Opinión Nacional

Prohibido temblar

Una premisa fundamental para la existencia de cualquier sociedad democrática es la posibilidad de que sus integrantes puedan escoger a sus gobernantes de manera consciente e informada. Para ello debe estar adecuadamente informada y tener acceso irrestricto a los diferentes puntos de vista y opiniones, lo cual no es posible si no existe una diversidad de opiniones, que permitan a su vez la libre discusión de las ideas. Consecuentemente, el ejercicio de una prensa libre e independiente es uno más de los pilares fundamentales de un verdadero sistema democrático, junto con la realización de elecciones limpias y transparentes, la existencia de un poder judicial imparcial, el funcionamiento efectivo de un sistema educativo libre de adoctrinamientos y el desarrollo de una economía creciente y próspera. Cualquier régimen que se aleje de esos parámetros deja de ser democrático para comenzar a entrar en el terreno de la autocracia o el totalitarismo. Cuán lejos ha de avanzar en ese camino depende de hasta donde llegue su voluntad autocrática y de los escasos obstáculos que una sociedad inerme, aunque resuelta a defender sus derechos, pueda interponer en su camino. De la misma manera, aspirar al establecimiento de una prensa monocolor donde no se informa de nada y se discute menos es inherente a los regímenes autocráticos, pero nunca a una democracia, llámese como se llame.

Es por ello que después de haber oído asegurar a uno de los más altos personeros del gobierno que no volverá a temblar en mil años y de observar la histeria que ha provocado la «primicia» de Globovisión al informar sobre lo que ya todo el mundo sabía, que la tierra había temblado, resulta en verdad sorprendente el escándalo que se pretende montar con un asunto tan tirado de los pelos. El asunto lo que daría es risa, si no fuese por la seriedad de lo que pretende ocultar, entre otras cosas el hecho de que tal vez tengamos el mejor sistema de detección sismológica en el país, pero si debemos esperar casi una hora para darnos cuenta de que tembló, como que no sirve de mucho.

Es evidente que la virulencia del sector gubernamental en contra de Globovisión por el delito de haber informado lo obvio, que había temblado, y llamar a mantener la calma hasta tener una versión oficial de lo sucedido, no puede sino obedecer a la incapacidad intrínseca del régimen para concebir la existencia y la acción de un medio de comunicación crítico que le sea adverso, para no hablar de la imposibilidad de convivir con una prensa totalmente libre, propia de un verdadero sistema democrático de gobierno. No en balde algunos de sus representantes han asomado en ocasiones y sin el mayor rubor el concepto de la hegemonía mediática o “informativa” gubernamental, como un elemento esencial y necesario para la aplicación de sus planes, los cuales pueden ser calificados ciertamente de cualquier cosa menos de democráticos.

Asimismo, la situación pone de manifiesto hasta donde nos ha llevado la constante prédica de un mensaje de odio y exclusión por parte de quienes quieren imponer a rajatabla una torcida visión del futuro del país, que no solo no es compartida sino objetada por la gran mayoría de sus habitantes. Resulta difícil dar crédito a nuestros oídos cuando escuchamos a altos personeros del gobierno hablar de una «feroz campaña en escalada» en contra de la “revolución”, de una continuada «provocación» al gobierno por parte de los medios independientes con la «intención de desestabilizar», de «generar situaciones de violencia» y de llevar a cabo una «guerra contra la paz ciudadana». De no ser por que todo ello lo hemos visto y oído en la televisión y la radio locales, la versión oficial de los hechos induciría a pensar que estuviésemos viviendo en alguna otra parte del mundo y en medio de un verdadero conflicto bélico de proporciones considerables. En esas circunstancias, es comprensible y natural que la primera víctima sea la información veraz y objetiva, al ceder el paso a un desasosiego planificado como táctica de guerra para mantener a la población en estado de intranquilidad, pero ese no parece ser el caso nuestro.

Sin embargo, lo cierto es que quien mantiene en permanente zozobra a la población no es precisamente el objetivo de turno bajo la mira gubernamental. Si a ver vamos, ya tenemos razones más que suficientes como para vivir en un estado de zozobra permanente cuando a diario debemos lidiar con los asaltos, los robos y las acciones de una floreciente industria del secuestro. Al mismo tiempo y como si falta hiciera, el tedioso, abusivo y ahora cotidiano sometimiento del espectro radioeléctrico nacional por parte del gobierno para difundir cualquier cosa, resulta mucho más generador de alteración de la necesaria paz ciudadana que la programación informativa y de denuncia que hagan los pocos medios que todavía se atreven a hacerlo. Cabe preguntarse entonces: ¿No será más bien esto último lo que tanto irrita y desestabiliza emocionalmente al lado contrario? ¿No será más bien la obstinada presencia de ánimo de quienes no se cansan de denunciar lo que se trata de encubrir sistemáticamente y de informar sobre lo que igualmente se insiste en ocultar lo que tanto desquicia a los voceros gubernamentales? Las respuestas parecen obvias.

Así que, en vez de preocuparse por agitar la tormenta generada en un vaso de agua para justificar lo que parece ser una decisión ya tomada, el eventual cierre de la única tribuna televisiva libre que prácticamente le queda al país, el régimen debería más bien inquietarse por el abandono en que se encuentran los servicios nacionales de emergencia y hospitalización médicas, de bomberos y de salvamento, cuya previsible inoperancia a la hora de una eventual catástrofe natural tendría consecuencias de proporciones desastrosas.

Mientras tanto, si no alcanza el tiempo para estar listos ante una tragedia de proporciones incalculables por la falta de preparación y prevención, bien podríamos elevar una iniciativa a la inefable Asamblea Nacional, para que se dedique a legislar sobre el control de los movimientos tectónicos. De repente nos sorprende con una ley que proscriba categóricamente que vuelva a temblar y así poder dormir tranquilos. Así, al menos, podríamos hacerlo más plácidamente que con la marejada de leyes sacadas de las chisteras de nuestros legisladores.

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