, mafias o carteles de la droga, etc.), sólo con el afán de “controlar y sostenerse” en el poder, estar cerca de él, máxime cuando de su desviada “detentación” –según los parámetros y actitudes de este peculiar esquema- es factible “contar” con pingües flujos de dinero, “inversiones” o cualesquiera otra modalidad de intervención en el “mercado” a la usanza capitalista. En estas particulares “circunstancias” hasta se olvidan los “rígidos planteamientos ideológicos o pseudos-doctrinarios de corte progresista”; los temas del “materialismo histórico y dialéctico” son utilizados como mampara para escudar los reales apetitos de corrupción y control del poder; aparece una “Nueva Clase” o “nuevos ricos” a costa de ver “agudizadas las contradicciones en el propio sistema que ellos mismos están tejiendo en el contexto de un régimen al cual se pretende eliminar”. Es el mismo rostro de la explotación, es otra modalidad de la demagogia y el populismo, máxime cuando aparece el síntoma de la “prodigalidad”, regalando, repartiendo y dilapidando, a diestra y siniestra, los dineros públicos.

Justamente, en tales circunstancias, en algunas latitudes, bajo la égida de este “sistema del quehacer político”, aparece la figura de un Mesías redentor: su voz edulcorada adormece las masas depauperadas y sobran las promesas de villas y castillos bajo el disfraz de “acabar con los grandes males que afectan la sociedad”. De pronto la prepotencia y la arrogancia se van apoderando del “cuerpo” del líder; y comienza a hablar y disponer del tesoro público como si se tratara de su “hacienda” particular. Los adulantes pululan y genuflexos le rinden pleitesía; los logreros hacen su agosto, aparecen nuevos pescadores en el río revuelto de promesas, improvisaciones, horrores e ineptitudes. El “jefe” de aferra al poder; no quiere soltarlo; el mando es su vida y no falta quien le susurre al oído: “Usted, gran timonel es el único, el esclarecido, el magnánimo, el insustituible…” o bien, lo rodean de “títulos”, como –por ejemplo- “Generalísimo y doctor, Benefactor, Benemérito y Padre de la Patria Nueva…!”. En algunos casos se llega al paroxismo de erigirle estatuas, se le considera como un “nuevo” símbolo de la patria, se bautizan calles y edificios públicos con el nombre del “Gran Líder” o su rostro aparece impreso en el papel moneda, no importa que ésta sea devaluada. Es el “ídolo” y todo mundo espera su palabra como si fuera la Voz de Dios. El colmo de la “gran adulancia” llega hasta esperar esa palabra como la “agenda” o patrón de conducta política, mientras los pueblos se debaten en un mar de incertidumbre, aumenta la miseria, se incrementa el desempleo, no se lo pone coto a la inseguridad, campea el control de la vida cuotidiana en manos de los delincuentes, quienes –en cierto modo- son catalogados como “grandes soportes” de la Nueva Era. Por efecto de esta patética realidad, quedan pálidas las consignas contra los “causantes de la explotación” y ante la inoperancia, descuidos, ineficacia, impremeditación y fracaso tras fracaso al frente del gobierno, se suele “inventar” a cada rato un nuevo chivo expiatorio y así se sigue… dando tumbos, practicando por ensayo y error, improvisando, creando cortinas de humo, profiriendo nuevas promesas, planes y los más fantasiosos “procesos de arranque” que nunca ven la luz.

>¿Y entonces… qué pasa con los llamados políticos tradicionales? ¿Son capaces de analizar la terrible situación que empantana la vida nacional…? ¿Acaso tienen la capacidad para asimilar la lección que están recibiendo? ¿Tendrán el valor de aceptar que debido a sus desviaciones en el pasado, han surgido las nuevas expresiones del populismo salvaje..?
Recientemente el sociólogo francés Alain Touraine, calificado especialista en temas latinoamericanos, no ha dejado escapar sus temores ante la llamada “ola neopopulista” que pulula en América Latina, con claro desmedro del sistema democrático. Al respecto, el investigador enfatiza en el señalamiento de las profundas desigualdades sociales como uno de los elementos que motivan el aparecimiento de populismo salvaje en estas latitudes:”No se puede hacer una democracia plena…, en América Latina, con estos índices alarmantes de desigualdad social”, ha sentenciado el profesor galo.

Por ello, se habla de una especie de “regresión política” en el caso latinoamericano. >¿Será posible que los pueblos de América Latina no lleguen a superar ese cuadro que lamentablemente lo agobia, tanto en el terreno político como en el ámbito socio-económico… y, de este modo, dar paso a una democracia genuina y al progreso sostenido en paz y libertad…?
Nosotros, entonces, también nos preguntamos: ”¿Qué hacer”. Somos de la idea que, al respecto, debemos dar no dos, sino muchos pasos adelante y ninguno hacia atrás: La política, entendida como disciplina y acciones que siempre deben estar al servicio del ciudadano, debe reivindicarse. Urge cerrar el paso a los “vividores de la política”, causantes y motivadores de no pocos males y rémoras sociales. En ese propósito conviene tomar conciencia a favor de una más efectiva participación de los ciudadanos en los asuntos comunitarios. Se debe exigir más responsabilidades a los dirigentes políticos, así como el respeto a la ley. Los partidos políticos y las organizaciones cívicas y comunales deben actuar en función del Bien Común y dejar a un lado cualquier inclinación sectorial. Es preciso adelantar un vasto plan de acción cívica que contemple plena capacitación para la adquisición de conciencia de la vida en democracia; ello implica el cabal conocimiento de los derechos esenciales que asisten a todo hombre en pos de asegurar un status de vida que respete la dignidad de la persona humana y que, al mismo tiempo, permita la capacitación para el trabajo productivo y creador. Un pueblo educado, con dirigentes responsables y capaces del valor de sus deberes al frente de los asuntos públicos, es barrera infranqueable para los politiqueros y los demagogos de toda laya. Con acciones firmes y decididas en ese objetivo ciudadano, de seguro que los embaucadores del populismo salvaje no podrán seguir diezmando las esperanzas de los pueblos. Para este punto de vista, indudablemente que el gobierno y el poder político deben ser instrumentos para el logro de una verdadera Justicia Social. El Estado, como suprema institución social, debe estar al servicio del hombre y no al revés. Los partidarios del populismo salvaje y demagogos de nuevo cuño, piensan y actúan en contrario.

El verdadero político, consciente de su misión como conductor de su pueblo y responsable ante su comunidad, debe gobernar siempre pensando en los ciudadanos. Si los ignora, se convierte en facilitador para el surgimiento de charlatanes y demagogos. El político que se precie como tal no debe aparecer sólo en época de elecciones, debe actuar de modo permanente en beneficio de sus electores y de la comunidad en general. De lo contrario, dará pie para que pulule la corrupción en todos los ámbitos de la vida social; o bien, para que aparezca “una nueva estrella” del populismo salvaje; y si esto sucede una vez más, entonces se habrá enterrado la democracia, se ahogará la libertad y regresaremos al imperio de la barbarie.

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