Opinión Nacional

Pretensiones indebidas

El régimen bolivariano, desprestigiado como nunca antes, intenta ahora confirmar su influencia en algunos dirigentes de la región, entre ellos, Daniel Ortega, revolucionario decimonónico que si bien combatió una vez el imperialismo, hoy acepta en perjuicio de los nicaragüenses, su sumisión a la revolución bolivariana.

El costo para Venezuela y los venezolanos es enorme. Millones de dólares para ayudar al hermano Ortega. Ayuda petrolera, más refinerías, financiamiento para proyectos nacionales, mientras en el país la miseria ahoga a los millones de venezolanos que ocupan las zonas marginales.

Para Nicaragua es más grave, aunque parezca contradictorio. La ayuda bolivariana al hermano Ortega y al movimiento sandinista, tiene un costo altísimo de dependencia, siempre combatida por los revolucionarios del mundo. Imperialismos diferentes, pero imperialismos al fin…

El régimen sandinista que parece regresar a los años ochenta hunde al país en una nueva etapa de politización que no trae sino la división de la sociedad nicaragüense que había superado los traumas de la revolución de Ortega.

El presidente venezolano busca ganar espacio en la región para imponer la denominada revolución socialista (?) del siglo XXI, disfraz del totalitarismo que realmente está detrás del proyecto chavista. Pero ello no es fácil, el liderazgo regional no se gana con los petrodólares y los gritos y amenazas, entiéndase, irrespeto a la dirigencia e instituciones de la región.

Brasil tiene un espacio de influencia indiscutible en la región y ello por varias razones, entre las cuales, es un país poderoso industrial y económicamente, con una gran estabilidad política, con un sistema democrático sólido, respetuoso de los derechos humanos y de las libertades en general, de lo que adolece claramente el régimen bolivariano que los violenta a su manera, con la aparente aprobación de algunos, entre otros, del chileno ilustre secretario general de la OEA, Insulza, cuyas declaraciones han decepcionado a unos y a otros, en Chile y afuera.

La influencia de Chávez se basa sólo en los petrodólares que el régimen se apropia descaradamente en perjuicio de los venezolanos que esperan la construcción de escuelas, hospitales, autopistas, el tren tan anunciado que cruzaría el país desde San Cristóbal hasta Cumaná pasando por el Pao como el mismo Presidente en su “jovial” show dominical lo ha anunciado varias veces.

La “influencia” bolivariana es muy costosa, pero además comienza a tener limitaciones, aunque los desesperados, como Ortega, la aceptan sin condiciones. El hermano Evo Morales da un pasito para atrás y otro para adelante en su lucha por la “independencia” del país. El igualmente revolucionario Rafael Correa se muestra hoy más discreto aunque no deja de lanzar sus alabos al amo del petróleo venezolano.

La influencia brasileña es mucho más sólida que la venezolana. La Argentina, nada que ver. El “hermano” Kirchner, pese a haber pagado la deuda externa de Argentina con nuestros recursos, ha perdido un espacio enorme en la región.

El gobierno de Lula se presenta a veces disperso en sus posiciones en relación con Chávez y su revolución, pero es el juego de un país organizado que busca afianzar su fuerza e influencia en la región sin mayores escándalos.

El presidente Lula dice una cosa, el asesor Marco Aurelio Gracia dice otra, el Canciller Amorim otra. Pareciera que hubiera contradicciones en ellas, pero en el fondo hay una gran coherencia que responde al interés nacional brasileño. Busca estabilidad adentro, influencia afuera y mantener sobre esa base, el liderazgo que siempre ha tenido en la región.

Brasil pretende un puesto permanente en el Consejo de Seguridad y sólo lo podrá tener si se le respeta como líder regional. La sustitución de ese liderazgo por el de Hugo Chávez sería muy negativo para sus aspiraciones y ellos lo saben.

Por ello, Brasil tolera al Chávez revolucionario, se aprovecha de sus declaraciones y de sus recursos para fijar y fortalecer sus posiciones regionales y mundiales. El gobierno de Lula luce ganador ante un irrespetuoso e improvisado dirigente rico que pretende imponerse en una región en la cual los principios y los valores democráticos tienen un profundo arraigo.

Si bien hoy algunos gobiernos de la región, como el de Nicaragua, el de Bolivia o el de Ecuador, han llegado por la torpeza de algunos y por algunas circunstancias particulares, a “coincidir” con Hugo Chávez, las sociedades políticas y nacionales de esos países no lo hacen. De manera que esas “revoluciones” son pasajeras aunque el chavismo intente cambiar las cosas con su “influencia”, basada en los petrodólares e instrumentada a través de los famosos círculos bolivarianos que se han establecido en la región, desde el sur del Perú, pasando por México, en el centro de Buenos Aires y hasta en Puerto Rico, en el mismo imperio.

Las pretensiones de Chávez se encuentran con muros importantes. Las potencias regionales, las ciudades nacionales, la permanencia de los valores. La revolución bolivariana no tiene vida ni aquí ni allá y ellos lo saben y por eso el desespero de ganar espacios afuera, porque adentro los pierde en medio de una polémica interna que rechaza las estrategias chavistas, la reelección indefinida o presidencia vitalicia del caudillo de Sabaneta.

De manera que estamos ante pretensiones indebidas de un régimen en decadencia que fracasa por la ignorancia de su dirigencia, como dirían los mismos cubanos, que expresan en todas partes su malestar por la torpeza bolivariana en el manejo de la política exterior.

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