Opinión Nacional

¿Por qué aceptamos líderes incompetentes?

En Venezuela existe un significativo número de personas preparadas y competentes, con el repertorio de valores y prácticas éticas que requiere el país. Pese a ello, de forma reincidente, nuestras decisiones sobre quién puede dirigir el país –y esto es válido también para las organizaciones- dejan mucho que decir sobre cómo utilizamos lo que hemos aprendido para efectos de identificar y elegir o promover gente competente en el ejercicio del liderazgo nacional público y privado.

Las investigaciones evidencian por qué aceptamos líderes mediocres en Venezuela. Revisemos los argumentos. 1) La ilusión de que los líderes pueden protegernos contra la incertidumbre y lo que no controlamos, el miedo colectivo a aceptar y comprender que la realidad se nos presenta vasta y retadora porque es mucho lo que podemos hacer para acercarnos a lo que queremos como sociedad, nos lleva a creerle a cualquiera que nos ofrezca protección y certezas contra esa incertidumbre. Y por ello pagamos un precio muy alto: la pérdida de libertad y la sumisión al líder o al gerente de turno.

2) La inexistencia de una clara definición colectivamente conocida sobre cómo luce y cómo se comporta un líder positivo, responsable y trabajador. Este desconocimiento es un grave vació que nos conduce a definiciones informales, subjetivas y emocionales de lo que es un líder, muy pobres en contenido significativo teórico e histórico y con muy poco asidero real referido a resultados sostenibles.

3) La motivación afiliativa del latinoamericano en general y del venezolano en particular (deseo de ser querido, protegido y considerado; necesidad personal de que alguien maneje mi ansiedad por mi) hace que no “nos gusten” los buenos líderes, los que realmente nos dicen lo que hay, los que nos enseñan a trabajar y lo exigen, porque el buen líder “destroza” nuestros castillos, no alimenta visiones idílicas ni prácticas engañosas. Esta terrible necesidad colectiva de que alguien resuelva, nos lleva a aceptar líderes incompetentes y dañinos.

4) El estilo autoritario de gerencia y liderazgo es tan “normal” y común en el país tanto en el sector público como en el privado, que ha creado en los venezolanos una terrible enfermedad de certeza: El convencimiento colectivo que “el líder”, o “el jefe” no es autoritario, sino que tiene las capacidades y el conocimiento necesarios para mantener el control requerido; tenemos la ilusión que el líder no es autoritario sino que evidencia confianza y seguridad porque tiene “las respuestas”, por eso nos gusta. Y por ello, disculpamos sus excesos, sus incongruencias, sus arrebatos, o sus arbitrariedades, o sus vulgaridades, sobre todo si no somos objeto de su represión, o de su censura, señalamiento, o desamor.

5) Los venezolanos tenemos un abanico de mitos que nos “ayudan” a justificar a los malos líderes: a) Es muy costoso y peligroso salir de ellos; b) En realidad no son tan malos, malos son quienes los rodean; c) En verdad son mejores y saben más que nosotros; d) Defienden sinceramente nuestros intereses porque nos lo dicen; e) Como los líderes controlan recursos valiosos y escasos, es posible que si le soy fiel, pueda participar en el reparto de su afecto y recursos; f) Así son las cosas y así han sido siempre, g) Elegimos no admitir la admiración que sentimos por “el héroe”, la proyección de nuestros propios temores profundamente ocultos, tanto, que vivimos sin saberlo una adoración acrítica del líder o gerente y por ello, lo que hace nos parece aceptable. Ya lo sabes.

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