Opinión Nacional

Preferir el espejismo

Dedicada a María, a Pablo,  Goyo, César, Luis Eduardo,

A todos los que, de buena fe, aun cierran los ojos.

El espejismo, en francés, Mirage, es una ilusión óptica, una imagen que resulta del reflejo de los rayos del sol sobre la superficie caliente, a lo lejos. Es una imagen que reverbera, en temblorosas ondulaciones que nos hacen ver un espejo de agua que sólo existe en nuestra cabeza. Fue elaborado por el calor y nuestro deseo de hallar ese oasis en medio de lo yermo, de lo estéril.

El contexto histórico de cada individuo trasciende su edad y sus circunstancias. En nuestro pensamiento no sólo pesan las experiencias que hemos vivido, también son influyentes los conocimientos que tengamos de eventos anteriores a nuestro ciclo de vida, y las opciones que nos ofrezca el futuro, en base a lo que podemos deducir de lo que acontece alrededor de nosotros, en lo social, en lo político, en lo económico, en lo tecnológico y científico. Soy en este momento, el hombre que he sido desde que tengo conciencia de mí mismo, el hombre que fui en los hombres y generaciones que nos antecedieron, y el hombre que pudiera llegar a ser, dependiendo de decisiones que tomemos hoy, moldeadoras del mundo de las próximas generaciones, en las cuales estaré presente por lo que ahora hago, y eso incluye a mi descendencia.

Cuando nací, ya estaba vinculado a los sucesos que ocurrieron mucho antes de ser gestado, y cuando muera estaré vinculado, en la medida de mis acciones presentes, a los sucesos por venir. Si me equivoco, fueron erróneas mis lecturas del pasado, o las decisiones que tomo, quizás por mal interpretar el presente a mi alrededor. Por ello es tan crucial apreciar, valorar, juzgar y decidir con la razón, más que con la emoción. Las emociones nos hacen más proclives a equivocarnos. Las razones, aunque nos duelan las verdades que contienen, nos hacen pisar en tierra firme, sin devaneos ni engaños.

La química interna del cuerpo, y el ego, también son factores que actúan para llevarnos en determinadas direcciones, o mantenernos fijos en una posición, que no son necesariamente las direcciones o la posición más convenientes. En la adolescencia las hormonas gobiernan mucho de nuestra conducta, ya en la adultez el ego prepondera y, a menudo, nos obliga a persistir en una dirección que sabemos equivocada, tan sólo por no reconocer ante los demás (a veces ante nosotros mismos) que nos equivocamos, que cometimos uno o varios errores. Esa necia terquedad ha sido responsable del fracaso de matrimonios, negocios, proyectos, sueños. Y “después que está el ojo afuera, no vale Santa Lucía”, tuerto te quedas. En casos extremos se incurre de nuevo en el error, se pierde el otro ojo, y la “ceguera” nos lo recriminará por el resto de nuestras vidas.

Ustedes, los destinatarios de esta carta, tienen en común dos cosas, disfrutan de mi afecto y, habiendo coincidido en lo esencial -en el pasado-, hoy nos distancia cierta óptica por la que, aparentemente, nos encontramos en bandos enfrentados. El afecto es resultado de íntimos nexos de familiaridad, de amistad, o derivados de una especial relación profesor-alumno, que difícilmente se disipan o atenúan, a pesar de múltiples elementos que sistemáticamente presionan para que nos mantengamos separados y, lo que es peor, odiándonos. El principio de “divide y vencerás” pertenece a eras pretéritas, y sin embargo, la inescrupulosidad de algunos practicantes de la política obsoleta lo ha sacado de su forzoso retiro, pretendiendo resucitarlo justo en los tiempos en que el planeta se globaliza, las fronteras se difuminan, los racismos se extinguen, agonizan los nacionalismos, la tecnología elimina las distancias y funde en el crisol de las redes sociales a gentes de todos los continentes, con acceso inmediato a imágenes, información, opiniones, de sucesos a escala completa, desde los más trascendentales a los más frívolos, generando conocimiento, interés y solidaridad, como nunca antes. De las épocas primitivas en que todos los hombres nacían, vivían y morían entre los límites de sus aldeas o pueblos, llegamos en cosa de pocos siglos, a esta maravilla actual que pone a nuestro alcance al mundo entero, con lo bueno, lo malo y lo feo que hay en él.

Somos del siglo 20, la mayor parte de nuestros recuerdos, de nuestras vivencias, de nuestros compromisos ocurrieron en el siglo 20. Nos formamos en el siglo 20, estamos más unidos a lo que pasó en el siglo 20, que a cualquier siglo anterior o a este presente siglo 21. Nuestras referencias históricas más cercanas son las dos guerras que llamaron mundiales, la del 14 al 18, la del 38 al 45, que nos actualizaron las remotas nociones sobre las crueldades y crímenes de que son capaces los hombres por ambición, y los extremos inauditos a los que pueden llegar los que deciden exterminar a sus congéneres. Y la denominada “Revolución de Octubre” que, a partir de 1917 colocó un nuevo hito, el de una sociedad que ofrecía ser mejor, justa, igualitaria, hasta alcanzar la perfección, prodigando prosperidad, satisfacción, felicidad para todos. Aquella oferta de inmediato atrajo simpatizantes, hombres y mujeres, adolescentes y adultos, amarillos negros y blancos, volcaron sus ilusiones hacia ese hermoso experimento social que se realizaba en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que terminada la segunda guerra mundial vería ampliar sus espacios, con los países de Europa oriental enganchados al tren del Socialismo. Otro gigante se sumaría en Asia, y las revistas que nos llegaban de China y la URSS nos mostraban rostros siempre sonrientes, historias de éxito protagonizadas por el “hombre nuevo” producido en inmensas camadas, sin explotación ni injusticias, con el Estado a cargo de todo, padre benévolo y protector.

En las décadas de los años 20 a los 60 el mundo no contaba con la tecnología actual, que transmite en vivo y directo cuanto ocurra, y a la información se añaden las opiniones de una miríada de intelectuales que diseccionan cada suceso, explicando sus orígenes y consecuencias, con todo lo cual los individuos pueden formarse su propio criterio, y hasta existen mecanismos de participación ciudadana que permiten denunciar atropellos, y presionar para impedirlos o reducirlos. Las invasiones a Hungría en 1956 y a Checoeslovaquia en 1968, del ejército soviético, no tuvieron la reacción mundial que merecían, y muchos ignoraron esos síntomas de que algo muy grave pasaba detrás de la “cortina de hierro” (bautizada así por Churchill). Empeñados en el triunfo de la Utopía, tampoco supimos calibrar los alcances de la incorporación de esa otra agradable fantasía, la “revolución cubana”, al Imperio soviético. Ni siquiera cuando la irresponsable megalomanía de Fidel Castro puso al planeta al borde de una guerra nuclear, durante la crisis de 1962, a raíz de las bases de misiles rusos en Cuba, afortunadamente desmanteladas al prevalecer el sentido común entre John Kennedy y Nikita Jruschov. También fueron los 60 el escenario de la descolonización del grueso del continente africano, y el inicio de sus guerras intestinas, con ingredientes étnicos e ideológicos, que aun cobran su cuota de sangre en países atrasados y miserables, pasto de demagogos y criminales. En el país más poblado del mundo, su obnubilado líder se empeñaba en modificar a su arbitrario antojo, un esquema cultural milenario y las tendencias humanas, para que se ajustaran al molde que él diseñó en un librito rojo que resultó muy perjudicial, y en ese ciego empeño por imponer el pensamiento único, mató a millones, y muchos más sufrieron atropellos de toda índole. Envalentonada, su mujer intentó superarlo en los abusos, y aumentó el número de las víctimas de la soberbia, presentada como proyecto redentor de los proletarios.

La guerra fría, el eufemismo con que se referían a la constante competencia entre la dupla China-URSS y los EEUU-Europa occidental, condujo a la captación de países para cada esfera de influencia, sin importar el tipo de regímenes que apoyaban, lo que estimuló la consolidación o el surgimiento de una serie de dictaduras. En América Latina, de las tradicionales en Nicaragua, Paraguay y República Dominicana, a las de Colombia y Venezuela, llegando a las más recientes en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, con protagonismo militar, patrocinio del Pentágono y la excusa de combatir al Comunismo. Vietnam llevó al paroxismo a la izquierda dogmática, extrapolando de esa singular victoria sobre el ejército de los EEUU, la cercana derrota del capitalismo a escala mundial. Reforzada la estupidez de que “la violencia es la partera de la Historia”, sin considerar los otros factores que hicieron posible ese desenlace en el sureste asiático (ni imaginarse el gran viraje que darían Vietnám y China, a partir de los 90), la consigna “2, 3, muchos Vietnam” alimentaba los apetitos de la extrema izquierda, que radicalizaba su discurso y su praxis en el tercer mundo, aumentando el círculo vicioso de disturbios, guerrillas, represión, golpes militares, más disturbios, más guerrillas, más represión…). A pesar de toda esa violencia, la Democracia se abría camino gradualmente. Regímenes de facto, cuya esencia es la arbitrariedad, fueron sucedidos por gobiernos electos, ceñidos a las leyes y alternados cada tantos años, por decisión mayoritaria, no grupuscular – providencial.

Por silenciosa implosión el imperio soviético se derrumbó, su ineficacia le hizo colapsar, tras una primera extirpación de Muro en Berlín 1989, terapia de Perestroika y Glasnost aplicada por Gorvachov, y efecto dominó en todos los países integrantes y satélites de la URSS. Sin embargo, aunque en todos esos países que antes fueron sometidos por la férula comunista, se ha impuesto un pragmático esquema de Capitalismo Salvaje con paulatina incorporación de apertura democrática del Mercado y del comportamiento social y político, subsisten vergonzosos islotes donde se siguen aplicando las recetas del estalinismo más ortodoxo, como en Corea del Norte y en Cuba. Viví dos años en Inglaterra, conocí buena parte de Europa occidental, estuve a finales de los 60 en Checoeslovaquia, Alemania Oriental, Bulgaria, Romanía (donde viví 4 meses) cuatro de las naciones controladas desde Moscú a través de férreas dictaduras, y Yugoeslavia, donde las habilidades políticas de Tito pudieron reducir la dependencia respecto del mandato soviético y mantener unidos a los pueblos que se atomizaron luego, generando en ese territorio recientes guerras y episodios genocidas. En 1975 fui a Cuba. De modo que mi conocimiento sobre la realidad del sistema Comunista proviene de algo más que simples lecturas, o de escuchar mentiras en engañosos foros.

Todo proyecto comienza con ideas, que se traducen a palabras, pero cuando se tienen los recursos para construir en la vida real el proyecto, ya no se le puede juzgar por las ideas embrionarias, o los discursos encendidos que lo describían desde la teoría. Y cuando esa propuesta teórica termina pareciéndose en la práctica a otros edificios que también fueron dibujados hermosos, pero concluyeron torcidos y aplastando a sus ocupantes, es absurdo perseverar en el apoyo a las ideas y palabras que no se reflejan en la obra terminada en otras latitudes, o iniciándose ya deforme, con rasgos evidentemente copiados de aquellas estructuras que colapsaron o colapsan. El sistema Comunista ya ha fracasado en todos los países donde las bellamente presentadas teorías se convirtieron en terribles monstruos. No existe un solo país en el que los resultados no fuesen miseria y fracaso. No es lógico aferrarse al espejismo, las ideas y el discurso, dando la espalda a la abrumadora realidad. La desconfianza debe surgir desde el momento en que los que promueven al Comunismo, disfrazan el verdadero nombre del “producto” y esconden lo que ha causado con el proceso de su ejecución en cualquiera de los países donde este experimento socio-económico ha sido ensayado.

Algunos pretenden olvidar, pero increíblemente muchos otros ignoran que hubo campos de concentración en Siberia, a donde el “padrecito” Stalin enviaba a los que no aceptaban su pensamiento único. Que en Hungría y en Checoeslovaquia aplastaron con tanques la rebeldía ante la espantosa colonización. Que un oprobioso Muro en Berlín no cumplía la tradicional tarea de impedir que ingresaran los extraños sino que se salieran los propios, huyendo de la esclavitud moderna. Que endebles balsas sostienen el sueño de lograr la libertad (y la cercana posibilidad de la muerte en alta mar), alejándose de Cuba, nunca en dirección a ese clon del estalinismo con ingredientes caribes. Que con el recetario maoísta decenas de millones de seres humanos fueron torturados, asesinados, en la China de Mao, en la Cambodia de Pol Pot, y los habitantes de Corea del Norte han de sufrir hambrunas para que su glorioso líder, hijo del anterior glorioso líder, pueda amenazar al mundo con su poderío atómico y su ejército.

Igual que las víctimas de Anorexia, esqueléticas que aun se ven gordas en el espejo, hay fanáticos del dogma que ven signos de progreso en el estancamiento, juran que avanzan cuando en verdad retrocedemos, hablan de inclusión mientras aplican sistemáticamente mecanismos excluyentes, algunos tradicionalmente sectarios, otros francamente fascistas (el racismo no es sólo el esquema del blanco contra el negro, en otros colores y sentidos también es racismo, los patrioterismos no demuestran amor por la Nación, y la uniformidad de criterio y de ropaje hace súbditos, no ciudadanos).

La dirigencia en Cuba, luego de 51 años, busca desesperadamente asociarse a los EEUU, el presunto culpable de un inexistente bloqueo, porque, a diferencia de los exquisitos diletantes que llevan casi un siglo anunciando el cercano fin del capitalismo, y ven en cada cíclica y natural crisis la agonía definitiva (como la actual en 4 países de Europa), el combo de ancianos que encabeza Raúl Castro sabe que su gigante vecino es la primera potencia del mundo actual, y el único salvavidas que tendrán cuando este peñero rojo rojito termine de hundirse. Fidel, siempre opuesto a los cambios, terminó por aceptar lo inevitable y para reducir el rechazo de los más acostumbrados a vivir del Estado (ahora el Estado necesita vivir de ellos) declaró “El modelo cubano no funciona ni siquiera para nosotros acá en la isla”. 1,3 millones de empleados públicos tendrán que valerse por “cuenta propia”, gradualmente irán desarmando el anacrónico esquema que acá pretenden armar, estimulan allá la propiedad e iniciativa privadas que acá persiguen.

 

            Las cifras y porcentajes de Inflación, costo de la vida, PIB, Empleo, Desempleo, Subempleo, Reservas monetarias y en oro, Deuda externa e interna, no son bisutería burguesa, son parámetros válidos en cualquier economía. En Cuba y en Venezuela están en rojo, y no se modifican ni por decreto presidencial ni con ensalmes marxistoides. No sigan tercamente repitiendo que acá es “Socialismo del siglo21”, porque es muy evidente que esto es una vulgar copia de aquello, sostenida y dirigida por los cubanos, quienes pragmáticamente reconocen que enfrentan la quiebra total, que disminuye el apuntalamiento chavista y ya optaron por tomar, tardíamente, la vía China, hacia el Salvajismo Capitalista, única válvula de desahogo que les permita mantener el control de una población, que si no ve cambios les va a voltear la tortilla, con la gerontocracia gobernante incluida. Una revolución que obliga a robar y jinetear, no puede ser buena.

Por los lazos de afecto que nos han unido, les ruego que abran los ojos, que vean a su alrededor, nacional e internacionalmente, y con información distinta a la de los medios oficialistas, incluyan fuentes foráneas, traten de visualizar la realidad, y vamos a re-unirnos para construir el país que nos merecemos, juntos, sobre un proyecto viable, en el que todos alcancemos las graduales metas que nos propongamos, sin divisiones ni odios, sin recetas anacrónicas, demasiadas veces fracasadas. En Democracia salimos ganando todos. No perdamos el tiempo persiguiendo espejismos. Con afecto…

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