Opinión Nacional

Por qué respaldo a María Corina

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Sobran las razones adicionales para que le de mi incondicional respaldo a María Corina, que también pesan a la hora de decidir ese acto sagrado y de tanta significación para nosotros, los demócratas, cuando cumplimos con ese acto solemne de depositar nuestra modesta pero decisoria voluntad a través de un voto: admiro incondicionalmente a Corina, su madre y mantengo una entrañable amistad con Henrique, su padre. Los se honorables y ya casi vestigios de esa grandeza venezolana que corremos el riesgo de perder por el atropello de la barbarie que, como en una tragedia, ha despertado desde la costra de nuestros peores signos para trastrocar nuestras instituciones, nuestros valores, nuestra historia. La Venezuela de sus hombres y mujeres de palabra, de honor, de lealtad, de decencia y compromiso. La única capaz de superar este trance y asumir la conducción de la patria.

Todas esas razones están en el trasfondo de un acto tan sencillo como destinar esas primeras horas de mañana para acercarme con mi esposa, mi hija y mis nietos hasta el centro en el que llevamos votando desde hace más de veinte años y pulsar el nombre de esa muchacha, que bien podría ser mi hija, que ha decidido desde hace casi tantos años como llevamos sufriendo esta pesadilla dedicarle su vida a la restitución de nuestra honorabilidad como país. Que ha arriesgado familia y bienes con un tesón, un temple y una lucidez admirables para dignificar un acto tan mancillado en la Venezuela roja como el de votar. Un acto que es, para nosotros, descreídos, como la comunión, la confesión o el bautismo. Paul Auster lo ha expresado en una frase estupenda, que todos debiéramos llevar en nuestros corazones: “para quienes no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión”. No se refería a cualquier creencia: se refería a aquellas que llevan a los hombres a cometer las peores tropelías y abusos en nombre de religiones ateas y dogmáticas, como las que, en su miserable batiburrillo, llevan a jóvenes cadetes a postrarse ante un autócrata analfabeta, zafio y brutal como el que nos desgobierna.

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No siempre he estado de acuerdo con María Corina. Y es lógico que así sea, entre demócratas. Pero jamás he dejado de profesarle un profundo respeto y una gran admiración. Creo que con muchachos y muchachas de su temple y convicción la patria está, aún bajo estas terribles circunstancias, garantizada. La quiero ver entrar, la frente en alto y temblando de emoción, al mancillado templo de nuestra vilipendiada democracia. Rescatando su dignidad, en honra a esos grandes tribunos que un día allí sesionaran, constructores de lo bueno que somos: Mariano Picón Salas, Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Moisés Moleiro, Gustavo Machado, Gonzalo Barrios, Prieto Figueroa, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Betancourt, Antonio Ledezma, Teodoro Petkoff, Rafael Caldera y tantos y tantos otros. Discordantes y muchas veces en sangrientos desacuerdos, pero hombres cabales como los que hoy nos hacen una inmensa falta. Como Oswaldo Álvarez Paz, amigo y compañero entrañable, que bien merece salir del Helicoide para ocupar cuanto antes un puesto de honor en la reconstrucción de la patria.

Me es difícil tener que decidir entre postulantes tan extraordinarios. Me duele tener que privilegiar a María Corina y sacrificar a Alfredo Romero – templado, inteligente, corajudo y de una lucidez absolutamente necesaria en nuestro parlamento. Me disgusta íntimamente no poder darle mi voto a Carlos Vecchio, a quien sé íntegro y sólido en sus convicciones y en sus ejecutorias. Sólo me consuela reconocer que nos sobran los grandes candidatos, y que tanto Alfredo como Carlos llegarán al parlamento, cuando vuelva a ser lo que era, bicameral e ilustre, y ocuparán sitiales de honor en el futuro gobierno de la patria.

Sólo les pido a todos que sigan en esta competencia por recibir el honor del sacrificio. Y demuestren con su celo que la política es el oficio más bello y honorable del hombre culto y civilizado. Más allá de esta competencia entre amigos y compañeros, el lunes todos debemos reasumir nuestros roles de líderes comunitarios. No habrá derrotados. Habrá electos.

Un fuerte abrazo

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