Opinión Nacional

Populismo y “Dios se lo pague”

«¿Acaso lo más propio del populismo latinoamericano no ha sido su pasmosa facultad de trasmutar a los ciudadanos en mendigos al tiempo que infunde en ellos la convicción moral de que su servidumbre política restituye todo lo que les ha sido “robado”?»

Sin que Néstor Kirchner y Hugo Chávez hayan tenido parte en ello, un canal privado caraqueño ha vuelto a transmitir, hace poco, le film “Dios se lo pague”, en horario de trasnocho.

Estrenado en la Argentina en 1948 y exhibido aquel mismo año en el Festival Internacional de Venecia, cosechó reseñas entusiastas de la crítica europea de posguerra. Como todo éxito de taquilla, ha recibido el homenaje de muchas versiones.

Fui escribidor de culebrones durante muchos años y, durante ellos, me tocó ver algunas de ellas. Ninguna supera, creo yo, al filme original, protagonizado por la entusiasmaste Zully Moreno y el arquetípico Arturo de Córdoba, con dirección de Luis César Amadori.

A fines de los años 70, el gerente general del canal venezolano para el que yo escribía se propuso hacer un remake de “Dios Se Lo Pague”.

A otro escribidor y a mí se nos encomendó trasmutar los 119 minutos de melodrama cinematográfico argentino en 150 capítulos de telenovela venezolana.

Trascribo un resumen argumental que de “Dios Se Lo Pague” ofrece una página web francesa dedicada al cine tercermundista: « Juca es un obrero que se ve despojado por su patrón de los planos de un invento. Su mujer, desesperada, pues fue cómplice inocente de la usurpación, se suicida y Juca decide vengarse. Opta por el disfraz de mendigo y, pidiendo limosna, llega a hacerse millonario. Entre tanto, conoce a una prostituta de lujo y la hace su amante. La amante lo deja eventualmente por un hombre que resulta ser el hijo del antiguo patrón. Al darse cuenta de ello, el supuesto mendigo decide no ejecutar su venganza para que ella, de quien se ha enamorado, pueda ser feliz…”

Sí, es verdad: “Dios Se Lo Pague”es todo ese batiburrillo de efectos melodramáticos, pero sus poderes hipnóticos no emanan de su descabellada premisa dramática ni de su desarrollo cada vez más demencial, sino, más bien, de la feliz conjunción de otros elementos. La trama de “Dios Se Lo Pague” es, ciertamente, apenas verosímil, pero una hechicera sumatoria de imperfecciones logra que aceptemos la “axiomática” del film desde le primer momento.

Lo que se le impone al espectador, sin escapatoria posible, son las ideas –las creencias, mejor dicho– que sobre la vida económica, la creación de riqueza y la redistribución de la misma van cobrando vida en el film. Riqueza y redistribución: ¿Cabe imaginar un asunto que interese más a los latinoamericanos de todos los tiempos?

“Dios Se Lo Pague” es una fábula latinoamericana sobre ricos y pobres. Y a pesar de sus pretensiones de teatro de cámara llevado al cine– originalmente fue una pieza teatral–, resulta además en una fábula inadvertidamente populista.

Se rodó en la Argentina, la patria de uno de los más proteicos y resistentes mitos populistas de nuestra América.

Que se sepa, no fue cosa de encargo. “Dios Se Lo Pague”podrá ser cualquier cosa menos un triste producto de la Secretaría del Trabajo peronista.

Arturo de Córdoba, el mendigo que llega a comprar en la bolsa las acciones que le darán mayoría en el directorio empresarial que, años atrás, lo despojó de la patente de invención, atraviesa toda la película articulando un desengañado monólogo hecho de máximas y sarcasmos en torno al lucro, siempre innoble, y la pobreza, siempre virtuosa.

En la secuencia inicial del film, un menesteroso apostado en el atrio de una iglesia pide limosna sin lograr conmover a ninguno de los fieles que acuden a misa. Aparece entonces Juca y, sin PowerPoint, le hace al mendigo errático toda una presentación acerca de las artes secretas del oficio: a quién pedir y en qué momento, qué santos invocar en cada caso, cómo extorsionar la compasión y sacar provecho de la conciencia culpable del buen burgués.

A partir de ese momento, hasta que finaliza la película, Juca no cesa de perorar –como un Polonio peronista– contra la plutocracia y las convenciones sociales, desgranando máximas y admoniciones sobre la exclusión y la pobreza.

Sin duda, la proposición de que mendigando sea posible amasar una fortuna que permita adquirir un paquete accionario “premium” y sentarse a la cabecera de la mesa directiva, es lo que hace de este film una homilía en pro del populismo.

¿Acaso lo más propio del populismo latinoamericano no ha sido su pasmosa facultad de trasmutar a los ciudadanos en mendigos al tiempo que infunde en ellos la convicción moral de que su servidumbre política restituye todo lo que les ha sido “robado”?

Artículo publicado en:

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